Zeto Bórquez habla de libros, camarillas de turno y “automatismos del conocimiento”

Por Héctor Muñoz

Zeto Bórquez es investigador doctoral en el Instituto de Filosofía de la Universidad Católica de Lovaina, en Bélgica; participa en diversos proyectos sobre el pensamiento de la desconstrucción y, además, es editor general de la revista Qual Quelle, que se define como una “editorial que acoge el problema de la división de la fuente en su época atormentada”. En tal condición habita en el mundo, deambula de aquí para allá y, a través de correos electrónicos, sostuvo el siguiente diálogo con Perrerarte.cl a propósito del libro “Hacer las paces con el animal”, del filósofo y etólogo francés Dominique Lestel (1961), cuyo lanzamiento tuvo lugar el Centro Experimental Perrera Arte.

-¿Por qué deciden incluir en su catálogo a Dominique Lestel? ¿Cuáles es a su juicio el principal aporte de este pensador francés?

-Una de las cosas que llaman la atención del trabajo de Lestel es su apuesta por un cambio de registro o de tono que remece varios enfoques ya instalados, tanto desde la filosofía como de las ciencias sociales y de la biología, respecto a diversas cuestiones que se presentan al preguntarnos sobre la vida y sobre lo vivo: sobre la vida humana y sobre la vida no humana, sobre los espacios de condensación de lo vivo y sobre los entramados culturales que se producen en ellos. Lestel es un autor que hace lo que dice, no se contenta con enunciarlo, es decir que interviene esos repartos digamos, escolarizados, en la misma medida en que se topa con ellos. Así por ejemplo, al abordar cuestiones como la subjetividad del animal (que es uno de los problemas que él encara hace tiempo) nos encontramos de hecho con verdaderas capas de saberes que no dejan plantear cosas como esa con la radicalidad que ameritaría. Los recursos de los que disponen los filósofos son, a decir verdad, muy limitados y tiende a leerse todo lo que supuestamente concerniría a la “vida” o a lo “vivo” desde un repertorio más bien acotado. Lestel hace un esfuerzo por romper con las retóricas y las axiomáticas que sostienen algunos modelos de pensamiento (particularmente los que definen “lo propio del hombre”) provenientes sobre todo de la filosofía, la antropología cultural y del saber etológico, al punto que se podría ver allí una confrontación, bastante rara hoy en día, con una suerte de deontología filosófica, es decir, con una serie de criterios instaurados sobre lo que está bien y lo que está mal hacer cuando se trabaja en filosofía… y no solo en filosofía evidentemente. Consecuente con eso, Lestel intenta rastrear espacios de convergencia entre las culturas animales y las culturas humanas, y pensar, un poco menos tímidamente de lo que acostumbramos, nuestras interacciones con el animal y sus efectos, algunos del pasado, otros en pleno desarrollo o directamente vueltos hacia el porvenir. En ese borde aparecen también otras cuestiones, que hacen parte de preocupaciones más transversales, como el consumo de la carne o el sufrimiento del animal. Y no digamos que Lestel ande buscando congraciarse con los vegetarianos o con los animalistas más decididos. Es un autor que arriesga muchísimo en medio de tantísimas posiciones (filosóficas básicamente) que se han habituado a no arriesgar prácticamente nada.

-¿Quiénes y por qué deberían leer “Hacer las paces con el animal”?

-Aquellos que estén algo hastiados de las interpretaciones burdas del acierto de Michel Foucault en torno al “bio-poder” y sus derivados, del repertorio de ingeniosidades de la semiosis, de los enfoques desinfectantes de las ciencias cognitivas y de los presupuestos un tanto estrechos de la antropología, cuando menos encontrarán en este libro un estilo de interrogación sobre lo animal y sobre el estatuto de lo viviente que no es en rigor ninguna de esas cosas y que no quiere parecerse a ninguna de ellas. No es poco. Lestel habla de “etología filosófica”: no una reformulación filosófica de la etología sino una interrogación sobre las relaciones de los seres vivos con otros seres (vivos o no, aunque el punto de partida de Lestel es que está vivo lo que quienquiera que sea puede llegar a considerar como tal). Últimamente se ha hecho un trabajo muy importante en América Latina de traducción y recepción de los escritos de Gilbert Simondon, un autor que actualiza inquietudes sobre los modos de existencia (humanos y no humanos). Junto con eso se han traducido obras muy importantes que permiten resituar la cuestión de lo animal (por ejemplo de Jakob von Uexküll). Lestel podría entrar perfectamente en ese hilo de interés y en Francia particularmente se podría decir que entra a constelar con aventuras conceptuales que optaron decididamente por no reproducir una especie de vulgata extenuada que quedó del estructuralismo y de la desconstrucción (el impacto de Simondon también allá es parte de hecho de ese cambio de giro). Aunque fuera de todo eso, y por la misma impronta que el trabajo de Lestel tiene (que le debe mucho a ciertas epistemologías militantes como la “ecología humana” de Paul Shepard o a la “ecosofía radical” de Val Plumwood), es fundamentalmente una apuesta que se mide con la cuestión de la animalidad. Medirse con la animalidad: algo fácil de declarar pero bastante difícil de hacer. Para hacerlo hay que empezar a asumir que los bienes de cultura y barbarie con los cuales podemos presumir que sabemos lo que es la buena vida y la decencia son todavía muy pobres desde un punto de vista relacional. El animal es el porvenir del hombre dice Lestel y una pregunta que surge es qué podemos o qué estamos dispuestos a tener hoy por tal cosa. De hecho, este es un libro, si se puede decir, sobre la vida que viene, sobre las contaminaciones entre lo vivo y lo no vivo que determinarán lo que seremos los próximos siglos.

-Qual Quelle es una plataforma que se presenta con una mirada crítica y de revisión de los formatos de circulación de información escrita. ¿Cuál es el sueño editorial de Qual Quelle? ¿Han logrado algún hallazgo concluyente en este proceso de revisión?

-Sí, se trata de volver a plantear una pregunta por la edición, en un sentido muy amplio del término. Es decir, por lo que hace cortes respecto a lo que aparece, sobre lo que se hace visible o circula (que es visible porque se expone de un modo y no de otro, etcétera). Este es un problema que no se puede plantear sin preguntarnos por las plataformas o los soportes que utilizamos en la actualidad para decir lo que queremos decir. El libro ahí es una cosa dentro de varias otras y es una situación muy difícil para la filosofía, que en cualquier caso se escribe más de lo que se lee, y a la cual es problemático imponerle cortes funcionales a determinadas maneras de asimilar o de controlar la información: estandarizar el ritmo de lo que se lee ha tenido históricamente efectos nefastos, es el equivalente a estandarizar el “buen gusto”. El problema general es por el automatismo, por los automatismos en la producción del conocimiento. Es una cuestión nueva, que parece no tan nueva. Lo que tiene de peculiar es que se plantea en el momento de algoritmización de la marca escrita, lo cual introduce transformaciones que agravan muchísimo la condición de eso que Gilles Deleuze llamó “sociedades de control”. Lo que ocurre con la automatización algorítmica es que introduce un grado inédito de obsolescencia en el proceso mismo de razonar (para empezar, los trayectos algorítmicos solucionan “lógicamente” muchísimas más cuestiones que cualquier consciencia despierta y “editan” de acuerdo a un régimen atencional cuya duración no constituye en sí misma un enlace; esto es complejo también desde un punto de vista “pulsional”). Habría que detenerse mucho más en estos problemas. Estoy pensando en todo lo que ha insistido al respecto Bernard Stiegler en los últimos años y podríamos decir que el trabajo de Stiegler es una especie de punto de partida para el proyecto de las ediciones Qual Quelle para desarrollar no simplemente un diagnóstico (que es en todo caso muy importante tener) sino una intervención específica. A lo que apunta el proyecto de Qual Quelle -y sin duda es una especie de sueño o de demonología maligna- es hacer la experiencia de una alternativa de producción de conocimiento de mucho mayor alcance para los tiempos actuales que la universidad, lo cual implica algo más que simplemente publicar libros. En cualquier caso, con el grado abismante de obsolescencia que cae inmediatamente sobre la producción del libro universitario, no hay mejor momento que este para buscar alternativas (el momento complejo de la automatización acelerada y de la sobre-imposición de los recortes de edición/atención/aparición). Parece bastante evidente que lo que ya no puede hacer la universidad con el libro sí se puede hacer al menos entrando y saliendo de ella. Un libro no es solo lo que alguien pensó o creó y que queda disponible para consulta. Un libro es sobre todo su lectura y las operaciones que hacen que lo está allí impreso se haga visible, incluso “interpretable”.

-¿Cómo se plantea su editorial frente a la guerra planetaria impuesta por las grandes transnacionales del libro?

-A mi modo de ver el problema mayor es la conversión de las editoriales en aparatos de negociación profesional. Este asunto es muy complicado, difícil de intervenir. No pocas editoriales se convierten en los medios de circulación de bolsillo de las camarillas que se forman dentro de las universidades o en espacios muy concentrados con vocación autoritaria. Esto ocurre en editoriales que tienen mucho poder de producción y también en las que tienen muy poco. A las grandes (o a veces no tan grandes) editoriales, que funcionan ante todo con un proyecto empresarial, no hay mucho que pedirles. Evidentemente, tomando asunto de un contexto general de la edición como el que mencionaba antes, no tiene ningún sentido publicar algo ahí, es básicamente una idiotez. Quedan las que tienen una inquietud o un interés particular de fondo, una preocupación de estilo, un programa o una propuesta de intervención de campo (que generalmente son algo así como aventuras editoriales). Lo complejo es que a pesar de eso muchos de estos proyectos terminan siendo capturados por las camarillas de turno y entonces sufren una especie de “Síndrome del vuelo de Ícaro”, pierden potencia y terminan flotando como la bosta del río, llevados al desagüe por la corriente. Esto pasa, en parte, porque no se interrogan por las condiciones del trabajo que hacen, asumen que una editorial tiene por función publicar libros y que eso es lo único que hay que hacer. ¿Para qué? Eso es lo que nadie sabe. Entran entonces en un círculo no vicioso sino viciado: buscar qué publicar con criterios de marketing (esto puede ser una coyuntura social o muchas otras cosas) y/o el amparo de los aparatos de progenitura conceptual que abundan en la academia (no hay que olvidar que la publicación es también un poder, lo cual resulta muy seductor sobre todo para editores que fueron intelectuales fracasados o que adoptaron una postura derechamente esnob); enseguida lanzar el libro y reseñarlo en la prensa escrita o en medios de difusión que llamaría “fungibles” (es decir, como los periódicos electrónicos, donde lo que se publica debe necesariamente consumirse -como un papel que se pone al fuego- en su mismo uso). Con todo esto obviamente lo último que sucede es que los libros se leen. A decir verdad ¡no se leen! Legítimamente uno podría preguntarse entonces para qué se publican. Y esa es la perversión: se publican para mantener un determinado estado de la profesionalización y de la producción de saber. Uno que, y esa es la perversión de la perversión, no tiene que ver con saber-algo. En este sentido, el trabajo editorial debiera concebirse también como una epistemología militante (este es un concepto que utiliza en todo caso Lestel para refrasear el de “etología filosófica”).

-Hasta el momento Qual Quelle ha publicado textos tuyos y de Dominique Lestel, Jacques Derrida, René Baeza, Clelia Trautvetter, Tran Duc Thao y Ludovic Duhem. ¿Cuál es el hilo une a estos autores u obras seleccionadas?

-Estas publicaciones obedecen a iniciativas de colaboración, sea porque alguien ha propuesto traducir tal cosa, sea porque algún autor o autora ha visto con buenos ojos publicar algo en Qual Quelle (por ejemplo transformar una tesis en libro, que es lo que pasa en los casos de Clelia, Baeza y Duhem). El catálogo es una cuestión completamente en desarrollo, pero podríamos decir que hay un hilo conductor que tiene que ver con la necesidad de buscar, como mencionaba hace un rato, una cierta variación tonal. Se ve que esa es una de las cosas que aporta el libro de Lestel. Y se podría decir lo mismo de los demás, en diferentes registros. El caso de Derrida por ejemplo, un autor tan conocido que ya parece zanjado (a veces con una arrogancia lamentable) qué es lo que se proponía “hacer” en filosofía, es ilustrativo. En Qual Quelle aparecerán dos libros de Derrida que precisamente van un poco a trasmano de una especie de argot que a veces se ve cuando se quiere explicar a ese autor. Ocurre como si se hubiese sedimentado un saber al respecto y entonces se acaba por dejar de escuchar y sobre todo de atender a los desniveles. El catálogo o el proceso del catálogo parte por acusar recibo de ese tipo de problemas. Es un catálogo de “filosofía”, en un sentido literal, que piensa la lectura en cuanto resistencia frente a lo que aparece ya hecho. Se intenta así discutir -es el punto de partida- un cierto consenso de facto donde parece clarísimo que el mejor texto es de tal o cual modo o que su eficacia está en directa relación con la economía de su extensión o cosas por el estilo. Probablemente no es ni eso ni el opuesto estricto. Pero lo que habría que evitar es el sesgo ético (en el sentido de Jacques Rancière) sobre la edición: todos los autoritarismos que se desencadenan cuando no se escucha de un texto -dado que se tiene zanjado de antemano su lugar y el límite de su registro- lo que se esperaba escuchar de él (la extensión e intensidad de esa espera es por sí misma problemática). Por otra parte, sería preciso abandonar la figura traumática de la lectura del profesor dando varillazos al alumno para juntar las palabras. Eso no podría ser leer. Por mi parte puse un volumen en Qual Quelle para septiembre donde se habla de la resistencia de la lectura. En su fondo, es ese el nombre secreto de la editorial y de lo que en cierto modo se trama con ella, una resistencia de esa suerte.

Datos de referencia

Qué: Lanzamiento del libro Hacer las paces con el animal, del filósofo y etólogo francés Dominique Lestel.

Comentaron: Francisca Gómez, Federico Rodríguez, Antonio Becerro y Zeto Bórquez.

Cuándo: Viernes 24 de agosto de 2018.

Dónde: Centro Experimental Perrera Arte, Parque de los Reyes s/n, Avenida Balmaceda, entre Bulnes y Cueto.

Invitaron: Ediciones Qual Quelle y Perrera Arte.



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