Nelson Garrido: “Trabajo por impulsar un orden internacional de arte no alineado”

Por Héctor Muñoz

Nelson Garrido (1952) es puntual. Lo convenido es juntarse a las 10.30 horas de un soleado sábado otoñal en Espacio O con la idea de dialogar un café en el barrio y regresar justo al mediodía a la misma galería, donde el fotógrafo será parte del lanzamiento de la revista Ojo Zurdo, cuyo primer número está dedicado precisamente a él. Avanzando por Lastarria, frente al cine El Biógrafo, el artista venezolano comenta la sorpresa que se llevó, pocos días antes, al conocer la Perrera Arte. “Es como si siempre hubiese estado ahí. He estado viniendo los últimos diez años a Chile y nunca nadie me dijo que la Perrera existía. Está bien aparte, bien en la periferia, hay algo de invisibilidad en ella”, apunta. “En todas partes hay que buscar los espacios invisibles, que son los importantes”, reflexiona al cruzar la calle.

“Sí, está cambiado Santiago. Yo estudié acá a fines de los años 60. En ese tiempo conocí y fotografié a Nicanor Parra, yo era muy joven y con mi familia veníamos de Francia, donde tuve la oportunidad de ser testigo del Mayo del 68”, recuerda, mientras el entrevistador lidia con su grabadora y le indica que la conversación apuntará a tres aspectos relacionados que son de su interés: el artista, el ciudadano venezolano y el gestor cultural, dado que él es fundador de la ONG que, irónicamente, lleva su nombre: Organización Nelson Garrido.

“Yo siempre me he negado a ser reconocido como fotógrafo o artista plástico, yo soy un hacedor de imágenes”, responde de inmediato a lo primero. “Me interesa la imagen como reflejo de un pensamiento. Las imágenes son resultado de la vida. No considero el arte un fin en sí, es un medio de expresión. Delimitar el arte en parcelas es una actitud aberrante y limitante. No se trata de hablar de fotografía, escultura o pintura, debemos asumir la imagen en su totalidad”, añade Garrido, quien ha reconocido en su blog que proviene de la izquierda militante, de la retaguardia urbana de la guerrilla venezolana y que, por lo mismo, subordina el lenguaje al contenido.

-¿En qué etapa de su vida está como artista?

-Me encuentro en un momento de escepticismo activo. Lo mío es un anarquismo utópico, individual y escéptico. Creo en la necesidad de creación de focos de agitación. Lo que me mantiene vivo son las utopías, cada vez más soy un agitador profesional a tiempo completo. El arte no está hecho para resolver los problemas ni para decorar las casas, sino para crear conflictos, generar ideas, porque son las ideas las que permanecen en el tiempo.

-¿Cual es la trampa tranquilizadora o inquietante del arte?

-El éxito. Tragarse el cuento del mercado del arte, del número de exposiciones o viajes que realizas, de la cantidad de cuadros o libros que vendes. Esa es la gran trampa que el artista debe enfrentar en cada nuevo momento. El arte debe regresar al hecho chamánico, al papel y el lápiz, a la idea; el arte debe eludir las trampas que te ponen, porque, de lo contrario, es como dejarse degollar.

Imagen principal: Valery Espinoza Galdames

Nelson Garrido no puede esquivar su instinto formador. Cuando el equipo se ha sentado en una mesa del Café Berlín, pide silencio porque “estamos trabajando” y, acto seguido, no duda en aconsejarle a Valery, la fotógrafa de esta entrevista, que trabaje con una velocidad de 125 en su cámara fotográfica. “Con eso estarás perfecto”, le dice el Premio Nacional de Arte 1991 de Venezuela, zanjando cualquier duda de la estudiante en práctica.

-¿Cómo es que a un artista como usted le dieron ese Premio Nacional en Venezuela? Parece una locura.

-Eso mismo pienso yo (ríe). Además ese premio me lo entregó el mismísimo presidente Carlos Andrés Pérez, que también había matado a mucha gente. Mi primera reacción fue rechazarlo, pero después lo acepté porque a uno lo invitan para todas partes y puedes hablar las barbaridades que estoy hablando ahorita (ríe). Son esa contradicciones que hay que aprovechar: lo importante es que los premios, al igual que las becas y los financiamientos no implican que tú vendas tu arte. Yo no estoy a la venta ni por un premio ni por plata. Si me compran una obra, feliz, pero nadie me va a comprar la foto de un perro muerto para ponerlo en el comedor.

El fotógrafo cuenta que fue a partir de ese reconocimiento que decidió crucificarse con tres penes y revela que en un rincón de esa serie es posible descubrir el preciado galvano manchado con sangre. “Los premios valen moco”, insiste, remitiendo a un retrato que le hizo su amigo Alberto García-Alix. Aquellos años de la autocrucifixión son talvez los más polémicos de Nelson Garrido, quien ha sido censurado en varias ciudades, algunas bastante civilizadas como Barcelona y Toronto.

-¿Por qué tres penes?

-Porque representan al padre, el hijo y el espíritu santo. Siempre he sostenido que el pensamiento cristiano es bastante sadomasoquista, es cosa de mirar a todos esos santos, como San Sebastián, que están ahí como sufriendo o gozando con las flechas que los atraviesan. Pero, a la misma vez que fomenta cierto tipo de relación dudosa con el cuerpo, esa religión niega la sexualidad. Por eso hice después la serie “La gruta de la Virgen”.

-Hermosa y delicada serie.

-Siempre me pregunto por qué Cristo no pudo ser mujer. ¿Por qué la madre del salvador tenía que ser virgen y no una mujer como todas? Coño, me cago en esa representación. Lo mío en ese aspecto es un reclamo del cuerpo: la ideología occidental cristiana nos hace sentir feos y no lo somos. Como cualquier obra de la naturaleza, somos bellos. ¿Por qué Cristo debe tener esos rasgos tan estilizados de las pinturas y las películas y no puede ser un aborigen, un gordo o un mestizo común y corriente? Hay que empezar a defender la estética de las mayorías. Debemos crear nuestras propias normas estéticas. Por eso estuve contra el pensamiento de la iglesia, tal como ahora estoy contra el pensamiento único del chavismo.

-A eso quería llegar porque acá la información es bastante contradictoria. ¿Qué pasa con esa revolución?

-Revolución para nada. Lo que hay en Venezuela es una fascismo populista, una dictadura. Lamentablemente muchos artistas se han ido del país, pero yo, con respeto a los que están afuera, me quedo. Lo importante es decir que hay dos tipos de fascismo: el de derecha y el de izquierda. Pero no hay fascismos buenos y fascismos malos, el fascismo es condenable de todas maneras. No hay presos políticos buenos y presos políticos malos, yo estoy en contra de la existencia de presos políticos. En Venezuela destruyeron todo, la gente está comiendo de la basura, no hay comida, no hay medicina, existe desnutrición, los niveles de delincuencia son cada vez más grandes. Es lamentable que hayamos llegado a esta situación siendo, además, un país petrolero. A mí me matan, pero no me voy de Venezuela.

-¿Tan de vida o muerte es la situación?

-Así es, además continuamente te amenazan. No sería extraño que un día pongan armas en nuestra ONG y nos acusen de cualquier cosa. Pero quedarse callado es ser cómplice de lo que está pasando. La última obra que hice se llama “La balsa de la medusa”, porque precisamente quiero plantear que estamos a la deriva.

-En un principio el chavismo tuvo un alto grado de aceptación. ¿Qué tecla íntima del imaginario popular tocó Hugo Chávez en ese minuto?

-El chavismo es resultado de los muchos malos gobiernos que lo precedieron. No es un fenómeno aislado, tiene que ver con una historia y un modo de desenvolvimiento de una sociedad que ha sido sostenida por la mujer. Chávez caló en lo popular precisamente porque asumió ese rol del padre ausente, pero eso es una imagen religiosa no política, tal como ocurre en México con los narcos: él representaba la respuesta y solución para todo aquello que nos había jodido históricamente, es como el peronismo en Argentina. Chávez entró entonces en los altares y, luego de su muerte, se terminó de canonizar con toda una corte venerándolo.

-¿Qué pasa hoy con la cultura en Venezuela?

-Mira, la revolución cubana dejó muchas cosas en el arte: su cine, la Nueva Trova, etcétera. El gobierno de Salvador Allende en Chile nos legó la Nueva Canción, Víctor Jara, su muralismo y tantas otras cosas. ¿Pero qué nos deja el chavismo? Nada. Solo una estética narco, porque es cuestión de ver los autos, las mansiones o el estilo de vida de los gobernantes para darse cuenta que lo único que reproducen son las formas propias de los narcotraficantes.

-¿Y qué se piensa en la academia, por ejemplo?

-Creo que todo está en el suelo y en algunas instituciones oficialistas todavía se enseña el realismo socialista y se pintan cuadros de Chávez. Lo puedes creer, es para la risa. Para esa academia nuestra ONG no existe, tal como ellos no existen para nosotros que, curiosamente, nos hemos transformado en la verdadera academia. Por eso cada día creo más en la necesidad del autor de borde. Hay que amplificar esa experiencia y extender el campo de acción. Mi objetivo en la actualidad es crear focos culturales, redes, circuitos de información, tal como está ocurriendo en muchas partes del mundo. Mi gran esperanza es la juventud; hay que generar instituciones idóneas para los que vienen atrás. El Estado es un ente pernicioso y sus instituciones no representan el hecho contemporáneo. La burocracia es un cáncer. Por eso creo en la autogestión: no quiero ser domesticado y trabajo por impulsar un orden internacional de arte no alineado, creativo y poético. En eso están mis alumnos, es lo que podríamos llamar una poética de la libertad.

-Como la antigua organización de países del llamado tercer mundo durante la Guerra Fría, los No Alineados (Noal).

-Es importante no alinearse y mantener la libertad en el lenguaje personal y en la propia investigación. No alinearse, no ir a la cola de las empresas ni de los gobiernos.

-Miles de venezolanos han decidido salir de su país y muchos han llegado a Chile. ¿Cómo ha visto a sus compatriotas en este viaje?

-Los venezolanos estamos viviendo una diáspora, un exilio forzado y doloroso. En los numerosos contactos que he tenido con mis compatriotas acá observo que todavía se encuentran en un estado de shock. Creo que aún no asimilan lo que están viviendo y espero que, en ese reagrupamiento, sirva lo que estamos haciendo con la nueva sede de la ONG Santiago, que se suma a las de Caracas, Buenos Aires y Madrid.

A las 12.00 todo el equipo está de regreso en Espacio 0, que empieza a llenarse de invitados, buena parte de ellos venezolanos. El recién entrevistado ha cambiado de escena y conversa con todos, promueve el intercambio de mails e invita a las próximas actividades de la ONG. “Estoy por la libre circulación de la imagen, mi arte será verdadero cuando se reparta como estampitas a la salida del templo”, dice en su presentación. Sus coterráneos aplauden y se acercan a saludarlo al final. Uno de ellos le habla muy bajo, lo abraza y, antes de despedirse, saca un collar, una pieza artesanal, y se lo regala al artista. Nelson Garrido agradece el presente y lo cuelga de inmediato en su cuello.



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