Nelson Brodt: “Seguimos siendo el Chile de 1973 y de la Guerra del Pacífico”

Por Héctor Muñoz / fotografías: Teatro La Gira

Su recorrido es largo en todos los roles y soportes de la actuación, pero desde hace un buen tiempo Nelson Brodt tenía claro que, de volver a dirigir, su trabajo sería en extremo personal. Nada más de obras o adaptaciones de otros autores, sino un trabajo como “La sangre invisible”, un texto escrito por él que indaga en el pasado, pero que transmite sus muchas preocupaciones sobre el presente y el futuro.

A los 80 años, con recursos propios y de otros compañeros de aventura, el actor, director y dramaturgo se lanzó en la cruzada de poner en cartelera “una obra dura”, como el mismo la describe, moviéndose contra la corriente, tal como lo hiciera en su juventud con recordados títulos de Juan Radrigán o Jean-Paul Sartre.

¿Cómo nace “La sangre invisible”?

-Es difícil decirlo porque hay elementos que funcionan dentro de nuestra memoria colectiva como país y que, obviamente, también están en mí. Siempre me han interesado los temas que tienen que ver con nuestra realidad, nuestro pasado, nuestro presente, sus posibilidades de proyección hacia el futuro, pero quizás podría decir también que, en un minuto determinado, sentí que se habían realizado muchas obras y películas en función de relatos que trataban cómo fue determinado hecho social, político o policial. Hoy pienso que es bueno empezar a profundizar, a reflexionar más sobre esos sucesos. Preguntarse cómo nos han cambiado a nosotros como chilenos, como comunidad, todos aquellos sucesos de la historia reciente. Creo que no se ha profundizado en eso todavía.

En el texto juntas dos momentos, el de la Guerra del Pacífico y sus secuelas y el del golpe de Estado de 1973.

-Yo tengo un aprecio y quizás una tendencia desde el punto de vista del teatro que tiene que ver con los sucesos que están un poco más allá del realismo descriptivo. Hay cierto componente fantástico y, cuando tú tomas un tiempo determinado, una época definida, y la tratas de juntar con una época actual o recientemente pasada, ese juego con el tiempo es muy atractivo. Cómo miras ahora el pasado, por decirlo de algún modo, y qué reflexión puedes sacar de esa mirada. Eso es muy interesante y genera para mí la búsqueda de un estilo que podría llamar realismo fantástico. Un poco continuidad de lo que, con todas las diferencias y respeto del caso, escribieron autores latinoamericanos como Julio Cortázar y Jorge Luis Borges. Soy admirador de ellos y de otros escritores un poco más antiguos que juegan también con ese tipo de encuentros, de juegos con el tiempo, con el espacio.

-¿Hay otros momentos de la historia en el subtexto de la obra?

-Sí, el otro punto es el actual, pero son dos tiempos los que aparecen con más fuerza, la obra es un nexo entre esas dos épocas. Nosotros seguimos siendo el Chile del 73 y el de la Guerra del Pacífico. Eso es un planteo y por eso el nombre de la obra. Hay una especie de hilo invisible que nos une y que no podemos obviar. No podemos eludir nuestro pasado, ni el golpe del 73, ni la dictadura y tampoco la Guerra del Pacífico y otras cosas terribles que han pasado, como la revolución de 1891. Todos esos momentos están unidos. De eso trata la obra. Es interesante investigarlo porque también establece un juego teatral especial, que tiene que ver con el espacio y con la escritura misma de los diálogos, que nos están hablando permanentemente de esa situación.

Hay algo de Samuel Beckett en la escritura.

-No solamente de él. También hay otros autores, vaya a saber uno. Uno no nace y es ciego frente a lo existente: uno es resultado de todas las experiencias, de tus propias lecturas, otros autores. Pero cierto, hay algo de Beckett como dices tú. Él es un gran escritor y, en esa obra extraordinaria que es “Esperando a Godot”, los personajes también están situados en un punto como sin retorno. Eso ocurre también un poco en esta obra.

-Llevabas más de una década sin dirigir.

-Sí, hay un trabajo que es público, que siempre aparece por ahí, y otros trabajos más personales. A mí no me gusta mucho andar luciéndome, sobre todo ahora con las redes sociales y esas cosas. Prefiero estar en silencio hasta que se me ocurra hacer un trabajo, como es el caso ahora. Me costó un poco tomar la decisión de hacerla porque es una obra dura, no es una comedia. Y lo otro es que, en algún momento, también me dije a mí mismo que, de hacer un trabajo teatral, no me gustaría seguir haciendo obras o adaptaciones de otros autores, que ya he hecho unas cuantas. No, me dije, a estas alturas de la vida tengo que ver qué puedo hacer en términos ciento por ciento personales. José Andrés Peña, el productor, se entusiasmó con la obra y ahí nació la posibilidad de hacerla y gastarnos en el montaje unos recursos financieros, que no son muchos obviamente. Pero desde el punto de vista mío tiene ese valor.

El valor de lo propio.

-Y no solamente de autoría, sino en términos de las reflexiones. En otros trabajos míos hay mucho de cuentos, leyendas o personajes fantásticos que están un poco en el imaginario nacional -de Chiloé o la zona central, por ejemplo-, pero bastante menos en términos absolutos de pensar qué somos ahora, después de la dictadura o de lo que vino detrás de la dictadura. ¿Por qué de repente sientes como si nos hubieran cambiado el país? Como si esto no fuera el país que deseamos o que quisimos en algún momento. Más allá de que los políticos ahora sean tan cabrones como lo eran antes. Más allá de eso hay un cambio en nosotros. Algo tiene que haber pasado, no creo que sigamos siendo los mismos después de toda esta historia violenta. No solo después del 73, sino también de antes. No estoy diciendo que fuimos santos y que después cambió todo. Pero claro, la dictadura es un episodio extremadamente terrible, sobre todo los cinco primeros años. La obra tiene que ver con esos cinco primeros años, cuando Augusto Pinochet establece un estado interno de guerra que dura hasta el 1979 más o menos.

-¿Observas algunas cuestiones permanentes en el ser chileno? ¿Aspectos que marquen una especie de nacionalidad, un ethos?

-Sí, me interesa ese asunto. No solamente por nuestra historia, sino por todas las cosas que ocurren a nivel planetario, sobre todo en nuestro mundo occidental. Pero más bien siento una ruptura con cosas que estaban establecidas como una especie de componente muy nítido sobre lo que podría ser nuestra chilenidad. Siento que hay cosas que se han roto, se han quebrado, pero no podría dar una definición actual. Creo que es un poco confuso el asunto y además tenemos fenómenos muy nuevos y de distinto orden. Por un lado, la inmigración, que no sabemos cuál va a ser el resultado final en Chile. Nunca había existido en este país un fenómeno de esta magnitud, con todos sus bemoles. Y por otro lado todo lo que tiene que ver con los adelantos tecnológicos, que en el caso nuestro tienen que ver con comunicarnos con las personas. De eso trata la obra también: hasta qué punto estamos siendo conducidos, hasta qué punto nos manejan a través de los medios de comunicación con tecnologías tan altamente desarrolladas, tan altamente eficientes también. Nos manejan por completo, conocen todos tus gustos, las películas que ves, la plata que tienes. Saben esto y lo otro. ¿Qué va a resultar de todo aquello? Es una buena pregunta, pero no tengo la respuesta.

-Con tu largo recorrido, ¿cómo observas el actual momento del teatro chileno?

-El teatro responde a lo que está pasando en la sociedad, yo creo en eso como en una verdad. Si en este momento la cosa es insegura, incierta y no se sabe para dónde va, en el teatro también pasa lo mismo. Uno no sabe para dónde va. Pasó esa etapa tan sólida de los teatros universitarios, que establecieron algo que llegó a ser un movimiento teatral, que operaba de cierta manera y que ganó una gran cantidad de público. Hoy día no hay nada de eso y está probablemente en formación algo que debería dar un resultado futuro por la gran cantidad de jóvenes que están haciendo teatro. Bueno o malo, lo que hacen es válido en el sentido de estar metidos en el asunto y de generar obras que buscan, generalmente, hacer una interpretación del momento que ellos están viviendo. Pero la situación del teatro es un reflejo de lo que está pasando en el país. Nosotros mismos no sabemos qué vendrá: ¿Qué va a pasar con la migración o las comunicaciones? ¿Qué ocurrirá con el pobre nivel que tiene la política en Chile? Con esto de que nadie cree en nada, de que no te fías de nada, de que siempre estás pensando cómo me están engañando en todo. Es incierto, pero, a la vez, entretenido el asunto.

-Efectivamente, además de mantener cuerpos estables, generar y mover obras, los teatros universitarios contribuyeron al debate y el discurso.

-Sí, quizás a duras penas todavía quedan restos de lo que fue el teatro de la Universidad de Chile, que se llama hoy Teatro Nacional, que tiene una sala y todo, pero que no representa lo que fue ese período de gloria. También ocurre que existe un Ministerio de las Culturas que merece una conversación aparte, con lo que hacen, cómo lo hacen y lo hecho hasta la fecha. Porque eso tiene una cara que es cultural y otra cara que es también ideológica. O sea, les interesa entregar dinero a las regiones porque buscan despertar determinadas simpatías políticas. Por eso es válida la pregunta de qué se ha hecho desde una institución que tiene la posibilidad de repartir importantes recursos financieros, porque para muchos se transformó en un trámite hacer un proyecto, conseguir algún fondo, hacer cualquier cosa, repartirse la plata entre quienes trabajaron y chao. Pero el impacto de ese ese gasto financiero y ese esfuerzo de energía llegó hasta ahí nomás. Todos esos proyectos juntos no alcanzan a constituir una especie de movimiento.

-¿Qué expectativas tienes con “La sangre invisible”?

-Difícil decir eso, no atrevo a decir nada respecto al futuro. Ojalá le vaya bien y que se pueda contribuir un poco a lo que planteaba antes, o sea, empezar a hacerse preguntas más que describir los sucesos terribles que pasaron. Se repite que ocurrió tal cosa y entonces la recreamos en el teatro. O hacemos una obra de teatro basada en sucesos reales. Yo he hecho eso también, trabajé bastante tiempo con lo que fueron los asesinatos de las niñas en el norte, en Alto Hospicio, fundamentalmente con la idea de cómo la sociedad chilena había reaccionado frente a los crímenes. Recuerda que decían que las niñitas eran prostitutas, que se habían ido a Bolivia y que esto y lo otro.  Y quienes decían esto eran las altas autoridades, no era el ciudadano común. Desde el presidente para abajo, pasando por el director de Carabineros. De hecho, después a las niñitas las invitaban a tomar té a La Moneda. Pero, en fin, ojalá que la obra ande bien, por los actores, por todos nosotros, y ojalá aporte con algo a esta idea de poder pensar, reflexionar, darle una vuelta a qué está pasando en el fondo con nosotros como nación, como comunidad.

Coordenadas

Que: “La sangre invisible”, obra escrita y dirigida por Nelson Brodt

Intérpretes: Diego Subercaseux, Alexis Saldaña y Diego Muñoz

Estreno absoluto: Viernes 12, sábado 13 y sábado 20 de abril, siempre a las 20 horas, en la sala Gabriela Medina del teatro Sidarte, ubicado en Ernesto Pinto Lagarrigue 131, barrio Bellavista

Adhesión general: $ 7.000, estudiantes y tercera edad $ 5.000

Produce: Compañía Teatro La Gira.