Natascha de Cortillas: “La naturaleza se debería considerar como sujeto de derecho”

Por Pablo Asenjo

Hasta este viernes 21 de junio hay tiempo para ver la exposición “Cosecha: siembra y resistencia” en la Galería Gabriela Mistral de Arte Contemporáneo, ahí en Avenida Libertador Bernardo O’Higgins 1381, a la salida norte de la estación La Moneda del Metro. Pero no hay que inquietarse porque, luego de esa fecha, la obra podrá ser vista en la terraza del Centro Experimental Perrera Arte, ya que su autora, la artista visual y docente penquista Natascha de Portillas Diego ha decidido donar su trabajo orgánico y natural al proyecto “Un jardín para el palacio” que poco a poco comienza a tomar forma en la parte alta de la factoría del Parque de los Reyes.

-Natascha, ¿a quién apunta tu obra y qué quieres conseguir con la exposición “Cosecha: siembra y resistencia”?

-Estar alejados de los centros del saber y conocimiento sin duda determina la manera de comprender el rol que juegan los artistas y sus producciones en dichas comunidades. Por ello comprendo el arte como un fenómeno sociocultural altamente complejo en sus vínculos con los territorios, con una dimensión ideológica y mediadora que asume un contexto histórico y cultural. Es allí donde el artista en su capacidad sígnica construye y presenta nuevas relaciones simbólicas. Por ello los procesos de producción artísticos son amplios y sus campos de incidencia y reflexión son múltiples y muchas veces inciertos. Personalmente, me interesa un trabajo localizado que represente a realidades locales de la contingencia nacional, generando discusiones propias del territorio entre los que allí habitamos, así como la posibilidad de trasladar estas lecturas a otros contextos afines. Me interesa situarme en todos aquellos espacios de reflexión crítica que, desde sus contingencias, levantan problemas artísticos y estéticos de orden cultural y territorial, donde la producción visibiliza estas lecturas críticas más que ser un espacio redentor. Sin duda exponer en un espacio museal implica acceder a un grupo específico que trabaja y practica desde el ejercicio profesional del arte y, si bien en cierto, es un espacio reducido y privilegiado, hay un valor de los pares que no deja de ser significativo.

-¿A qué te refieres con soberanía alimentaria?

-Esencialmente al derecho que tenemos los pueblos para definir nuestra alimentación en equilibrio con nuestros recursos naturales, como el agua, la tierra, las semillas, y en términos sostenibles de acuerdos a los modelos y prácticas. El reconocimiento tanto nutricional como cultural que impera en la comida es parte integral de la existencia humana, por ello todas las personas deberíamos tener el derecho a trabajar la tierra y preservar su biodiversidad de manera libre, sin restricción o derechos de propiedad intelectual. Allí radica la necesidad de un estado fuerte en su labor protectora y reguladora, fundado en el reconocimiento de un ecosistema dado por prácticas ancestrales.

-¿Cómo introducir la práctica del huerto en la noción básica de la alimentación en la comunidad?

-Incorporar los huertos comunitarios dentro de los perímetros urbanos es un trabajo que pasa por fortalecer las organizaciones sociales de base, las juntas de vecinos o centros culturales, que más allá de los apoyos institucionales se deben comprender como un gesto de resistencia y contingencia de gran poder transformador liderado por las propias personas organizadas. Estos procesos biopolíticos son cápsulas de sentido y contenido que se realizan desde un cuerpo autoconsciente hasta un cuerpo activo en su activismo. Y allí radica el gran ejercicio del bien común, que cruza generaciones, niveles socioeconómicos, barrios, etcétera.

Imagen principal y galería fotográfica: Rodrigo Maulén

-¿Son los huertos domésticos los que puede paliar el hambre en el mundo?

-No tengo una respuesta única en la propagación de este modelo, pero sin duda la experiencia que poseen nuestros vecinos de la tercera edad en nuestros barrios es un modelo de traspaso de experiencia y sabiduría que aúna objetivos de trabajo común.

-Respecto a los territorios culinarios, ¿qué tan determinante es saber y entender el origen de lo que se está comiendo?

-Cada territorio tiene un ecosistema que lo define y que determina la producción orgánica propia de ese lugar, donde los ciclos y las estaciones son condiciones vitales de ese sistema ecológico. El manejo orgánico de las relaciones alimentarias busca maximizar la estabilidad agro-ecosistema de esos territorios y, por ende, condiciona las preparaciones y los tipos de ingredientes que se usan en una cocina particular. Sin duda estas cualidades han ido mutando en la medida que el mercado alimenticio permite tener muchos productos en diferentes estaciones y de diferentes lugares, alterando un equilibrio natural en los ciclos de la agricultura. Respetar las condiciones agrícolas y alimentarias asegura un equilibrio con la naturaleza y, por ende, la estabilidad humana.

-Cuesta mucho meter nuevas ideas en el sector conservador y purista de las bellas artes. ¿Te has topado con críticas o rechazo a tu obra desde la alimentación como ejercicio estético?

-Hace diez años era un espacio mucho más rudo y agresivo, donde la fundamentación de mi trabajo implicaba grandes esfuerzos intelectuales y estéticos. Y era mirado con mucha suspicacia esencialmente a nivel nacional, ya que fue muy bien recibido en la V Bienal del Mercosur. En el contexto local fue creciendo en conjunto a una colectividad crítica, por lo tanto su inserción y comprensión fue un proceso participativo y que daba cuenta de los procesos propios que se gestaban desde la región. Hoy en día las prácticas artísticas se han desplazado a esferas y relaciones diversas, donde el campo disciplinar se ha comprendido en su multiplicidad de conexiones, saberes y conocimiento. Por lo tanto, mi ejercicio transdisciplinar cobra mayor solidez y consistencia a la hora de leer mis investigaciones visuales y lenguaje.

-Como ejercicio colectivo, el reciclaje de lo orgánico a nivel nacional es bajo. ¿Cómo se comporta Concepción como respecto a eso?

-Es igualmente complejo.

-El modelo cultural de economía mundial ha cambiado nuestras costumbres. Antes se respetaban los alimentos en cada estación del año, por ejemplo, no se comía tomates en invierno.

-Sí, efectivamente el modelo económico ha transfigurado todos los ámbitos del quehacer humano, pareciendo ser el único filtro posible. Y viene diseñándose desde muchos años: si queremos poner un hito de modernidad, podríamos pensar en la llegada de los españoles al continente americano. Pero hoy vemos varios antecedentes que han colaborado en la definición de este triste panorama y me gustaría mencionar a los menos tres. Primero, necesitamos una nueva Constitución que siga el ejemplo de la Carta Constitucional de la República Bolivariana de Venezuela, la que asegura derechos para las personas, pero también considera como sujeto de derecho a la naturaleza. En esa perspectiva, los derechos de hacer negocios o cualquier otra práctica que pudiera llegar a degradar las bases de sustentabilidad de los recursos naturales quedan supeditados al respeto de los derechos humanos y al derecho de la naturaleza de permanecer en el tiempo, brindando servicios ambientales a las generaciones venideras.

-Interesante.

-Sí. El Estado chileno dictatorial de los años 70 y 80 promovió una contrarreforma agraria, la que devolvió extensas áreas expropiadas a sus anteriores dueños. Luego el mercado especulativo de las tierras llevó a la creación de un mecanismo de subsidio a las plantaciones forestales, con cuyos excedentes los militares y sus familias se hicieron de grandes extensiones de terreno. Compraron las tierras con créditos que después pagaron con los excedentes del subsidio a las plantaciones forestales, me refiero al Decreto 701 de 1974. Obviamente, esto mermó toda la producción campesina y sus ciclos de producción. El Servicio Nacional de la Biodiversidad, cuyo proyecto de creación se encuentra aún durmiendo en el parlamento debido a la oposición de las forestales y su lobby con los parlamentarios, sería un gran a apoyo a la promoción de la vida campesina de pequeña escala, donde el Ministerio de Agricultura y el Ministerio de Medioambiente servirían de institucionalidad para resguardar los recursos naturales que son la base del modo campesino.

-¿Natascha de Cortillas es sibarita?, ¿qué te gusta por puro placer?

-Ufff. Cada día hay menos espacio para los placeres. Más bien predominan los compromisos, aunque, en todo caso, no son excluyentes. Pero dormir siempre es un buen panorama para el alma.

-Tu donación de la exposición “Cosecha: siembra y resistencia” al Centro Experimental Perrera Arte nos viene como anillo al dedo, puesto que realizamos una campaña llamada “Un jardín para el palacio”, que consiste básicamente en colaboraciones y donaciones para tener un huerto en las terrazas, un jardín en el perímetro exterior del centro cultural y un jardín vertical para muros interiores. ¿Cuán importante y necesario consideras hoy afirmar alianzas entre los espacios de cultura y reflexión con enfoque ciudadano?

-Si consideramos el arte como ese espacio relacional que permite reforzar alianzas y territorios de cuidados y afectos, me parece que esta posibilidad de colaborar en el proyecto de la Perrera desde la región del Biobío solo reafirma los modelos de trabajo e investigación que desde el sur se están levantando y visibilizando en un tejido orgánico y territorial que constituye las escenas locales descentralizadas.

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