Nancy Guzmán: “Ingrid Olderock sobrepasó a muchos hombres en su crueldad”

Por Héctor Muñoz

Durante las sesiones de conversación con Ingrid Olderock Bernhard en su casa de calle Coventry, en Ñuñoa, la oficial de Carabineros que mayor poder llegó a tener en los servicios de seguridad de la dictadura de Augusto Pinochet no solo le contó a su entrevistadora que manejaba tres armas y le indicó dónde las guardaba, sino que en más de una oportunidad las exhibió y dejó a su alcance para tensionar incluso más el diálogo. “La característica que más me llamó la atención de ella era su habilidad como agente, porque incluso estando retirada, seguía siendo una agente”, cuenta la periodista Nancy Guzmán Jasmen, autora del libro Ingrid Olderock, la mujer de los perros (Ceibo, 2014), trabajo de investigación que ha sido el soporte documental de la segunda parte de la “Trilogía del horror” que la compañía El Padre estrena mañana viernes 13 de julio en el Centro Experimental Perrera Arte.

-¿Cómo fueron esas entrevistas?

-Olderock jugó en las tres sesiones de entrevistas al gato y el ratón. A veces ella era el gato y otras yo. Digo esto porque ella siempre trataba de sorprenderme, de acorralarme y a veces ella terminaba acorralada, entonces se escondía en su bala en la cabeza. Ella intentaba que me asustara, algunas veces, otras que me aburriera de preguntar algo que no me iba a responder. Estaba preparada: si había entrenado a un perro para violar a detenidos y detenidas.

-Olderock prácticamente no dejó testimonios. ¿Cómo logró a que accediera conversar con usted?

-Ingrid Olderock ni siquiera prestó testimonio judicial o policial. Ella jugó el buen papel de “loca” para ocultarse tras él y no prestar declaraciones. Solía mostrarse como una mujer extravagante, atribuyéndole al disparo en la cabeza y la bala alojada en ella, su locura. Pero era muy cuerda, recordaba todo y, cuando se sentía atrapada en las preguntas, recurría a la historia del atentado. Accedí a ella de la forma más simple: yendo a su casa a pedirle entrevista, tal como lo cuento en el libro.

Autora además, entre otras publicaciones individuales y colectivas, de Un grito desde el silencio (LOM, 1988), Romo, confesiones de un torturador (Planeta, 2000) e Historia para no olvidar (Catalonia, 2004), Nancy Guzmán conversó con Olderock en 1996, poco antes de la muerte de la agente, en marzo de 2001, pero debió esperar largo tiempo para publicar la historia debido a que una de las víctimas pidió el embargo de sus testimonios hasta que falleciera su madre, quien no debía enterarse de los límites traspasados en la tortura por esta oficial de origen germano y su perro Volodia.

-Usted colaboró con la compañía El Padre en el proceso de documentación de su trabajo. ¿Qué le parece que un personaje como Olderock sea llevado al teatro?

-Mi colaboración ha sido facilitar el libro para que sea una obra de teatro y lo he hecho con mucho gusto. Me parece que todos los seres abyectos deben ser exhibidos como tales. Las sociedades deben entender que estos sujetos existieron, vivieron y viven entre nosotros, que causaron daños irreparables en nuestra sociedad y que los “nunca más” no existen, por lo tanto se debe tener presente en la memoria del país como estos sujetos se forman, son producto de ambientes y formaciones rígidas que les enseñan a despreciar la diferencia. En ese sentido, una obra de teatro que sostenga esta memoria vigente es bueno para generar transformaciones positivas en la sociedad.

Ingrid Olderock en mayo de 1996.  Diario La Nación. Gentileza de Archivo Cenfoto Universidad Diego Portales
Ingrid Olderock en mayo de 1996. Diario La Nación. Gentileza de Archivo Cenfoto Universidad Diego Portales

-¿Qué aspecto de la vida de Olderock no debiera faltar en el montaje?

-Si hay algo que no debe faltar en el montaje es el fantasma de su hermana Karim, a quien entregó a la DINA para quitársela de encima y quedarse con la herencia de sus padres. Ella fue violada, torturada y expulsada a Alemania, donde vivía desde los años 60.

-Su libro y la obra teatral sobre Olderock abordan la dimensión más aberrante de las mujeres en dictadura. ¿Cómo ve este dato en medio de la ola de conciencia y relato feminista que cruza hoy la sociedad chilena?

-Si no entendemos que la sociedad patriarcal, como parte de un sistema de dominación que va mucho más allá de la asimetría entre hombres y mujeres, es productora de violencia es que no entendemos el feminismo. Cuando hablo de que es productora de violencia, me refiero a que se nos enseña (hombres y mujeres) que la forma de sostenernos es a través de ganarle a otro y no haciendo la vida con otros. Es violencia cuando a la mujer y a los hombres se les extrae la vida por la vía de la explotación y los bajos salarios. Es cierto que las asimetrías en esa explotación afectan a las mujeres, porque son explotadas en la casa y en sus lugares de trabajo. Por lo tanto el feminismo no es solo gritar contra los hombres o por salarios iguales, es tratar de construir un mundo sin violencias, sin asimetrías, sin explotación, sin torturas, sin injusticias sociales, sin corrupción, sin abusos sexuales, eso es el feminismo, es luchar por un mundo mejor. En una sociedad patriarcal la mujer como el hombre usa los mismos sistemas de violencia aprendidos para sostenerse. Olderock, como muchas otras mujeres, usó la violencia aprendida para destacarse en lo que ella había elegido, mejoró los métodos para hacer sufrir a otros y sobrepasó a muchos hombres en su crueldad.

-En su libro queda abierta la posibilidad de que el propio general César Mendoza hubiese propiciado el atentado a Olderock, como ella misma repite en sus entrevistas, valiéndose de una cierta capacidad de digitación de la orden hacia el MIR, que fue el aparato que finalmente ejecutó la acción armada. ¿Cómo observa hoy, cada vez con mayor distancia e información histórica, la premeditación de ese atentado?

-Me parece absolutamente posible. Más aún cuando los ejecutores del atentado coincidían en la posibilidad que ellos hubiesen sido usados para saldar cuentas internas entre la DINA y Carabineros. Creo que aún sabemos muy poco de lo ocurrido durante los 17 años de dictadura cívico-militar. Algo que no sabemos y que nadie quiere saber es sobre la infiltración, pero sucedió en toda América Latina. ¿Chile sería una excepción? No es posible, puesto que todas las acciones contrainsurgentes -en las que estuvieron inmersas las acciones de los aparatos de inteligencia de Chile- uno de los puntos clave es la infiltración.

Nancy Guzmán: "Ingrid Olderock mejoró los métodos para hacer sufrir a otros"
Nancy Guzmán: "Ingrid Olderock mejoró los métodos para hacer sufrir a otros"

-La DINA creó una escuela especial para el adiestramiento de su personal femenino, a cargo de Olderock, por la que pasaron más de 70 agentes, según usted constata en su libro. ¿Por qué cree usted que ninguna de ellas llegó a ser procesada?

-Es una de las ventajas de la sociedad patriarcal. Los jueces, en su mayoría, estimaron que por ser mujeres eran una especie de “víctimas”. Además, llegaban a tribunales mal vestidas, envejecidas y llenas de enfermedades para reforzar esa imagen.

-Usted ha tenido contacto con las víctimas de la Venda Sexy, donde operaba Olderock con su perro. ¿Qué tan profunda es la huella de la tortura en las personas que lograron sobrevivir al paso por ese centro de detención?

-Tengo grandes amigos que pasaron por ahí y vivieron los peores días de su vida, no solo por lo vivido personalmente, sino porque ahí perdieron el último rastro de personas queridas. Para ellos todo mi respeto, toda mi admiración y mi cariño porque han logrado seguir resistiendo día a día la indolencia de nuestra sociedad y de las autoridades que les niegan el derecho a una reparación. Las huellas de las torturas que vivieron no solo aún están en sus cuerpos, están en lo más profundo de sus memorias y tienen que cargar a diario con esos recuerdos dolorosos, esos reflejos ante la amenaza que pervive en ellos como un fantasma inextinguible. Nada de lo que yo o alguien pudiese decir es representativo de lo que han sido sus dolores. Aún así, son capaces de soñar, de reír, de pensar en el futuro del país y de la humanidad.

-Han pasado ya cuatro décadas desde las atrocidades de los centros de tortura y da la impresión que, independiente de algunos libros u obras documentales, la desmemoria parece haberse impuesto en el país. ¿Cómo observa la situación y cuáles fueron a su juicio los mecanismos empleados para poner este velo en la historia?

-Es lo que yo llamo el alzhéimer social. Eso ha sido fabricado por los medios, que al igual que las placas que cubren el cerebro en el proceso de esa enfermedad, ellos a diario sobreponen capas de mensajes que nos van haciendo borrar la memoria. Incluso la literatura, el cine, el arte y la investigación es escasa en referencia a otros países que vivieron dictaduras en nuestro continente. Desde el comienzo de la transición hubo una política de olvido e impunidad, puesto que muchos personeros habían sido cómplices de los crímenes, incluso Patricio Aylwin había justificado el golpe de Estado y con ello los crímenes de lesa humanidad que lo prosiguieron. Era complejo ver que en el Senado y la Cámara de Diputados hubiese sentados personajes que habían aplaudido y celebrado con champaña su cierre y la desaparición de la democracia. Entonces, lo mejor era el olvido obligatorio. Para algunos llegó con buenos puestos en el Estado, para otros con dádivas pequeñas. Y para la mayoría con un buen surtido de mensajes y una parrilla de los medios llena de píldoras de olvido. Aquí se mató a un Presidente, se bombardeó la casa presidencial, se asesinó y desapareció a todo tipo de personas, el país se convirtió en un gran campo de concentración, los ríos, el desierto y el mar en depósito de cadáveres.

Galería fotográfica: Gentileza de Alejandro Chaparro



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