Miguel Lawner: “Vivimos un cuadro de segregación urbana inconcebible”

Por Pablo Asenjo / fotos: Francisca Castelblanco

“Con cierta frecuencia venía a ver partidos en el estadio que estaba acá al lado”, recuerda el Premio Nacional de Arquitectura 2019, Miguel Lawner Steiman, al recorrer las dependencias del Centro Experimental Perrera Arte, ubicado en Balmaceda con Bulnes, en lo que hoy es el Parque de los Reyes, un poco más abajo de donde se ubicaba el antiguo estadio de Carabineros, que luego, entre 1946 y 1947, fue también el fallido primer reducto de Colo Colo.

A los 92 años, quien fuera director ejecutivo de la desaparecida Corporación de Mejoramiento Urbano (Cormu) durante el gobierno de la Unidad Popular conserva la memoria intacta y aparece, como él mismo lo reconoce, como uno de los últimos testigos de lo que fue el siglo XX. Alternó con Pablo Neruda, con el propio Salvador Allende, con José Balmes, Gracia Barrios, Roberto Matta y todos los artistas que contribuyeron con sus trabajos a darle el toque final al edificio de la Unctad III -rebautizado luego como Diego Portales y actual Centro Cultural Gabriela Mistral-, cuya construcción contra el tiempo le correspondió supervisar durante la UP.

Tras el periplo por la exhibición “Fina selección” y conocer de parte del artista visual Antonio Becerro las maquetas y detalles del proceso de restauración de la ex Perrera Municipal, Lawner se instaló en un cómodo sillón y empezó a responder las preguntas de una charla magistral, documentada en video para el formato streaming, sobre la urbe que le está correspondiendo observar y vivir luego de haber sido autoridad pública, levantar 158 mil viviendas sociales en tiempo récord, pasar duros meses como prisionero político en isla Dawson, salir al exilio en Dinamarca y retornar a Chile a mediados de los años 80.

“El movimiento de pobladores hasta la dictadura fue notable, de una fuerza colosal y constituyó un factor importante para el triunfo de Salvador Allende, además de la importancia que en ese tiempo tenía la organización sindical, la Central Única de Trabajadores, que entonces era cosa seria”, señala Lawner, luego de revisar la evolución de Santiago, desde la llegada de los conquistadores hasta el presente.

-Estamos al borde del río Mapocho. ¿Qué relevancia tiene este cauce para la ciudad?

-Es muy importante. Es evidente que Pedro de Valdivia encontró aquí las condiciones ideales para su instalación, porque estaba el río Mapocho, que en ese tiempo traía agua muy distinta a la actual, y también estaba el cerro Huelén, dos elementos naturales que le daban protección a la ciudad que trazó. En ese momento tiene que haber existido un asentamiento más o menos significativo en este lugar, sino jamás los españoles se habrían establecido aquí. Los conquistadores nunca se instalaron en sitios eriazos, siempre ocuparon asentamientos que con mucha sabiduría habían construido los pueblos originarios.

-¿Cómo se fue dando el crecimiento de Santiago?

-Con excepción de la Chimba, al lado norte del río Mapocho, y algunos islotes no significativos de pobreza en la zona en la zona sur de la capital, siempre existió algún grado de integración social, sobre todo porque muchos de los trabajadores de los sectores populares cohabitaban en las mismas viviendas con los grupos acomodados. Eran sus sirvientes, empleadas domésticas, costureras y luego choferes en sus casas, normalmente de tres patios.

Lawner explica que la  situación cambió drásticamente con el proceso migratorio del campo a la ciudad, que se da con posterioridad al período de Pedro Aguirre Cerda (1938-1941), “el primer gobierno de izquierda que hubo en la historia de Chile, cuyo lema era ‘pan, techo y abrigo’ y donde recién se comienza a hablar de planificación urbana en el país”, apunta.

“En los años 50 el país tenía un 30 por ciento de población urbana y un 70 % de población rural, pero en dos décadas esa proporción cambió radicalmente. Los gobiernos no estaban preparados para esta verdadera invasión que se produjo en la ciudad y las familias que llegaban del campo se fueron acomodando como podían en sectores no aptos para vivir, como el Zanjón de la Aguada o las riberas del río Mapocho, donde la gente vivía en un hacinamiento total”, expone el arquitecto.

-¿Qué ocurre entonces?

-A raíz de esta explosión urbana, los que no tenían sin casa comenzaron las tomas de terrenos. Estos sectores populares estaban tan fregados, habitaban en condiciones tan miserables, que no tenían otra alternativa que iniciar estas ocupaciones. Ya había ocurrido una toma en La Legua, que fue caótica y hasta el día de hoy lo es. La Legua vieja es un lugar con calles endiabladas, en curva. Pero ahí los pobladores aprendieron que, para lograr la conquista después de la toma, necesitaban agua potable, alcantarillado, luz eléctrica. Es decir, tenían que asentarse correctamente, definiendo calles, espacios comunes y todo lo que implica una población. Ahí ya hubo un esfuerzo por organizar a estos pobladores, fundamentalmente del Partido Comunista, con la colaboración de distintos profesionales.

-Usted entre ellos.

-Sí, ahí entramos nosotros para asesorar a los pobladores, primero como estudiantes de arquitectura y luego como jóvenes recién titulados. Yo participé en la toma de La Victoria, el plano de La Victoria lo hicimos nosotros, primeros instalados en terreno y después en mi oficina profesional. Luego hicimos los de la Santa Adriana y así. O sea, los sectores sin oportunidad de que el sistema del Estado les proporcionara un techo digno fueron capaces, por su esfuerzo y organización, de asentarse en terrenos bastante óptimos, como lo son hoy las comunas de San Miguel y Pedro Aguirre Cerda. Después vendría la Herminda de la Victoria, en lo que ahora es Cerro Navia.

-¿Su emblemática Villa San Luis también es parte de este fenómeno?

-Claro, Las Condes se había transformado en una cloaca feroz. Yo conocía dos cooperativas, que se autodenominaban El Esfuerzo y El Ejemplo, que vivían en lo que es hoy es más o menos Lo Barnechea, y que fueron las personas a las que nosotros les adjudicamos las viviendas del fundo San Luis en Las Condes. Me siento orgulloso de la obra que hicimos en ese tiempo, fue impecable, construimos 158 mil viviendas en tres años, rompimos todos los récords. Y eran viviendas de verdad, no “soluciones habitacionales”, como les gusta llamarlas ahora. Construcciones sólidas, ninguna se ha caído, ni se ha anegado, ni nada parecido.

-¿Qué está ocurriendo hoy con el espacio urbano?

-La dictadura generó la situación que enfrentamos actualmente: un cuadro de segregación social urbana inconcebible, una de las mayores existentes en el mundo, solo comparable a lo que era en Sudáfrica durante el apartheid, un régimen colonial que tenía viviendo en condición miserable a la mayoría de la población negra. No diferimos mucho de eso ahora, porque en los niveles en que han sido confinados millones de chilenos en algunas poblaciones no tiene nombre. En contraposición, en comunas como Las Condes, Vitacura y Lo Barnechea se construyen palacios de varios millones de dólares. Nadie en Europa construiría hoy una mansión como las que se hacen aquí, porque simplemente no tendrían como mantenerlas pagando lo que corresponde a la gente a su servicio. En Europa no puedes tener un empleado o un sirviente sin un régimen de salario digno. Buena parte del estallido social de 2019 tiene sus raíces en esa segregación.

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