María José Riquelme, I.D.E.a: “El amor por la danza a todas nos vuelve un poco locas”

Daniela Portilla es la más antigua integrante de I.D.E.a y sostiene que su identidad “ya está armada desde y en esta compañía”, aunque aclara que su aprendizaje con otros maestros le ha llevado a concluir que el lenguaje corporal no para, se transforma y siempre sorprende. María José Riquelme ingresó muy joven, cuando la agrupación ya estaba en marcha, y estima que, si no hubiese sido por la danza, que trasciende las diversidades, quizás nunca se habría cruzado con sus actuales compañeras. Ambas dicen haber disfrutado el trabajo de reposición de fragmentos de una veintena de obras para el festejo de los 15 años de I.D.E.a en la Perrera Arte y hablan aquí de “Memoria de los cuerpos”, la retrospectiva que han preparado para esa celebración de tres días.

-¿Con qué obra debutaron en la Compañía I.D.E.a y qué recuerdan de aquel primer trabajo?

María José Riquelme: Debuté con “Bartokada”, creo que en 2003, tenía apenas 19 años. Lo que recuerdo de ese primer trabajo y que fue lo que más me llamo la atención es la manera como Beatriz (Alcalde) trabaja con la música. Me acuerdo que a veces pasábamos ensayos enteros solamente escuchando la música, tratando de percibir ese instrumento que nadie escuchaba y que, sin embargo, era el instrumento que iba marcando el movimiento del cuerpo.

Daniela Portilla: Mi primera obra fue “Majarinas”, aunque anteriormente había estado involucrada parcialmente en “Dos por dos”, que fue por donde comenzó mi encuentro con el lenguaje contemporáneo de la danza. Venía de una formación clásica, pero la danza contemporánea expandía mis horizontes, en definitiva, me apasionaba. “Majarinas” es muy simbólico: una mujer-bailarina que da cuenta de mi desarrollo técnico y del comienzo de mi crecimiento como intérprete. Era una compañía donde yo estaba rodeada de bailarinas formadas que dedicaron tiempo y paciencia, especialmente Beatriz Alcalde, lo cual constituyó una necesidad y oportunidad en ese momento. Me preocupé de recibir y de absorber todo lo que podía, pero cada proceso tiene su tiempo, y ese tiempo lo dediqué más al trabajo que a las expectativas. Me centré en la disciplina, necesitaba ponerme a la altura y se me dieron todas las condiciones para lograrlo, lo cual agradezco infinitamente.

-¿Cómo observas tu evolución en la compañía?

Daniela Portilla: Mi crecimiento técnico no paró, cada obra implicaba mayor gestualidad, movimiento, disciplina, un volumen expresivo y expansivo que inicialmente no lo visualizaba totalmente, junto a espacios de creación e improvisación que desafiaban aún más el trabajo, lo completaban, lo enriquecían y hacían de este espacio y el conjunto de compañeras un lugar ya instituido que me situaba en la mirada de la danza desde un trabajo que yo considero íntegro, involucrando formación técnica en clásico y contemporáneo. En los últimos años he tenido el agrado de conocer y tomar clases con otros maestros y ha sido impresionante como este crecimiento y desarrollo en el lenguaje de la danza no para, tanto personalmente como compañía. Siempre desde aquí mismo, el trabajo se amplía, no se reduce a lo conocido y cotidiano, se transforma, nunca es igual, siempre sorprende. No sé si será porque uno cada vez ve más desde la sutileza del proceso de aprendizaje y experiencia, pero siempre retorna como una mayor satisfacción. Será por esta razón, que corresponde a una continuidad que siempre ofrece espacios de nuevos alcances, que mi identidad ya está armada desde y en esta compañía. Una estabilidad que, si hubiera abandonado o intercambiado, no sería lo mismo, sería otra historia, pero esta es la historia que elegí.

-María José, ¿cómo describirías la compañía I.D.E.a?

María José Riquelme: ¡Uff! Como un conjunto de personas extremadamente apasionadas, un grupo muy diverso en muchos aspectos, que quizás si no fuera por la danza nuestros caminos nunca se habrían topado. Pero lo más lindo es que ese amor por la danza, que a todas nos vuelve un poco locas, nos enseña a amar, respetar y aceptarnos a todas solamente porque sí, porque somos I.D.E.a.

-¿Cómo ha sido este proceso de revisitar, reponer partes de obras anteriores, para este montaje de los 15 años?

María José Riquelme: ¡Me encantó! y me encanta cada vez más. En cada ensayo van apareciendo cosas nuevas, recuerdos, sensaciones, emociones, incluso olores. Es un viaje al pasado, al presente y al futuro. Es volver a mi inocencia, a lo que yo pensaba que era la danza y el cómo la veo y la vivo hoy. Lo más lindo es darte cuenta y entender que las emociones dejan rastro, y ese rastro son partituras de movimiento que trabajan bidireccionalmente, ya sea desde el movimiento que estás trabajando, que permite que aflore la emoción y algún recuerdo ya del pasado, o a veces al revés. La Bea solo ponía la música y el cuerpo sin pensar se empezaba a mover desde el recuerdo, desde la emoción, la sensación y, sin darte cuenta, la obra estaba en ti. Lo otro lindo es que en muchas ocasiones vuelves a abrir puertas al pasado, te vuelves a reencontrar con historias y sensaciones de hace muchos años, te llenas de recuerdos, de experiencias, de compañeras con las que alguna vez compartiste momentos y que ya no están, aunque al final te das cuenta que aún siguen ahí. Y que cada una de esas cosas permitieron que hoy sigamos acá, siendo quienes somos.

-Daniela, de todas las obras que han realizado, ¿cuál es la que te resulta más entrañable?

Daniela Portilla: La obra que más me ha marcado es “La consagración de la primavera”, que aparece ya con un desarrollo técnico más logrado, más tranquila en esta área, para luego dar paso a una expresividad total que involucró un trabajo con la música, donde no se baila sobre la música sino con la música. Para mí, en esto hay un trabajo coreográfico que calzó con todo lo que necesitaba desde una dimensión más expresiva, una entrega total a la música adherida a una fórmula de partitura y de cuerpo, ya que también implicó un trabajo físico de alta exigencia, casi un desborde, que se combinaba con la expresión de una delicadeza llevada al máximo, una polaridad a veces difícil de equilibrar. Pero la invitación era clara, no se dudaba, se hacía. Este hacer fue medular, ya que para mí tuvo un efecto integrador de lo aprendido y de lo que se podía expresar emocionalmente desde la superficie cuerpo en el movimiento. Cuando se ha retomado esta obra, “La reconsagración de la primavera”, se vuelve a esa experiencia y se torna un nuevo eje en tanto un equilibrio ya adquirido, pero que, a la vez, es una necesidad de bailar que nunca cede y que busca otras dimensiones interpretativas. “La consagración de la primavera” es el afecto central de mi nivel expresivo en las obras, ya no puede ser menos y abre límites, aunque uno piense que ya ha hecho un largo recorrido.

Foto principal: Natalie Potin



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