Mapu chic: Javiera Anabalón parte a Berlín con un completo dossier de imagen/país

Por Héctor Muñoz

Aunque no lo cita directamente, de seguro que La sociedad del espectáculo, ese mítico manifiesto situacionista de Guy Debord, del cual existe una rigurosa traducción de Rodrigo Vicuña en Chile, está en la base de la reflexión del conjunto de imágenes que Javiera Anabalón acaba de presentar en el Centro Experimental Perrera Arte en una muestra relámpago de despedida, que tuvo por título Mapu chic, la cual se repetirá por única vez este martes 16 de enero de enero, a las 20.30 horas, en la factoría del Parque de los Reyes.

Montada sobre unos patines, la bailarina, investigadora del arte y habitual columnista de esta página electrónica, entró en el set cantando el estribillo de un pegajoso spot televisivo de Soprole de los años 80, en el cual se repetía “lo podemos lograr, lo podemos lograr”, hasta detenerse frente a una pantalla en la que Roberto Rojas, de seguro uno de los mejores porteros que ha tenido la Selección chilena de fútbol, se revolcaba en el pasto tratando de sacar de sus inmensos guantes de arquero internacional un pequeño bisturí para inferirse, como se supo después, una sangrante herida en la frente.

Al modo del Cóndor, el apodo del popular guardavallas, Anabalón se retuerce en el piso, y a la manera del cóndor, el emblemático pájaro del escudo nacional, aletea desesperada contra el cemento áspero de su propia escena.

En el año del centenario del nacimiento de Violeta Parra, sin fondos públicos por cierto, Anabalón toma una guitarra y empieza a entonar una canción de ritmo elemental de su propia autoria: “Mapu chic” es también el nombre del tema. Mapu, como la designación de tierra en idioma mapuche, pero también, y aquí la presente reflexión es en extremo libre, como Mapu (Movimiento de Acción Popular Unitaria), singular conglomerado político escindido de la Democracia Cristiana que desde 1969 fue cuna de hombres nuevos y revolucionarios que, con el paso de las décadas, se transformaron en lobbistas y operadores de alto rango que, estratégicamente ubicados, dieron dirección y contenido a los negocios y el Estado de transición.

Como en una charla en la CEP (Centro de Estudios Públicos) o en un encuentro programado en la Sofofa (Sociedad de Fomento Fabril) o Icare (Instituto Chileno de Administración Racional de Empresas), el power point de Anabalón deja caer estampas de actualidad, propuestas de imagen/país que llevará a Berlín, Alemania, donde ha sido seleccionada para audicionar, junto a otros 24 postulantes de todo el mundo, en el Programa de Master Solo/Dance/Authorship que ofrece el Inter-University Centre for Dance Berlin (HZT), asociado a la universidad de las artes del mismo nombre.

La propia Violeta Parra convertida en inocua arpillera y confundida con las modelos de Victoria’s Secret y los logotipos de Gucci, Falabella, Yves Saint Laurent, Tommy Hilfiger o Carolina Herrera (Herrepa, como pronunciaría una veterana aspiracional), abre una sucesión virtuosa de collages digitales que, en su fragancia pop, dan forma a un nuevo pabellón nacional, un pabellón chic.

La performance con música original en directo termina como empezó. Anabalón logra reponerse con dificultad en los patines y se escurre entre la selecta audiencia -conformada por teóricos, artistas urbanos, bailarinas y no pocos diletantes- entonando el estribillo de “lo podemos lograr”, mientras el Cóndor Rojas, poeta maldito del imaginario futbolístico chileno, es retirado por sus propios compañeros del estadio Maracaná, aquel 3 de septiembre de 1989, pocos meses después del plebiscito del sí o el no y solo semanas antes de la elección de Patricio Aylwin. El zaguero Fernando Astengo y otros seleccionados portan al héroe caído. Luego se descubriría que varios de ellos estaban al tanto de la situación y que, como diría el citado Guy Debord, “en el mundo realmente invertido, lo verdadero es un momento de lo falso”.