La noche en que Becerro enfrentó al campeón mundial de boxeo Carlos Cruzat

Por Josefina Márquez

En 2001, el púgil Carlos Cruzat (1968) volvía a instalarse en Chile luego de haber conseguido el año anterior el título de campeón mundial de la Asociación Internacional de Boxeo (IBA), después de vencer al norteamericano Ira Humm en Estados Unidos, donde había residido por más de tres lustros. La IBA no estaba entre las cuatro grandes organizaciones de boxeo (AMB, CMB, OMB y FIB) pero era una plataforma para llegar a ellas y le permitió a Cruz Cruzat -bautizado así para conectar mejor con el público latino- conquistar rápidamente un sitial en los encordados nacionales con un peso alto y llamativo, el crucero, hasta 201 libras (91 kilos), poco habitual en la escena del pugilismo criollo.

Fue ahí, en ese momento esplendoroso, cuando el artista visual Antonio Becerro invitó a Cruzat a participar en un singular combate mediado por la pintura en la nave principal del Centro Experimental Perrera Arte. La anunciadora del choque de fondo de la velada “Salpica peleando a la contra”, inspirada en las sucesivas y trasnochadas lecturas de Peleando a la contra, de Charles Bukowski (1920-1994), fue la actriz Patricia López y como árbitro ocasional actuó el tatuador y aprendiz de chamán Cheto Castellano. En el enfrentamiento no hubo un ganador claro y ambos contrincantes se atribuyeron el triunfo, pero en las apuestas informales se dio por vencedor, era que no, a Becerro, el dueño de casa.

El video que sigue a continuación ha sido reeditado 19 años después de aquel duelo.

-Becerro, acabo de ver el video reeditado de “Salpica peleando a la contra”. ¿Cuál fue tu estrategia para enfrentar a Cruzat?

-Fui a entrenar con él mismo a modo de estudiar y conocer desde adentro la técnica de mi oponente, su agilidad, su fuerza, sus ejercicios, su torpeza y sus puntos débiles. Estuve en su lugar en el gimnasio, ejercitando coco a codo con él. Luego lo invité a mi taller, mi cuadrilátero, para que evidenciara el ejercicio y la técnica de un artista. Lo hice pintar y le llamó la atención la tela como soporte y registro débil, el rastro y el goteo de la pintura. Fue un aprendizaje mutuo, él robo de mí el frotado, mi técnica de la pintura, el gesto, la fuerza, el error involuntario como una posible salida al diseño original, la mancha como argumento a defender y el chorreo como materia orgánica.

-El enfrentamiento funcionó como tal bajo las reglas convenidas e, incluso, en un minuto adquiere el ritmo agonístico, que es lo propio del deporte. ¿Te faltó aire en algún momento?

-Sí, fue bastante agotador, me faltaba el aire. Más encima yo estaba con mascarilla y lentes de natación para proteger los sentidos de los golpes de pintura. Fui abatido en dos oportunidades; casi caigo por nocaut, como se ve en el video. Además, el piso con el chorreo de la pintura se puso como pista resbaladiza.

-¿Por qué elegiste el canto mapuche como música de fondo?

-Al igual que en el boxeo tradicional, los oponentes van estudiando a su contrincante y, en este caso, la música mapuche que estaba como audio en vivo, nos llevó a un ritmo de enfrentamiento, casi como un baile o un trance que te introduce en el campo de batalla. El mapudungún y su fonética, sumado a la percusión del cultrún como bombo del corazón y a la exhalación de la trutruca, de algún modo te llevan a escuchar los torrentes sanguíneos que corren en silencio por ti. La música mapuche por naturaleza es el ritual de la insurrección, la rebelión de la naturaleza por la naturaleza. Su ritmo sagrado llama al combate y te introduce en un ámbito en que se funden la naturaleza externa y la tuya propia.

-¿Qué tipo de pintura utilizaste?

-Acrílica. Se me fue agregar que los proyectiles de pintura iban cargados con los colores de la bandera mapuche, incluyendo el cerúleo, que a mi parecer es el que más se asocia al pueblo mapuche, por su cosmovisión e interpretación del ser humano como espíritu del cielo puesto en la tierra.

-¿El público del arte deliró con el duelo? ¿Los asistentes estaban contigo o en tu contra?

-Estaban más en mi contra, todos eran partidarios de Cruzat. De hecho, Carlos me dijo que le sorprendió la cantidad de gritos e improperios que el público me lanzaba: “¡Pégale a ese chuchesumadre!”, “¡dale un gancho en el hocico!”, “¡tírale los tarros!” o “¡suéltale los perros!” fueron algunos de los gritos que escuchó. Carlos me contó que el público fue como su entrenador, los seconds que lo aconsejaban con odio desde el rincón.

-¿Por qué hiciste esta acción de arte?

-Carlos Cruzat estaba en su mejor momento como boxeador y yo no era un oponente para él, ni él lo era para mí. En la acción de arte “Salpica peleando a la contra”, en ese cuadrilátero que se armó en el Centro Experimental Perrera Arte ganaron las técnicas como músculo del cerebro y órgano dependiente del cuerpo y del alma. Así como creí y tuve la loca idea de cambiar el mundo, también se me pasó por la cabeza que podía derrotar al campeón en un pugilato de boxeo de verdad. Una vez, en una pelea callejera que partió en la larga escalera de la picada 777, ahí en la Alameda con San Antonio, me enfrenté a un adversario que me doblaba en peso y tamaño. Estábamos los dos ebrios, por cierto, y lo enfrenté para darme el gusto de sacarme la adrenalina de encima, pero, por sobre todo, porque creí o más bien sabía que lo iba a vencer. En esa época tenía la certeza y la convicción de lo que esperaba y no veía. Ahora estoy abatido por la vida y la incertidumbre.

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