Luis González: “La presencia de Víctor Jara en México es enorme, un océano”

Por Héctor Muñoz

“Toda mi amistad y revolucionario saludo para Humberto. Gracias. México, 71”, así agradeció con su firma Víctor Jara la grabación que Humberto Parra Ramos realizó el sábado 13 de noviembre de 1971 en la Peña de los Folkloristas, durante una de las varias presentaciones que el cantautor tuvo en su segundo viaje a tierras aztecas. Don Humberto acostumbraba a registrar los conciertos que se hacían en esa casa de música, por donde pasaron Mercedes Sosa, Atahualpa Yupanqui, Pablo Milanés y tantos otros, cintas de carrete abierto que guardaba cuidadosamente en su valioso archivo. Ahí permaneció en silencio, madurando como un buen vino, la voz de este emblema de la canción popular chilena hasta que, poco después del estallido social, el periodista mexicano Luis Alberto González dio con ella.

-¿Cuál fue tu primera reacción cuando viste la cinta con la firma de Víctor Jara?

-Sentí un escalofrío, de esos que preludian con mucha emoción algo que está por ocurrir en dimensiones que no tienes claras. Como cuando eres un niño y sabes que te van a regalar algo, pero aún no sabes qué es. Yo había oído hablar de Víctor Jara, pero no sabía de él en profundidad, sin embargo, desde que me eligió el estudio Pedro y el Lobo para hacer este documental, se me abrió un universo al que hoy siento que siempre pertenecí. Casi como si un espíritu méxico-chileno de los años 70 estuviese en mí y por fin lo dejara libre.

-A veces la verdad está a la vista.

-Sí, como dice Humberto Parra, quien resguarda hoy la colección de su padre homónimo, él ya sabía perfectamente que esta grabación existía, la tenía allí, en las repisas de su casa. Humberto es un profundo conocedor de la historia y el folclor latinoamericanos porque lo vivió en carne propia; pero fue hasta que la cinta fue encontrada por los productores Diego Morales y Santiago Parra, este último sobrino de Humberto, que empieza a tomar un peso específico. Ellos fueron los que me informaron de la grabación inédita al momento que yo venía regresando de cubrir el estadillo social chileno en 2019. Desde ahí todo fue una explosión de acontecimientos, un tejido que nos han traído hasta hoy a esta tierra sagrada en el valle de Aconcagua.

En su presentación en la Peña de los Folkloristas, en el primer piso de calle de Manzanas 67, en la colonia Del Valle, Víctor Jara se muestra más suelto que nunca, bromea con el público y exhibe ese dominio escénico que adquirió como hombre de teatro, oficio que ya en 1960 lo había llevado por primera vez a México para presentar la obra “Parecido a la felicidad”, de su amigo y dramaturgo Alejandro Sieveking (1934-2022).

-¿Cuándo supiste por primera vez de la música de Víctor Jara?

-Desde hace varios años, he estado muy involucrado con el Movimiento Zapatista de Liberación Nacional, un ombligo que reúne muchas luchas organizadas del mundo y que también es un centro cultural de la diversidad. Fue allí, en 2007, con 26 años, que conscientemente escuché por primerísima vez a Víctor Jara con “Te recuerdo Amanda”, en plena selva chiapaneca clavada en el sureste mexicano. Pero fue hasta el primer Coloquio Internacional in memoriam de Andrés Aubry en el mismo año, también en Chiapas y organizado por los zapatistas, que tuve la fortuna de conocer al uruguayo Daniel Viglietti. Me acerqué a él y, con su mirada firme, pero de corazón paciente, habló de cuánto admiraba el canto de Jara y de sentirse honrado de que fuese Víctor que llevara su canción “A desalambrar” a otros universos posibles. Luego me volví a encontrar con Jara a través del grupo estadounidense Caléxico, que tiene una canción para homenajearle: “Victor Jara’s hands”, tema impulsado por el cantautor Jairo Zavala y su proyecto DEPEDRO, quien también nos acompañó hasta Chile a presentar el documental.

¿Algún tema te toca en particular?

No podría elegir una sola canción porque, cada vez que escucho a Víctor Jara, encuentro más cosas, más pasión, más sensibilidad en cada tema. Pero, si hubiera que elegir una, podría ser “El arado”, porque cada vez que le pongo atención me pasa lo que él describe allí cuando está hundiendo su mano en la tierra. Siento que “vuelan mariposas, cantan grillos, la piel se me pone negra y el sol brilla, brilla y brilla”.

-Inspirador.

-Sí, pienso que nosotros no encontramos esa cinta, sino al revés, esa cinta nos encontró a nosotros y nos ha dado la oportunidad que Víctor Jara describía con la siguiente frase: “El arte te traerá muchas vidas”. Para mí eso es justo lo que me ha traído, una serie de caminos hermosos que llevan una responsabilidad. Siento que, si encuentras de algún modo a Víctor y él te deja encontrarle, es porque hay implícita una responsabilidad eterna para resguardar la memoria y la esperanza.

A partir de la grabación de casi una hora de Víctor Jara, en la que Humberto Parra Ramos cortó los aplausos para estrujar al máximo la duración de la cinta, Luis Alberto González realizó una serie de ocho pódcast en las que se apoya en el hallazgo para revisar otros momentos de la música y la cultura latinoamericana, redescubriendo así otras voces sumergidas como las de Concha Michel (1899-1990) y Judith Reyes (1924-1988), que lo llevan a preguntarse, incluso, por qué la música de protesta en Chile tuvo mayor resonancia que su similar y coetánea en México.

-¿Por qué recurriste a los pódcast?

-Estamos viviendo en épocas en que la cultura se comparte y se consume de muchísimas maneras; para mí, quizás una de las más íntimas, además del cine documental, es el podcast documental, porque el hacer producciones puramente en audio da una intimidad sin precedentes, como la daba el radio antes, pero hoy dentro de la comodidad, frescura e innovación de una plataforma como Audible, el sitio con la oferta más variada y audio-leída del mundo. Figúrate que ya hay nuevos verbos, como “audio-leer”. Hoy, cada vez se lee menos, pero se audio-lee más. Hay algo en la escucha sin otro tipo de información que es magia pura. La narrativa te transita con mucha fuerza. Te da la capacidad de imaginarte el escenario y no que te lo impongan o que ya te lo ofrezcan hecho. La imagen ya está, pero el audio te permite crear en conjunto mientras sigues la narrativa y la música y el diseño sonoro.

-Son varias horas de duración.

-En total el trabajo dura unas seis horas y media en que vamos descubriéndonos como latinoamericanos a través de la música valiente que nos ha parido. Pero los capítulos se van como agua porque puedes irlos escuchando mientras estás haciendo ejercicio, viajas o lavas platos. Eso también te permiten estas nuevas plataformas. En tiempos en que la imagen predomina, el audio defiende otro nivel de intimidad y de imaginación. Es como dice el poeta limachino Diego Alfaro Palma, cuando teje el lugar del sonido en la poesía y el viaje. Valles sonoros que desandan una geografía o que hacen del oído una geografía, un momento, una esencia que conecta con lo más profundo del sentí-pensar.

-¿Cuál es hoy la presencia de Víctor Jara en México?

-Su presencia en México es algo que tampoco podía dimensionar antes de hacer este documental: Víctor Jara en México es enorme, un océano. Es casi indescriptible el amor con que la gente lo guarda en su memoria, porque a través de él guardan también las utopías por las que lucharon en los 60 y 70, las que no han dejado en saco roto. Lo más lindo es que, en lo conversatorios a los que he sido invitado para hablar de la cinta, veo jóvenes millenials y a veces hasta centenialls que empiezan a interesarse en su música y quieren saber más. La hija de una de las asistentes que fue a vernos, me dijo que: “¿Cómo Víctor podía tocar con sus manitas rotas?”. Yo no sé si reí y lloré al mismo tiempo, pero alcancé a reaccionar con una sonrisa y le dije que la música no solo se tocaba con las manos, sino también con el espíritu, como Víctor la ofrece hasta ahora. Ese ejemplo creo que resume perfectamente que Víctor Jara sigue más vivo que nunca.

La grabación original de Víctor Jara en México, 1971