Aceituno: “La gente no entiende lo que ve, somos un pueblo analfabeto visualmente”

Por Camila Sánchez Andueza

-Sí, también me gusta cocinar y lo hago desde chico.

-¿Su especialidad?

-No tengo especialidad, cocino de todo, pero el pescado me gusta harto. Las influencias sí son la cocina asiática y la cocina peruana, pero no sigo recetas: puedo hacerlas, he trabajado en restoranes también, pero prefiero crear con el producto, con lo que hay ahí.

-¿Y eso también pasa con la fotografía?

-En cierta manera, porque es una forma de crear, nada más que la foto la procesas de otra forma. Yo, al menos, me relaciono con una idea en particular, con algo que me interese hablar y junto los elementos que pueden estar contenidos en esa idea. Pero no es tampoco un método estricto.

Frente a la plaza Brasil, en una antigua casona, Jorge Aceituno se encuentra en el proceso de creación de su nuevo laboratorio. “La fotografía es una forma de plasmar las obsesiones y las cosas que me guían, que tienen que ver con tratar de entender la percepción: cómo ésta opera, cómo son las ideas que nos hacemos del mundo a través de los sentidos”, explica.

-¿Cómo debe ser una buena foto?

-En una fotografía deben confluir todos los sentidos para que la experiencia sea completa, porque sino te quedas solo en aspectos estéticos o de superficie. Creo que se puede profundizar hacia otras partes del ser humano que no vemos, pero que sabemos que están ahí y que son tan importantes como lo que uno puede tocar y ver. Ver es una ilusión y con la fotografía uno se vale de eso para representar.

-¿Cómo fueron sus inicios?

-Me inicié haciendo fotografía de teatro con Ramón Griffero, pero también hacía otras cosas: mis intereses siempre fueron expresivos, usar la fotografía como un medio para transmitir ideas y las cosas que a mí me interesaban. Siempre me ha movido lo relacionado con las personas marginadas, con lo que hoy se denomina inclusión, que para mí más que inclusión es una cosa de igualdad con el otro.

-¿Cuándo nace esa preocupación?

-Desde chico me acuerdo que me llamaba mucho la atención que la gente discriminara a otros. Yo tenía compañeros japoneses, por ejemplo, entonces como que todos se reían de los chinitos. Es una cosa que me preocupa desde siempre y con la cual fui plasmando lo que quería hacer, por eso trabajo mucho con personas discapacitadas y ciegas. De igual manera, cuando comienzo como fotógrafo de teatro, descubro el mundo inmenso de la representación, relacionado con las miserias humanas, las virtudes y lo que nos moviliza, es decir, lo esencial, que tiene que ver con las emociones, el sentir y el ser. Esas cosas siempre atraviesan cualquier trabajo que tenga pretensiones creativas.

-¿Y cómo nació la atracción por lo visual?

-Debe ser por mi carácter: siempre fui muy visual, desde niño observaba mucho. Las piedras me han gustado toda la vida, vivo recogiendo piedras y desde pequeño hacía hartas cosas solo. Recuerdo que, cuando íbamos a la playa, mis entretenciones eran salir a andar por las rocas o irme con los pescadores hacia adentro, al mar. Me dedicaba a observar: lo que había en el mundo me llamaba mucho la atención.

-¿Quién es a su juicio el fotógrafo más importante o influyente en la historia de la fotografía chilena?

-Yo diría que la Paz Errázuriz es la fotógrafa más importante. Aún así, creo que hay muchos que han sido hitos en su momento y, en ese sentido, destaco a Antonio Quintana, que fue el primero en trabajar la imagen de la clase trabajadora y campesina, del Chile de los años 50 desde una visión heroica y digna; además, tiene una mirada muy particular de la ciudad. De igual manera, recalco el trabajo de Sergio Larraín, especialmente aquel que hizo con los niños que recogía el sacerdote Alberto Hurtado o las visiones de Valparaíso. El modo en que entraba a los lugares y su visión del mundo claro que lo hacen importante. Y, actualmente, dentro de los jóvenes es Tomás Munita, sin duda.

-¿Qué pasa con la visualidad en Chile?

-Somos un pueblo analfabeto visualmente, no conocemos, tenemos problemas de identidad y no hay mucha noción de aquello que nos muestra la fotografía sobre lo que hemos sido: las ciudades, las formas de ser y de vestir, entre tantas cosas. Esos archivos no se muestran y, cuando lo hacen, son en un libro caro al que no todo el mundo puede acceder. Eso sucede porque somos un país que no tiene una buena relación con la memoria ni con la imagen. Hay estadísticas de que un gran porcentaje de la población no entiende lo que lee, pero yo creo que un porcentaje mayor no entiende lo que ve. Por lo tanto eso es un problema.

-Entiendo que desde 1992 ha desarrollado un trabajo con personas con discapacidad mental y síndrome de Down . ¿Qué lo motivó a profundizar en este aspecto?

-Es una manera de ofrecer un espacio visual democrático, porque en esta oferta, entre ellos y yo, hacemos una colaboración creativa. Ellos eligen la pintura que desean representar, ya que han conocido la historia de la obra y del artista, los términos en que fue creada y los acontecimientos que se cuentan alrededor. Esta iniciativa es en conjunto con mi hermana Alejandra, quien fue profesora de estos jóvenes y cuya idea es formar artistas con capacidades diferentes. Conmigo llevamos a cabo todo el proceso que implica hacer la foto: edificarla, entablar un diálogo, una conexión, y, cuando la otra parte de alguna manera domina lo que va a hacer y tiene una idea de lo que quiere representar, todo se torna muy fluido.

-¿Por qué eligió el formato de las puestas en escena?

-Siempre me interesó la representación, el teatro. Fui bien payaso cuando chico, en todas las fotos salgo haciendo alguna cosa, y después que caí en el teatro como fotógrafo terminé de completar esa parte.

-Usted también les ha enseñado fotografía a los no videntes. Para algunos no es fácil comprender que un ciego pueda ser un buen fotógrafo.

-Yo creo que los ciegos, cuando se lo proponen, son extraordinarios. He conocido a gente muy interesante que plantea su punto de vista, que da una dimensión distinta a la que uno podría esperarse y me he dado cuenta que, al estar carentes de un sentido tan importante como lo es la visión, cuestión que los visuales no valoramos, ellos tienen mayor conciencia de ese aspecto. Algunos están trabajando con imágenes y sonidos cosas que uno ni se imagina. Somos nosotros, los visuales, los que finalmente discriminamos y pensamos que un ciego no es capaz de hacer nada.

-¿Y cómo es ese imaginario visual en relación con el de una persona que sí puede ver?

-Su imaginario está muy enriquecido por esto mismo de tener que recurrir a otros sentidos, además de usar la imaginación y la memoria. Los visuales tendemos a descansar tanto en la vista que dejamos la imaginación un poco rezagada y no recurrimos siempre a la memoria, entonces damos por hecho que esa forma que vemos es la realidad. Por lo tanto, en este proceso de aprendizaje nos estamos quedando un poco atrás. En sus inicios, a la fotografía se le dio toda esta carga de ser objetiva y, de hecho, todavía hay muchos medios que aún la consideran como una característica de las imágenes.

-¿Cómo es el proceso en que las personas no videntes logran hacer una fotografía?

-Casi no hay diferencia, aprenden igual que cualquier estudiante de fotografía. Por ejemplo, Jorge Moraga, con quien desarrollamos el programa, introdujo la enseñanza del encuadre usando marcos de foto; con el bastón, que es el instrumento que más utilizan los ciegos, definíamos el enfoque. Lo más complicado era el fotómetro, que es visual, y como en ese tiempo estábamos en la transición análogo-digital, trabajamos principalmente con análogo y enseñábamos el concepto de luz de ventana, relacionado con la orientación y con la forma en que percibimos. Las técnicas eran exactamente las mismas, las cámaras igual solo que algunos se las ponían en la cabeza y otros abajo.

-¿Y la composición?

-Mira, en general siempre funcionaba, ya que cuando uno enseña fotografía las reglas tampoco son estrictas, éstas tienen que ser transgredidas en algún momento, porque sino se vuelve muy monótono. De hecho, las fotos que hacían tenían una composición bien interesante: hay una conexión que es bien inexplicable, es más emocional.

-La intuición juega un rol importante.

-Claro y el aparato es el que complica las cosas, porque ve distinto: de partida tiene un solo ojo y, en general, nosotros vemos por dos; además tenemos la sensación de tridimensionalidad, la cámara no. Entonces, las fotografías no se hacen del mismo modo en que percibimos las cosas. Para un ciego eso es lo menos relevante, ya que él no va a experimentar ese proceso, sino que sencillamente va a imaginar, después tú le relatas la foto y se completa la idea. Es bien misterioso.

-¿Cuáles han sido las situaciones más singulares que le ha tocado vivir?

-Me sorprendió harto una vez que hicimos una sesión de retratos y yo necesitaba una foto mía no recuerdo bien para qué. Entonces les pedí que me tomaran una: pusimos una mesa de 1,20 metros, justo el largo del bastón, y nos apoyamos en las esquinas. Una chica me dijo que le hablara y así se pudo orientar hacia donde yo estaba. Sin embargo Miguel, que había estudiado literatura, comenzó a contarme un cuento y él sabía exactamente en qué momento yo me iba a reír y, cuando llegó a esa parte de la historia, disparó la foto, lo cual me pareció un buen método, ya que una de las cosas más difíciles, y para lo cual no hay receta, es hacer retratos. Puedes adornar un espacio físico como desees, pero conseguir que una persona confíe en ti y reaccione de una manera particular es mucho más complejo. Es ahí donde hay que estar inventando y descubriendo constantemente, y Miguel lo hizo contándome un cuento.

Fotografía principal: Coco Rico y Eli Neira en “Puestas en escena” de Jorge Aceituno y Antonio Becerro