Irineu García, escultor brasileño: “En América del Sur no deberíamos tener fronteras”

Por Tito Muñoz / Video: Pablo Bravo

Irineu García, nacido en São Luiz Gonzaga en 1946, cuenta que, desde niño, tenía una gran habilidad para trabajar con sus manos: partió haciendo sus propios juguetes de madera y luego pasó a modelar buena parte de los utensilios de su modesta casa familiar. Se transformó en artesano, pero su imaginación se disparó cuando inició sus estudios formales en la Escuela de Bellas Artes de Montevideo, Uruguay (1969) y, muy particularmente, cuando se graduó como licenciado en arquitectura y urbanismo en São Leopoldo, Brasil (1982).

“El cambio fue la comprensión del espacio”, dice Irineu, quien se encuentra de visita en Chile y acaba de visitar el Centro Experimental Perrera Arte, espacio que conoció en ruinas en 1992, cuando formó parte del Primer Simposio Iberoamericano de Escultura realizado en el entonces naciente Parque de los Reyes.

Irineu señala que aquel encuentro marcó su carrera de más de medio siglo como artista, recuerda con cariño a los chilenos que formaron parte de dicho cónclave de un mes y medio, como Félix Maruenda, Gaspar Galaz, Jaime Antúnez y Francisco Gacitúa, y sorprende contando que su escultura -la única que permanece en su lugar original en la comuna de Santiago- fue bautizada por él como “Picoroco”, sí, ese sabroso crustáceo que habita las costas de Chile, Argentina y el sur de Perú, y no como “La pluma” como es denominada dicha pieza de fierro y granito en algunas publicaciones derivadas de aquel simposio.

Activo y con humor como en sus mejores tiempos, Irineu ha realizado en los últimos años imponentes obras en China, India, Brasil y varios otros países del continente sudamericano que tanto le importa: “En América del Sur somos poderosos, tenemos todo para ser felices”, apunta.

En la actualidad, Irineu trabaja en su finca de diez hectáreas en Porto Alegre, donde funciona también el Instituto Yvy Maraey – Arte y Naturaleza, que en lengua guaraní significa “tierra sin mal” y que para el escultor y formador de generaciones de artistas “es como un paraíso”, donde puede seguir levantando obras en piedra, metal y madera rodeado de árboles, vacunos y todo tipo de animales domésticos, incluyendo, por cierto, cinco perros.