Hugo Ángel: “La fotografía documental de la generación del 90 está invisibilizada”

Por Héctor Muñoz

Desde hace cuatro años, todos los meses de agosto y como si fuese un peregrino más, viaja sagradamente a la isla de Caguach para participar en la fiesta del Nazareno, donde unos ocho mil devotos dan vida, desde hace más de dos siglos, a la mayor festividad religiosa de Chiloé. Provisto de diversos medios de registro, Hugo Ángel se confunde con los lugareños provenientes de las islas vecinas de Alao, Apiao, Tac y Chaulinec y, como parte del paisaje, se entrega a la tarea de retratar fiscales, patronos, deudos y princesas, que en esos días abundan en los mares de la devoción. “La fotografía implica necesariamente cierto involucramiento y, por qué no, una cierta vulnerabilidad”, reflexiona el documentalista, quien participa como invitado en la exposición “Matta en la Perrera”.

-Te formaste en la década de los 90 y, además, has investigado aquel momento de la fotografía chilena. ¿Cómo describirías ese período?

-La fotografía documental de los años 90 sufre un cambio en cuanto a su referente fundamental, ya que los 80, visibilizado principalmente por la Agrupación de Fotógrafos Independientes (AFI), están marcados por una fotografía militante y comprometida con el acontecer político de la dictadura militar. En cambio, en la década posterior, los 90, la fotografía se desmarca del acontecimiento contingente político y comienza su propio camino de búsqueda y creación de un imaginario del período bajo la sombra de la generación anterior. Este período ha sido poco explorado y su archivo desconocido e invisibilizado, pero es tremendamente necesario para comprender la fotografía chilena, siendo un eslabón importante en la secuencia histórica de la fotografía documental. La revisión del archivo es un ejercicio de re-significación y re-apropiación de un imaginario que, con el paso del tiempo, adquiere un valor de época, testimonial, documental y emotivo, además que da cuenta del paisaje histórico y de producción material y visual de un período determinado. La generación de los 90, en la que me formé y en la cual mi obra fotográfica se enmarca, no tuvo un rol histórico y político tan visible y activo, pero sí un aporte relevante para la construcción de un imaginario de época: el Chile de la transición.

-¿Existe entonces una generación de los 90 en la fotografía?

-Sí, pero es una generación invisibilizada tanto por factores externos, como también propios de los fotógrafos. Esto lo digo en base a parámetros objetivos como la ausencia de publicaciones, textos, exposiciones y registros de época. A esto se suma la falta de espacios institucionales de visibilidad y la no existencia en esa época de internet y medios digitales que luego favorecen la autogestión, difusión y circulación de obras y contenidos.

-¿Qué elementos en común tienen esos fotógrafos?

-Los 90 en el documentalismo propone un patrón de continuidad en la visualidad desde el punto de vista de construcción y forma de abordar el hecho fotográfico, también en lo técnico prevalece el registro análogo en blanco y negro, pero se amplían los contenidos, los cuales ya no se deslizan al acontecimiento, a la contingencia, sino que se aproximan más a lo periférico, a lo narrativo, tensionando sus límites y proponiendo temáticas como los grupos sociales marginales, la contracultura, la noche, la intimidad, la religiosidad popular, la reclusión, la ciudad y sus barrios antiguos, etcétera, con una mirada más autoral, íntima, subjetiva y poética del documentalismo. Los principales hitos son la creación de las primeras escuelas formales de fotografía, la prensa escrita con un sello fotográfico, como el diario La Época; los primeros centros y galerías de fotografía, como Galería Contraluz, y las primeras editoriales con colecciones de fotografía, como la colección Mal de Ojo de LOM.

-¿Qué entiendes por mirada autoral?

-La fotografía es un lenguaje, tiene un uso reflexivo, además de ser una expresión viva, una mirada. La fotografía de autor es el ejercicio de sostener esa mirada en el tiempo, transformar esa experiencia en una forma y desplegar una obra visual. En mi caso he realizado documentalismo con una mirada más subjetiva, con una búsqueda de un grado de conexión con lo que estoy fotografiando. Ver también es una forma de experimentar e implica un cierto involucramiento y, por qué no, una cierta vulnerabilidad. No es solo un registro realista, sino más bien el desarrollar ciertas ideas a través de la mirada del tema que estás tratando. Y toda mirada implica un punto de vista personal, implica ocupar un “lugar” desde el cual estás fotografiando. En esa línea también realicé en la década de los 90 algunos proyectos más conceptuales donde había una puesta en escena y un desarrollo de ideas que intentaban reflejar cierto ánimo o tono de ese período y mis reflexiones al respecto. Me gusta el concepto de monografía, que es una mirada de las cosas más allá del tema; lo que prima es la mirada del fotógrafo. Esto lo leí hace un tiempo del filósofo Georges Didi-Huberman y me conecta con el poder de la imagen y saber mirarla: “Una imagen bien mirada sería pues una imagen que supo desorientar, luego renovar nuestro lenguaje, por lo tanto nuestro pensamiento”.

-En los próximos meses harás una residencia en la Perrera. ¿Por qué eliges el retrato para el desarrollo de esta experiencia?

-Hace tiempo estoy haciendo retratos análogos en formato medio e incorporando estos registros a los proyectos que me encuentro realizando con resultados muy interesantes. El retrato en fotografía es un género que está en constante desplazamiento, desde lo real documental hasta lo ficcional y constructivo, como la puesta escena. También trabaja con el estereotipo, el cliché, se construye desde la convencionalidad de la fotografía social, donde los elementos de contexto permiten darle sentido y establecer relaciones entre la visión del artista y la realidad de los sujetos fotografiados, construyendo imaginarios desde la otredad, lo diferente. Hoy en día se habla incluso de una fotografía documental de ficción.

-¿Qué giro esperas dar a tu obra con este trabajo?

-El proyecto de residencia en la Perrera busca, a partir del ejercicio del retrato fotográfico, crear un cuerpo de obra y, a la vez, construir un imaginario, apropiándose simbólicamente de este espacio de resistencia y arte independiente, espacio metafórico de reclusión, que simboliza por su historia el imaginario urbano del perro callejero, el quiltro chileno mestizo. Los sujetos fotografiados serán personas reales que, desde su condición de exclusión, diferencia o fractura social, forman un conjunto deliberado que trasgrede el estereotipo convencional y estético.

-Llevas cuatro años retratando, fotógrafica y audiovisualmente, la fiesta religiosa del Nazareno en la isla Caguach, en el archipiélago de Chiloé. ¿Por qué eliges esa festividad?

-La religiosidad siempre ha estado presente en mi obra y, en cuanto a ella, me interesa lo híbrido, el mestizaje estético y espiritual y su apropiación del mundo popular, indio, rural, proletario. También me interesa el tema del patrimonio inmaterial y anímico, no solo desde una perspectiva material, a modo de monumento, como un concepto muchas veces centralista, objetual y arbitrario, sino como la expresión de sistemas de saber ancestrales atesorados por la comunidad. Las fiestas patronales y la expresión religiosa espiritual del archipiélago de Chiloé representan un íntimo ser chilote, un ethos a veces ignorado o desconocido y abordado de manera superficial, anecdótica o meramente folclórica, descontextualizado de sus usos originales. Los lazos de la transmisión oral de estos saberes están resquebrajados por muchas partes o, simplemente, rotos. Solo ciertos estudios de investigación de algún rigor antropológico logran abordarlo, pero desde la visualidad y la fotografía documental contemporánea no hay trabajos sistematizados en cuanto a su rigurosidad y diversidad.

-¿Qué ángulo le estás dado a tu mirada en esta obra?

-La fotografía documental puede ser un modo de investigación y conocimiento, a la vez que un dispositivo simbólico, poético y testimonial, dado que el registro logra revivir expresiones vivas, aun persistentes, pero que el paso de la modernidad y la cultura global tienden a hacer desaparecer, por lo que el documento y archivo posterior adquiere una dimensión que trasciende el momento histórico de su producción y deviene en una huella de resistencia y memoria. El trabajo que he desarrollado íntegramente en el archipiélago de Chiloé aborda el fenómeno de la religiosidad y patrimonio espiritual de las islas y muy en especial en la fiesta del Nazareno de Caguach, donde confluyen cinco islas y pueblos que peregrinan con sus imágenes ancestrales por mar. Ahí he retratado fiscales, patronos, deudos y princesas. Es un viaje único, lleno de vestigios indios y cristianos.



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