Guillermo Grez, la sicodelia chilota

Por Javiera Anabalón.-

La obra de Guillermo Grez envuelve al espectador en una sábana de cuerpos, poros y sensaciones, y exige el desplazamiento de su percepción hacia el plano físico, sensitivo y no lógico. Los pasacalles, los vestidos-casa, los juguetes de Grez, proponen un método amable, pero radical a la vez, de silenciamiento del pensamiento racional y de apertura al pensamiento mítico.

Grez se revuelca y extravía en la materia; en las “imágenes” que describen los cuerpos de sus mismos objetos. La aglomeración, los laberintos, espejos y recovecos en sus paisajes, retardan – impiden – extravían la llegada de cualquier sentido, de cualquier elemento que no provenga de sus leyes internas. Las dimensiones y dinámicas apelativas de los pasacalles o de la falda de San Jorge, por ejemplo, impiden al espectador un distanciamiento suficiente para poder visualizar un conjunto total de la obra, para poder comprender las figuras completas a partir de sus contornos. Todo aparece en la medida que otro espacio desaparece, como el más puro claroscuro. Y justamente a partir de esa revelación parcelada de los objetos, es que el visitante logra perderse, hundirse en la obra y olvidar su búsqueda constante de sentido.

La obra de Grez se encuentra poseída por dioses ludópatas y sicodélicos, provenientes de las mágicas  y oscuras tierras de Chiloé, cuyo máximo placer y despilfarro es confundir, embriagar y desorientar a quien ose ingresar en su universo erótico.

Fotografías: Jorge Aceituno Andrés Gachón



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