Gonzalo León: “Lemebel fue un tipo incómodo para el campo literario chileno”

Por Héctor Muñoz / fotografías: Álvaro Hoppe

En el lanzamiento del libro, publicado en Argentina por Editorial Mansalva, la crítica y narradora María Moreno fue la encargada de hacer la presentación en Espacio Brandon de Lemebel oral: 20 años de entrevistas (1994-2014), obra a la que luego dedicó una amplia cobertura en Radar Libros de Página 12, donde describe a su autor y compilador como “un contertulio más familiar que Antonio Prieto o Tato Cifuentes, Tatín”, de seguro los artistas chilenos más conocidos al otro lado de los Andes.

El escritor y periodista aludido es Gonzalo León, quien está radicado desde 2011 en Buenos Aires y que jamás pensó que algún día realizaría este trabajo sobre Pedro Segundo Mardones Lemebel (1952-2015), el cual fue presentado ahora en el Centro Experimental Perrera Arte por la reciente Premio Nacional de Literatura Diamela Eltit y varios artistas del entorno más cercano al fallecido escritor y artista visual.

“Estoy en medio de mil cosas: terminando de escribir para Culto, acabando de corregir una parte de una novela de una escritora a la que le hago una clínica de obra, finalizando un ensayo de Luis Gusmán y tengo que preparar una entrevista que hago mañana a las 17 horas en Palermo y aún no me leo el libro, por suerte es de poesía”, trata de disculparse con humor Gonzalo León antes de iniciar esta conversación.

-¿Por qué decidiste hacer este libro? ¿Qué ha significado Lemebel en tu propio trabajo literario?

-Este libro nació de una idea que me dio Francisco Garamona, editor de Mansalva, el sello argentino que publicó Lemebel oral. Hace un año estábamos en Chile presentando una novela mía, que también había salido por Mansalva, y me propuso hacer un libro de entrevistas de Lemebel, “total lo conociste”, me dijo. Yo de verdad hasta ese momento no me había imaginado haciendo ese libro, pero acepté y al otro día me fui a la Biblioteca Nacional y recuerdo que incluso charlé con algunas personas, entre las que estaba el artista visual Antonio Becerro, amigo de Lemebel. Mi idea al principio era ubicar alguna entrevista inédita, no publicada. Pero el trabajo en la biblioteca, que fueron dos días intensos, fue fundamental, porque ahí vi el libro. Y esto tiene relación con la segunda parte de tu pregunta, y es que me di cuenta de que gran parte de las primeras entrevistas a Pedro las había leído en su momento: la de Faride Zerán, en 1997, la leí en la casa de mi madre en Viña del Mar y me encantó, porque ponía a Pedro en un lugar intelectual. Yo lo había conocido en 1992 y, pese a que nunca fuimos amigo, lo traté con cierta frecuencia y, obviamente, lo leí; podría decirse que fue un referente obligado en mi formación como escritor. Escribir crónicas, como hice por años en La Nación Domingo y antes de eso, sin leer a Pedro creo que era inconcebible para cualquier cronista. Hoy es otra cosa.

-¿Cuál es la presencia actual de Lemebel en el medio cultural, tanto de las artes visuales como de la literatura, en Argentina?

-Pasa algo raro con Pedro en Argentina y es que nunca fue publicado acá. Estuvo a punto varias veces: en 2004 se anunció en revista Ñ la publicación de La esquina es mi corazón con una entrevista grande (que incluyo en el libro), pero finalmente no salió. Algo pasó. De hecho en muchas de las entrevistas argentinas le preguntaban si tal título suyo iba a circular acá. Pese a ello, es decir casi sin libros circulando, su figura tiene un peso intelectual y artístico en la academia, en el mundo de la crónica y en los escritores que excede a lo homosexual o a cualquier nicho. Y es que además está identificado con planteamientos políticos más de izquierda o al menos progresistas. Por eso hace poco Página 12 le dedicó tres páginas a Lemebel oral y nada menos que fueron escritas por María Moreno, que para los que lo ignoran es una gran escritora y que además conoció a Pedro. Quizá la deuda está en las artes visuales en términos de alguna exposición de Las Yeguas del Apocalipsis. Igual en septiembre di un curso sobre cómo leer a Pedro en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba).

-¿Te sorprendió algún hallazgo en el proceso de selección de las entrevistas?

-No sé si me sorprendió, pero me llamó la atención que en general las primeras entrevistas, las que yo llamo de la primera etapa, es decir desde que comienza a publicar hasta que se cambia a una editorial trasnacional en 2001, pero cuyos efectos se sintieron hasta 2003, la mayoría de las entrevistas hechas por hombres tienen una carga peyorativa y en algunos casos hasta homofóbica, que demuestra la resistencia que provocó Lemebel en el campo literario chileno; por el contrario, en buena parte de las entrevistadoras mujeres encuentra complicidad. Pero como además el libro tiene casi 150 notas -de contexto histórico y biográficas, para lo cual tuve que investigar un poco- descubrí que Pedro vivió en Buenos Aires en 1984, estuvo unos meses y lo invitó Jaime Lepé, gran amigo de juventud. Pero en esa época no era Lemebel, sino Mardones, y aún no publicaba nada, por lo que se dedicaba a vender artesanías cerca del Obelisco. Luego, cuando terminaba la jornada, le gustaba ir a un bar en Callao y Corrientes, donde charlaba de literatura, arte y política. En esa época no bebía, esto lo supe por el propio Lepé. Por eso hay una relación estrecha de Pedro y Argentina, más allá de la clara influencia que ejerció sobre él el poeta trasandino Néstor Perlongher.

-¿Qué constantes observaste en las repuestas de Lemebel en el conjunto de entrevistas revisadas? ¿Cuánto material quedó afuera?

-En general respondía todo, y creo que era excesivamente cortés, teniendo en cuenta que no le gustaban las entrevistas. Ahora, en cuanto a lo que quedó fuera, las entrevistas largas no son muchas; yo me traje a Buenos Aires como sesenta, que fotocopié en Chile. De esas había algunas que se repetían y otras que no me llamaban la atención, básicamente por las preguntas. Y es que una entrevista es la reproducción de una charla, y la charla, como decía Borges, es contexto. Y yo quería reproducir cierto contexto social, político y literario en el que se desarrolló la obra de Pedro. Y eso no fue difícil. Lo que sí se me complicó fueron las entrevistas en otros países de Sudamérica: Argentina, Bolivia, Perú, Uruguay. En un principio iba a incluir una aparecida en Colombia, pero googleando constaté que había tres versiones con tres fechas distintas, ahí me di cuenta de que ese era el peligro de no tener el respaldo del papel. También había una aparecida en Cuba, que era una selección de otras entrevistas, una especie de compendio. Tuve que tomar resguardos y opté por incluir las entrevistas en las que estuviera muy convencido o que ubicara al autor.

-¿Qué piensas de la escritura de Lemebel?

-Primero, hay que entender que el estilo de Lemebel es heredero de la poesía de Néstor Perlongher. Eso no es un misterio, él mismo ha reconocido su influencia barroca e, incluso, eso de andar por la ciudad con zapatos de taco alto lo hacía Perlongher en los años 70 en Buenos Aires. A esa influencia se adhieren o suman otras, algunas rastreables y otras no: por ejemplo, Francisco Casas, su colega y amigo de Las Yeguas del Apocalipsis, me contaba hace poco que a Pedro le encantaba Rayuela, de Cortázar, y que se sabía partes de memoria. Pero no sé si esa influencia sea rastreable, por lo que más que influencia sería un gusto. Ahora el barroco o neobarroco y la gauchesca son, como han dicho algunos, los dos únicos estilos propiamente latinoamericanos, por lo que estaríamos ante un autor con los pies muy bien puestos en la tierra, en esta tierra. Sería un gesto de resistencia a la colonización. Por eso Lemebel más que un autor chileno es un autor latinoamericano, porque no le habla a la “recta provincia”, sino a un continente. Dentro de su barroco hay tonalidades diferentes a lo largo de su obra, quizá el más extremo es La esquina es mi corazón, luego parece que se fue modulando.

-¿Y qué concluiste de su oralidad?

-Creo que ahí existe una trampa, porque los textos de Pedro no están hechos para ser leídos, es decir no tienen una función oral solamente, como serían otras poéticas; sus crónicas no pierden nada leyéndolas en papel, quizá ganan cuando está esa actitud performática, pero la performance no es oralidad, es cierta teatralidad o puesta en escena. Lemebel oral es el registro oral de sus intervenciones, quiero decir que cuando él quería intervenir en alguna polémica o tema en particular, escribía una crónica, no daba una entrevista. La gracia de sus entrevistas es que es capaz de improvisar sobre o encima de la obra, y lo hace, como escribió María Moreno, con una lucidez extrema. No es que se explique, sino que redondea algo que previamente había quedado dando vuelta en sus crónicas. Entonces las entrevistas a Lemebel hay que examinarlas con lupa: importa tanto la pregunta (detonante o pretexto) como la respuesta. Esa oralidad, que fue la que me interesó, está determinada por la pregunta, pero dialoga con una obra. No todos los escritores son capaces de eso.

-Conociendo su obra y la incidencia cultural que tuvo en vida Lemebel, ¿cómo observas el procesamiento de su legado en el Chile actual?

-Lemebel fue un tipo incómodo para el campo literario de nuestro país y lo seguirá siendo, creo que es una característica de su obra. El hecho de que unos alumnos no quisieran leerlo en un liceo de Independencia es un ejemplo de eso. Ahora él mismo decía que no estaba muy convencido de que La esquina es mi corazón se leyera en los liceos, porque de sus libros era el más denso, el más complejo. Y creo que es así, porque es el más cargado de sentido. En cuanto a su legado, no sé si lo tenga. Desde acá leo entrevistas a cronistas nuevos que supuestamente vienen de un mundo social similar al de Pedro, pero no hablan de él como referente. Ahora eso es típico de la literatura chilena, que es incapaz de asumir a sus escritores en torno al concepto de tradición; allá todo se olvida rápidamente y se tiende a empezar de cero cada quince años. Más que por los dictámenes del campo literario a veces pienso que nos regimos por los dictámenes del mundo de la moda. Entonces así como se olvida a Pedro Lemebel también se olvida a Droguett, a Rojas, a Bombal, a cualquiera que no salga en los medios. No es el pago de Chile, pero sí el destino de muchos de nuestros mejores escritores. En ese olvido, en ese obviar o pasar por alto, está la consagración. Y creo que eso lo entiende la academia, que cada tanto repasa a esos escritores y otros. Peor es nada.

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