Gabriela Rivera habla de censura, tabúes chilenos y nuevas materialidades orgánicas

T. Muñoz

Gabriela Rivera se siente plena en la etapa que está viviendo, se sorprende del hecho de haber recibido incluso un homenaje ahora en marzo y afirma que la sucesión de invitaciones que tiene tanto en Chile como en el extranjero “son fruto de muchos años de esfuerzo”. Por estos días sus obras son parte de la película “Los perros”, de Marcela Said, y pronto la revista monográfica Ojo Zurdo lanzará una edición con todo su trabajo, caracterizado por la síntesis entre fotografía y experimentación con materialidades orgánicas. Partió con las carnes de aves, vacunos y cerdos derivadas de los procesos industriales agroalimentarios, siguió con la delicada piel de los peces, ya ha experimentado con los recursos provenientes de su propio cuerpo y, próximamente, como vegetariana que es, se podrán ver sus nuevas visualidades en base a naranjas, mandarinas y otros productos naturales en descomposición.

-¿Cómo fue participar en “Los perros”?

-Me siento muy orgullosa y honrada de que mis obras estén en ese crudo, siniestro y necesario filme. El año 2015 me escribió Marcela Said invitándome a participar de un proyecto. Yo no sabía bien de qué trataba pero me habían hablado mucho de sus documentales y justo mi mamá, para mí una gran crítica de cine, había visto su película “La vida de los peces voladores” y había quedado muy impresionada. En 2016 nos comunicamos y reunimos con Marcela, leí el guión y quedé impactada y fascinada, era evidente que tenía y quería estar allí. Lo mejor era que me proponía crear una foto sobre la yegua. Yo realizo hace años la serie “Bestiario”, construyendo autorretratos y elaborando máscaras orgánicas personificando las palabras que cotidianamente denigran a las mujeres, como perra, zorra, arpía, mosca muerta, pero aún no hacía la yegua y la tenía pensada para un tiempo más. Y ahora se daba la oportunidad, era sincronía plena. Fue así como me puse a desarrollar esta máscara con ayuda de la escultora Nataly Carrasco, para luego realizar la fotografía que estaría en la película.

-¿Cómo lees la inclusión de tu obra en la cinta?

-Creo que alude esa caparazón monstruosa y ominosa que presentan muchos de los personajes, pero también la vida cotidiana que habitamos día a día. Fue eso lo que me atrajo mucho, la visibilización de una élite con un pasado oscuro con la que convivimos ahora en el presente, donde los personajes principales son contradictorios, no heroicos, sino cruentos y a veces, inclusive, tienen atisbos de ternura. Otros que pareciesen ser adorables también desilusionan. Me parece que representa lo monstruoso y el desencanto que habita en todos y todas, el que también intento que sea visible en mi trabajo artístico.

Imagen principal: Detalle “La Yegua”

Retrato Gabriela Rivera: Nataly Espinoza Galdames

-De acuerdo a lo que informaste en Facebook, hace algunas semanas fuiste víctima de censura en el diario El Mercurio. ¿Cuáles fueron las imágenes o palabras que más complicaron a esa publicación?

-Fui censurada no en particular por alguna de mis obras, sino por un proyecto que vengo desarrollando en colectivo junto a un grupo de 11 fotógrafas chilenas (Andrea Herrera, Sumiko Muray, Pía Acuña, Kena Lorenzini, Ximena Riffo, Macarena Peñaloza, Marcela Bruna, Jocelyne Rodríguez, Mariana Gallardo, Zaida González y yo) desde 2015, “Ofrendas fotográficas contra el femicidio”, que hasta hace poco se estuvo exhibiendo en la Estación Mapocho. Supongo les molestó o más bien se horrorizaron porque el proyecto aborda no de manera evidente temáticas como el aborto, la lesbofobia, el suicidio y castigo femicida y diversas categorías de violencia hacia las mujeres. Creo que causó urticaria entre los editores, porque si bien a la periodista que me entrevistó le resultaba interesante el tema, para quienes estaban al alto mando no lo fue y se vetó la entrevista.

-¿Qué reflexión te deja ese episodio?

-Me dejó una amarga sensación, yo nunca he buscado ese medio en particular por razones ideológicas, pero, cuando me llamaron, me pareció una vitrina para llegar a otras audiencias que probablemente no concurrirían a la muestra o no se enterarían de la misma. Así que ingenuamente accedí. Me quedo con esa sensación de ser encasillada, clasificada al margen, sin haberlo propuesto yo.

Como cofundadora de la Escuela de Arte Feminista e integrante de la Cooperativa Fotógrafas, Gabriela Rivera sostiene que las mujeres están viviendo “una etapa histórica muy relevante en Chile” y afirma que el feminismo excede cualquier moda. “El mayor orgullo es ver a muchas escolares de 14, 15 años seguras, conscientes de sus derechos, valorando sus cuerpos y no ciñéndose tanto a cánones”, argumenta.

-Durante un reciente viaje a Uruguay hiciste una obra a propósito de los desechos plásticos que dejaba el mismo encuentro en que participabas. ¿A qué apuntaba ese trabajo?

-En noviembre pasado estuve participando junto a mi colega Jéssica Valladares, del Colectivo Escuela de Arte Feminista, en el Encuentro Internacional EFLAC Diversas pero no Dispersas. En dicho encuentro de tres días, que era toda una vorágine de casi mil feministas de Latinoamérica en Montevideo, se realizaban muchas charlas, conferencias, asambleas, muestras, talleres y actividades que eran durante todo el día, por lo que se daba almuerzo a las participantes. Y estos almuerzos consistían en agua o jugo embotellado en plástico, platos plásticos, servicios plásticos y todo entregado en envases plásticos. Entonces, paradójicamente, en este encuentro feminista estábamos en la cumbre del plástico y el desecho contaminante. El penúltimo día, con Jéssica lavabámos un plato para reciclarlo y una de las asistentes se ríe y nos comenta: “Como buena mujer estás lavando la loza”. Era a modo de broma, pero ahí estaba la clave. Como mujeres, no por ser feministas dejaremos los cuidados de lado. Eso no significa que una sea reivindicadora del trabajo de dueña de casa, pero los hogares se ensucian y alguien tiene que limpiarlo. Si vives en pareja, no es solo tu deber, sino que se comparten las labores, para no delegarlas en otra mujer, generalmente más pobre y muchas veces migrante, que lo hará por ti.

-¿Cómo fue la obra?

-Decidimos que para la marcha del 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia a las Mujeres, donde las asistentes al encuentro participaríamos, nosotras haríamos una performance recogiendo y rescatando estos desechos. Y lo reciclamos todo, desde unas telas violetas con que nos cubrimos y que originalmente eran para decorar las salas, hasta los platos, donde escribimos el nombre de una niña de nueve años, Brissa, que había sido asesinada y víctima de femicidio en Uruguay por esos días. Cual grilletes, amarrarnos a los pies más de 30 botellas de agua que rescatamos de la basura. El agua en Uruguay todavía es del Estado, mientras que en Chile es de privados, por ello también escribimos la frase “recuperar territorio”.

-¿Cómo tomaron tus anfitriones la acción?

-No entendieron mucho la obra o, talvez, se hicieron las que no comprendieron para no verse comprometidas y causar revuelo.

-En el último tiempo has recibido muchas invitaciones y tus obras ya son parte de varios estudios académicos. ¿Cómo observas el presente de los artistas que trabajan con materialidades orgánicas que, hasta aquí, generaban cierta resistencia en algunos círculos?

-Percibo varias cosas. Por un lado, creo sigue estando presente la resistencia hacia las obras de artistas que trabajan y experimentan con materialidades orgánicas. Eso lo siento bastante acá en Chile, pero también me parece que es una constante de los círculos de arte occidentales. A la vez está la paradoja de que, pese a generar ese rechazo y que se te cierren puertas, también produce bastante atracción por parte de quienes inclusive pertenecen a esas mismas élites de las artes. Siempre te encuentras con alguien que defiende o se fascina con estas materialidades, lo que a veces hasta me parece siútico. Otras veces siento que tenemos aliados, pero es raro lo que me genera. También percibo que este tipo de trabajo es mucho más atractivo para cierto grupo de personas que cuando abordo de modo más explícito temáticas feministas sin tanta descomposición orgánica. Pero luego pienso que ello no es casual ni superficial, sucede que hay algo vinculado con el ciclo muerte vida presente en lo orgánico que necesitamos revisitar constantemente porque esta cultura nos insta a olvidarlo.

-¿Qué nuevas materialidades orgánicas estás trabajando en este momento?

-En 2015 empecé a trabajar con materialidad orgánica proveniente de mi propio cuerpo, en especial mi cabello, el que desde 2009 había comenzado a recolectar debido a que se me caía por la lactancia materna extendida que les brindé a mis dos hijas. Al peinarme me quedaban motas grandes de pelo en la peineta, y era tanto que algo debía hacer con ese excedente que salía de mi cuerpo. A ello le añadí los cabellos que quedaban en el cepillo cuando peinaba a mis hijas para ir colegio, que era bastante menos que el que se me caía a mí. Es interesante porque no es cabello cortado el que decidí usar: tenía que provenir de la caída, no del corte. Y esa caída se vinculaba con los efectos del peinado, del disciplinamiento del cuerpo; era ese cabello que se resistía al disciplinamiento. Con este material elaboré los bordados del proyecto “Maternidades culposas”, que aún sigo realizando. Siguiendo con la línea de obtener materiales desde mi propio cuerpo, el año pasado comencé a experimentar con mi sangre menstrual.

-¿Cómo ha sido eso?

-Partí fotografiando tomas del inodoro y residuos menstruales, luego las formas que se producían en las toallas higiénicas, cómo quedaba la sangre en el agua, porque uso toallas higiénicas ecológicas que hay que remojar, lo cual es bastante tabú y considerado asqueroso incluso por mujeres en esta sociedad chilensis. Y finalmente realicé una performance llamada “Kuyen”, en homenaje a la machi Francisca Linconao y las mujeres defensoras de la tierra. Allí, cuando justo menstruaba, decidí realizar un ritual en el que, entre otras cosas, bordaba la palabra machi sobre tela de arpillera y luego sacaba de mi calzón una toalla ecológica que remojaba en agua y la colocaba sobre mi rostro. Repetí la acción en agosto de 2017 en una fotoperformance, porque me pareció muy interesante el color de la sangre en el rostro y el paño, lo que en el registro original de la performance no se capturó tan nítidamente.

-¿Algo más en proceso?

-Actualmente estoy probando con materialidad orgánica vegetal, también proveniente de la alimentación, pero en este caso de la mía, no de la industrial como era en las primeras obras. Como vegetariana que soy, consumo muchas frutas y verduras, sus cáscaras y carozos van al compost, y a veces dejo platos en la cocina o en el patio para ver como se van deshidratando, llenando de hongos y descomponiendo. He elaborado máscaras, principalmente con mandarinas y naranjas, pero todo aún en proceso de prueba y experimentación. Así que pronto terminaré una serie que estoy desarrollando con esta materialidad.

-En las redes sociales y encuentros públicos se te ve absolutamente presente y activa. ¿En qué etapa de tu vida estás?

-Me pasa que como artista soy muy inquieta, me cuesta mucho estar en reposo, a veces hago pausas para reflexionar y mirar en qué estoy, pero no soporto demasiado tiempo sentirme o saber que no estoy haciendo algo relacionado con las artes durante el día. Y a consecuencia de esa inquietud, que se traduce en producción de obra, me van llegando invitaciones a proyectos, a exposiciones tanto en Chile como en el extranjero, a participar en conversatorios para hablar de mi trabajo, a documentales y hasta recibí un homenaje durante el mes de marzo (Encuentro de Arte Corazones Rojos), lo cual me impacta. Entre tantos sucesos maravillosos uno de ellos ha sido la posibilidad de publicar mi trabajo fotográfico y artístico en la revista monográfica Ojo Zurdo, Fotografía y Política Nº 2, donde fui invitada por Nicolás Sáez y Andrea Josch. Ahora en abril se lanzará un número dedicado a mi trabajo, el especial Gabriela Rivera Lucero.

-Valioso documento.

-Para mí, acostumbrada a las precariedades del medio chileno, a boletear y ser docente a honorarios sin paga de vacaciones en febrero, con contratos anuales que son solo por 5 o 10 meses, esto es un logro. Sumémosle a ello la producción de una obra para nada decorativa, sino que abyecta y densa que no calza mucho en galerías comerciales, además del hecho de ser mujer artista, madre y no provenir de una familia de élite. Todo me ha costado todo mucho, por lo que valoro en exceso lo que vivo en la actualidad.



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