El quiltro que fui y nunca soy, un saludo al Día Mundial del Perro (21 de julio)

Por Antonio Becerro (*)

Aúllo por los barrios con un espanto más bárbaro, más bárbaro. Más bárbaro, que el hipo de cien perros botados a morir.

Pablo de Rokha

 

Querido diario imaginario, la noche pregunta por mí y la Luna está casi llena: los gringos la acaban de bombardear. El caos está instalado en el mundo hace años y se atornilló para siempre. Hay dos maneras de quedar en la ruina: una es aceptarlo y, la otra, huir como un perro callejero en blanco y negro en su militancia del diario vivir.

El quiltro es una palabra común en Chile y Bolivia para denominar a los perros callejeros o a los que no tienen una raza definida. Sin ninguna duda que el quiltro es más popular que Condorito. Y recuerdo a Lely Corderito, amada perra de hogar y mayor bravura que se perdió, cortó la cuerda y se marchó. Fue una silenciosa partida; la pandereta del antejardín no fue un obstáculo. Aunque estaba todo de maravilla en su vida -cariño, calor de hogar, comprensión y las relaciones más o menos estables-, ella partió. Un 26 de septiembre cortó la cuerda con los dientes. La mascó hasta triturarla y se echó a correr. Se perdió por allí en la ciudad de Santiago. Nadie sabe exactamente por qué. Se perdió, nunca más llegó y su rostro aparece en unas fotocopias pegadas en los árboles del barrio: se ofrece recompensa por su ubicación.

Me revuelco en el pasto, dibujando en las nubes, como cuando nos juntábamos en jauría arriesgando la piel a punta de colmillo. Por mi olfato y tu aliento quemándose en el atardecer tuya ahora que la tarde se extingue. Mientras la ciudad duerme en la ilusión del periodista, mis articulaciones se ríen seguido. Y pienso en llamarte para invitarte al lanzamiento de este libro sobre la raza chilena rodando calle abajo hasta la Plaza Constitución. Porque los perros vemos a color y a los hombres como enanos.

Ahora que este país perdió el gusto, me pregunto a quién se lo ocurrió que los perros vemos en blanco y negro. ¿Quién puede creer semejante afirmación? Te aseguro que esta tarde ningún perro corre peligro de vida. Vida mía, mi nariz de cuero va hacia ti. ¡Haargreeerrr, maldita comodidad! Mi boca deslenguada llena de tus pelos; mi boca que no es boca, sino hocico de perro Capitán.

Siempre se me cae, como un manto negro, la curva de De Rokha en la desparasitación de nuestro toque. No como los estropajos de carne, apestados de su propio peso y sus prejuicios. Sentimentalísimos de los mismísimos (metalenguaje del Divino Anticristo o la loca del carrito, que anda entre la calle Portugal y la Posta Central).

En fin, ¿cuándo el país perdió el gusto? ¿Por qué nunca llegamos a esa mar que tranquila nos baña? Yo creo en un charco de agua. Para ti, la chica de la prestidigitación de la cola arriba, de parte del hocico de perro Capitán antes de la lluvia y sin corregir.

Nadie se conoce a sí mismo y yo menos que nadie. Tomo sol todo el día tendido en un parque o en la vereda caliente del verano; con eso es suficiente para dormir a pata suelta. Los quiltros del palacio. Porque yo canto a mí mismo, al perro sucio, al perro pobre, al semidoméstico, al perro de carretón cuyo instinto, como el del pobre, el del gitano o el del histrión, está maravillosamente aquejado por la necesidad, madre tan buena, verdadera patrona de las inteligencias.

¿Adónde van los perros?, preguntáis, hombres sin atención. Van a sus quehaceres, a sus citas de negocios y de amor a través de la niebla, la nieve, el barro; bajo la canícula que muerde y masca las magulladuras de hambriento del río Mapocho, bajo la lluvia que chorrea por tu ventana. Van, vienen, trotan, cruzan apenas las calles y pasan sorteando los automóviles, excitados por las pulgas y la pasión. Como nosotros, se levantaron temprano, se buscan la vida y viajan de prisa por la ciudad.

¡A la Perrera todos esos perros parásitos!

¡A La Moneda todos esos aburridos parásitos!

Qué terrible es ser el rey del cielo y estar caminando sobre la tierra en dos patas, conversando y ladrando, tratando de darse a entender con los funcionarios de la sonrisita atornillada en la uña,

Qué terrible darse a entender con lo inentendible,

Calamitosos, militares y civiles muertos de hambre.

Qué terrible ser un perro de fibra de vidrio bañado en resina plástica.

Qué terrible la temblorosa y desocupada serpiente de cuatro patas.

Qué terrible aullar y darse a entender en este paisaje inmundo.

 

(*) Artista visual, taxidermista y director del Centro Experimental Perrera Arte. Texto correspondiente al prólogo del libro Raza chilena, del fotógrafo Jorge Castro, editado y  publicado por Ocho Libros Editores, 2009.

X