Así nació Viracocha, el ser más bello que jamás hubo en este mundo

Por Tania Muñoz Navarro

“Cerros y quebradas contienen la existencia del alma, velando por ella paso a paso”.

Del lago Titicaca, el más alto del mundo, nació un día Viracocha. Su madre era la Tierra y su padre el Cielo. Ambos se unieron, antes de que el tiempo existiera, para gestar al ser más bello que jamás hubo en este mundo. Un ser creado del más puro amor, para dar felicidad y armonía a todos los pueblos. Así nació Viracocha en el lugar donde el cielo se une con la tierra, en las cumbres más altas de nuestro mundo. Viracocha, al nacer, respiró el silencioso vuelo del cóndor y de este silencioso ritmo nació la Cordillera de Los Andes. Luego, respirando ya por todos sus poros, así como lo hace la mariposa al salir de su crisálida, se sentó y contempló todo el vasto mundo y, desde su trono de rocas y viento, elevó a los habitantes andinos hasta hacerlos tocar el cielo.

Después visitó a cada uno de ellos en su hogar y les enseñó las artes mayores del baile, la música, los textiles, la alfarería, la agricultura y la astronomía. Así los habitantes crearon, de su propia inteligencia y comprensión, una hermosa variedad de artes surgidas de esa gran madeja de artes y lenguajes que el hacedor Viracocha les había obsequiado.

Fue un tiempo esplendoroso y Viracocha brilló tanto, tanto, que llegó a ser más incandescente que el mismo sol. Supo entonces que era el momento de entregar lo más importante a los seres silvestres de esta tierra: el cariño, la palabra y el abrazo.

Para esta misión Viracocha, quien había nacido del agua, tendría que hacerse de carne y hueso, y por primera vez experimentar tal cual como lo harían los hombres desde siempre y por siempre. Y fue así como se encarnó en un hermoso hombre de ojos profundos, voz melosa y vigorosa risa.

Esta sería la mayor experiencia de todas, recorrer desde las alturas de las cumbres hasta el comienzo de la gran cocha, es decir hasta el gran océano del poniente.

Pero este recorrido tendría una particularidad para él, ya que en la medida que descendiera desde su rocoso y nevado hogar, también iría disminuyendo en edad su cuerpo, dándose el caso que, habiendo partido adulto, llegó al final de su viaje transformado en niño. Y fue en este descenso que sus pequeños pies -descifrando el significado de los senderos, quebradas y pampas- dieron inicio a la huella de las rutas ancestrales de los caravaneros.

Luego cantó con voz de trueno y grabó en el cielo sus grandes aprendizajes:

“Cada ser vivo aprende en el recorrido de esta vida”.

“En el alma se cría el sentimiento devoto de pertenecer a la tierra y al cielo”.

Viracocha caminaba y contemplaba. Contemplaba y caminaba. Y por cada respiro suyo, aumentaba el brillo estelar de todo su ser.

Su resplandor llegó así a opacar la luz del sol y tanto resplandeció que, mientras duró su travesía, no se hizo la noche. La Luna venía a contemplarlo y suspiraba por su belleza. A cada paso él ardía libremente, formando el desierto a su camino, al tiempo que silenciosamente dejaba su poderoso germen de vida, de gran colorido y aroma.

Y después de recorrer la sierra, atravesar los valles y la pampa, terminó su camino en la orilla del mar. Allí se rindió y, con la felicidad de un ave marina, abrió los brazos agradecida, mientras las olas del océano lo aplaudían, llenándolo de refrescante brisa marina. Al fin terminaba tan largo viaje y el mar lamió los pies cansados del primer viajero de esta tierra. Y el niño Viracocha de un único salto se zambulló en el mar porque el calor que llevaba era enorme. Ya refrescado sintió un deseo grande de no salir más del agua. Solo quería bucear, nadar y jugar con las olas. Después comenzó a reír muy alegre y se dio cuenta de que su voz ya no era el poderoso relámpago, sino más bien el trinar de la Golondrina Marina.

Por fin se quedó quieto flotando de espalda, mirando el cielo y se durmió yendo a la deriva, hacia el horizonte. Y mientras la Luna una vez más se maravillaba, el Cosmos veía que fluía en Viracocha su origen acuático: la gran cuenca del Titicaca y la Laguna Roja.

Cuando Viracocha por fin despertó, vio un mundo maravilloso lleno de seres marinos, entre los que pudo distinguir jureles tornasolados, medusas azules y delfines pardos. Luego conoció a los pingüinos, que venían del punto más helado y austral de la tierra, y, queriendo hacerles compañía, llegó nadando hasta la Antártica. Fluía maravillosamente por la costa marina y su corazón latía con el latir de la Cordillera.

El Niño hasta hoy sigue entregando siempre todo su calor y, como travieso que es, va evaporando las aguas del mar hacia el cielo, creando lluvia en abundancia para que las semillas, que en su silencioso caminar dejó, puedan germinar. Y cada cierta cantidad de años vienen lluvias desde el mar y caen sobre el desierto, permitiendo nacer flores únicas, de delicadas formas y colores, como si fueran estrellas.

Por eso, si alguna vez caminas sobre el Desierto Florido (nota 1) y El Niño ha dejado caer sus lluvias, recuerda no sacar las flores de amor de Viracocha, por mucho que te sientas fascinado por su belleza. Si lo haces, interrumpirás su ciclo de vida y las semillas que cayeron desde el inicio de los tiempos no podrán volver a germinar, inundando de maravillosos colores y aromas la reseca tierra del norte.

Nota 1. El Desierto Florido es un universo único que sucede de cuando en cuando en el desierto de Atacama, el que se colma de aromas celestiales, y los bichitos vuelan desde muy lejos con gran alegría para polinizar las plantas.