Antonio Becerro: “Mi obra revisa la muerte como contracultura de la vida”

Texto Héctor Muñoz / fotos Jorge Aceituno

Como buen taxidermista, el artista visual Antonio Becerro enfrenta la materia con distancia quirúrgica y, en la manipulación de las formas, no establece mayores diferencias entre un perro atropellado, un volumen virgen de greda, un pájaro caído en un desastre ambiental o un ataúd dado de baja en el negocio funerario. Nada más lejano en su actitud que la del maestro Raúl Ruiz, quien, algo inquieto por un féretro que encontró a la pasada en el set de trabajo, le recomendaba al equipo de la Perrera que, en estos casos, lo más aconsejable era poner un pan, un vaso de agua o, incluso, una copita de vino en el interior del cajón para saciar la sed o el hambre que pudo haber tenido el difunto que ahí descansó.

De estéticas funerarias versará esta conversación con Becerro a propósito de su obra “Metro cuadrado”, que forma parte de la muestra colectiva itinerante “Isla Flaca Arte. Geografía de la pobreza”, que el Hogar de Cristo organizó y ya presentó en el Centro Experimental Perrera Arte y en el Edificio Alonso de Vitacura y que próximamente, en enero de 2019, concluirá en la comuna de Estación Central, donde los artistas realizarán una serie de actividades formativas con adolescentes marginados del sistema escolar que son asistidos por la Fundación Súmate. Para “Metro cuadrado”, Becerro restauró un ataúd que había quemado durante la performance “Mapocho/Espectros”, realizada en el lecho del río Mapocho en enero de 2017.

-¿Qué fue lo más complejo del proceso de rearmar el ataúd?

-Lo que más me costó es entender por qué hago esto. ¿Por qué y para qué? Nunca he trabajado para exposiciones, simplemente lo hago por mi inquietud y mi naturaleza cambiante, siempre estoy armando, desarmando, destruyendo, diseñando, creando, deconstruyendo, planeando alguna obra u objeto. Y, si quedo conforme con el resultado de la búsqueda o el objeto, lo hago encajar con alguna muestra. El contenido y la investigación en la intimidad de mi pabellón quirúrgico me fascina, pero más aún el mecano de la ingeniería y la solución. Reconstruir los escombros desde las latas del ataúd que quemé en el río Mapocho no fue tarea fácil, pero tampoco tan difícil. Después de embalsamar perros recogidos de las calles todo me resulta casi un juego sin mucha novedad, aunque nunca perderé el asombro porque tengo los sentidos adaptados como un vínculo al medio y sus cambios.

-¿Qué técnicas utilizaste?

-Mmm. Para la manufacturación, la reconstrucción de “Metro cuadrado” tuve que recurrir al arte del urnero, el artista que decora ataúdes. La obra la confeccioné de acuerdo a la restauración, es decir, en base a su preexistencia. Para armar el cajón ocupé tornillos, costuras con hilos de cobre, manijas de oscilación fúnebre, tubos LED y una pantalla LED que contiene una semilla de maravilla en el centro y que se enciende con un sensor cada vez que se acerca una persona a mirar por la ventana del féretro, por donde normalmente se ve la cabeza del muerto. Ese retrato es el único que no podrás ver.

-No puedo dejar de recordar que, como hombre de teatro en sus orígenes, Raúl Ruiz tenía sus aprehensiones e insistía en manipular con cuidado los féretros por la carga que conllevan. ¿Cuál es tu experiencia al respecto?

-Mientras hacía escenografías de teatro aprendí el compromiso y el respeto de lo colectivo. Tan lejos, tan cerca. Cualquiera sea su representación, ya sea de forma literal, metafórica o simbólica, el ataúd es el cajón del muerto. No soy para nada supersticioso ni menos perseguido en ese sentido: para mí es materia. Sin embargo la forma y el contenido de este objeto mientras lo reconstruía no dejó de abstraerme; no pude esquivar lo inquietante y seductor que resulta la muerte y sus consecuencias. El triunfo de la muerte, el olor a las flores mezclado con el cadáver, la pena, el dolor, el silencio, el vacío que deja la perdida. Y en ese punto, esta obra aborda en toda su magnitud el problema del metro cuadrado, es decir, la problemática del uso del espacio y su disputa. Alude a las creencias, a las distancias entre los unos y los otros, al tiempo que debería mediar entre las cosas y los sucesos, entre los derechos físicos, espirituales y mentales.

-A partir de este trabajo, ¿qué has descubierto tanto del objeto ataúd como de las estéticas funerarias?

-La muerte tiene su propia vida, apenas se termina la vida orgánica de esta presencia comienza la otra forma de vida: fluidos, bichos, larvas, moscas, arañas, gusanos, etcétera. Su propia estética. El negocio de las funerarias justamente trata de maquillar la necrosis y la corrupción de la carne para hacerla más amable. El latón del interior del cajón, que no se ve, le da mayor resistencia a la madera y es parte del moldeado para el soporte del artista urnero. Ellos decoran con telas de seda; realizan pliegues, finas costuras, objetos, perfumes, bordados. Es muy interesante como los artesanos llevan su trabajo manual. Además hay muchos pedidos, se están forrando en plata (ríe).

-El féretro de tu nueva obra sobrevivió de alguna a su propia muerte en la hoguera. Transcurrido un año y medio entre ambos trabajos, ¿qué asociaciones de continuidad o discontinuidad haces entre “Mapocho/Espectros” y “Metro cuadrado”? ¿Había quedado algo pendiente en la performance inicial?

-Sí, la problemática del metro cuadrado y su poética del conflicto. El triunfo de lo viejo, la belleza del tizne, la huella del fuego, la información del deterioro provocado por el fuego. El musgo, el arte del óxido en la naturaleza. El tiempo es implacable, le da carácter a las cosas y a ciertas personas. El Mapocho es el río de la depresión literal. La performance “Mapocho/Espectros” fue una autoflagelación, un calvario a modo de Cristo. No se puede metaforizar con la pobreza, cala más fuerte que la palabra “muerte” y se siente más que el dolor guata por el hambre. Es literal. En este sentido, la instalación “Metro cuadrado” revisa la muerte como contracultura de la vida. Es curioso que la muerte sea la única que nos enseña del espacio y el vacío. Del respeto al otro. Cuando me invitaron a este proyecto “Isla Flaca Arte” pensé inmediatamente en el ataúd que quemé en 2017 abajo en el Mapocho, donde se juntan los cabros de la caleta en el puente Bulnes. Esa acción fue un acto de liberación, una catarsis para salir del dolor, un ritual muy necesario para entenderme dentro del concepto Chile. Necesitaba un dato real y ese dato eran los restos del ataúd quemado. Cuando bajé nuevamente al río, recogí los escombros que quedaron. Latas retorcidas, tiznadas y oxidadas, y una de ellas tenía todavía el vidrio por donde se ve el muerto, la ventana del féretro. Ese era mi dato para “Metro cuadrado” y para cerrar de alguna manera esa obra y su viaje.

-La gente se tomaba fotos y selfies con el cajón.

-Aquí, en el Centro Experimental Perrera Arte, “Metro cuadrado” se recibió como una restauración luminosa, la gente reaccionó de esa forma e, incluso, me dijeron que era hermoso. En cambio, para algunas personas que vieron la obra en Alonso de Córdova fue un verdadero shock, fruncían el ceño con asco, como diciendo “no lo quiero mirar”. Una chica le dijo a otra: “Oye, galla, no por tener los ojos claros o alisarte el pelo cambiarás de clase media a clase alta y tampoco te salvarás de los gusanos, jajajaja”.

-¿Por qué has dicho que esta obra contiene citas a Ai Weiwei?

-Porque en la ventana donde se mira al muerto, tiene una semilla de Ai Wieiwei. “Semilla de girasol” es la obra de Ai Weiwei que más me cautiva porque es redonda en toda su dimensión. El viaje del origen, la semilla, la metáfora, la inclusión y su participación, la belleza del deliro junto a la esencia de lo finito. De verdad me cautivó, tanto así que estoy haciendo otra obra a partir de “Semilla de girasol”. Me interesa el viaje del caracol que sobrevive a la digestión de un pájaro. Esa obra me recuerda la acción de arte “La Medusa del Mapocho” que realicé abajo en el río junto a los pobladores sin casa que se tomaron la ribera a la altura del Puente Pío Nono, en plena plaza Italia, en 2009.

-Tanto tú como el colectivo Perrera Arte han estado muy involucrados en la muestra itinerante “Isla Flaca Arte, geografía de la pobreza”. ¿Qué destacarías de lo ocurrido hasta aquí con este proyecto del Hogar de Cristo?

-Es muy interesante que una institución que uno mira de reojo tome esta iniciativa. Este es ya el tercer proyecto que hacemos juntos. La producción funciona, ha sido una relación profesional con experiencia acentuada en lo humano y no en el exceso de reglas. Me llama la atención que poetas y artistas visuales, entre otros colegas de las artes, sean parte de esta institución. El otro día, en una entrevista en una radio junto a Juan Cristóbal Romero, director ejecutivo de Hogar de Cristo, él me contó fuera de micrófono que era poeta, que tenía varias publicaciones y premios. Lo único es que no vestía como poeta ni profesaba tendencia política alguna, como otros artistas y poetas. Y en realidad no tenía la pinta de esos artistas o poetas de izquierda a los que nos hemos acostumbrado.



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