Constanza Mardones en el Mapocho: “Viví un trance donde el miedo no tenía cabida”

Por Héctor Muñoz

La performance de Constanza Mardones en Aullidos II terminó con una suave ducha en la nave principal de la Perrera Arte. Poco antes, la bailaora de flamenco se había maquillado frente al público y relatado que, a pocos metros de ahí, en el puente Bulnes, había sido ejecutado en 1973 el sacerdote español Joan Alsina, quien, poco antes de recibir la descarga fatal, pidió a los militares que le quitaran la venda de los ojos para darles el perdón.

Dicho esto y tras mostrar su oficio en el baile gitano, Constanza Mardones abrió una ventana y se lanzó a correr hasta el cauce del río Mapocho, donde caminó un centenar de metros contra la corriente ante la incredulidad de las decenas de curiosos que observaban perplejos la situación y el propio público de su performance, que a duras penas llegaba hasta la barandilla del puente. “Pobre mujer, ¿qué se le habrá perdido?”, preguntaban los transeúntes. “Hay que sacarla”, “viene cantando” se escuchó decir a otros. Hasta que la bailaroa emergió de las aguas para tranquilidad de todos y retornó, también a paso veloz, a la Perrera para completar su acción con la citada ducha.

-¿Cuándo conociste la historia de Joan Alsina y qué te impresionó de ella?

-Yo soy del 77, nací y crecí en dictadura, era chica pero viví estos hechos terribles, los escuche comentar a mis padres y vi alguna información en la tele, todo siempre minimizado y/o en susurros: los profesores degollados, Rodrigo Rojas quemado, por ejemplo. Dentro de estas historias estaban las de “los curas rojos” y dentro de éstos, el sacerdote Joan Alsina. Esto es parte de mi historia y de mi infancia, recuerdo perfectamente cuando había que apagar la luz porque se escuchaban ráfagas de metralla en la calle. Haciendo el recorrido o diagnóstico de territorio, es decir, yendo al río unos días antes de la performance me topé, casi me tropecé, con la placa de conmemoración en el lugar exacto donde fue asesinado Joan Alsina. Inmediatamente todas estas historias de terror resurgieron desde mi memoria, desde mi inconsciente, donde habían estado guardadas. Lo reconocí, recordé su historia entre murmullos y voces bajas; entonces cambio la idea de la performance que tenía pensada, no podía no incluirlo dentro del recorrido y del concepto que iba a comunicar. Fue demasiado fuerte el hacerme consciente de que iba a realizar el mismo trayecto que hizo su cadáver por el río, pero en dirección opuesta.

-De algún modo, se ordenó la idea.

-Para mí significó casi un rescate, rescate también de la memoria personal y colectiva con respecto a los espectadores que iban a presenciar la performance. Vi claramente el punto de unión: yo quería trabajar desde la resistencia, puntualmente desde “el hacer”, el por qué uno sigue haciendo lo que hace a pesar de las dificultades y los esfuerzos, sin o con poca ganancia económica. Solo encontré una respuesta: por amor, el amor profundamente humano, un abstracto mental, ideal, que se manifiesta a través del hacer. En el caso del cura era lo mismo, él entregó su vida por sus convicciones. Sin duda detrás de todo su actuar estaba ese mismo amor, vocación que se transforma en un ente, en Dios, si se quiere llamar así a su abstracto.

-¿Cómo fue la experiencia de caminar por el río?

-Fue extraordinaria. Como te decía, me di cuenta que el río Mapocho para mí y varias generaciones antes y después de la mía era (y sigue siendo) un verdadero monstruo. Los cadáveres en la dictadura, el descalabro de los desbordes en los temporales invernales, los suicidios, el río como foco de infecciones y enfermedad, como vaciadero de la mierda de toda una ciudad, la capital de Chile, la indigencia y un largo etcétera. Todo esto se me presentó como fotografías de “noticias de alerta” a la hora de pensar en meterme dentro de esas aguas. Era inevitable sentir miedo, casi pánico, no por la fuerza natural que presupone un río, sino por la mezcolanza de tragedia que despertaba en mi inconsciente. Me sentí trasladada a la infancia instantáneamente. Por otra parte, siempre me he visto atraída por la imagen o el arquetipo de “el monstruo”. Criatura gigantesca, sin moral, que destruye todo a su paso pero que, sin embargo, es profundamente humana. Una creación humana, algo sumamente necesario para caracterizar e identificar nuestro lado animal puro, instinto puro que solo actúa por y para él mismo. El enfrentarme al monstruo encarnado en el río, permitirme yo misma que él me recibiera, me sumergió en un mundo mitológico y onírico, estaba dentro de mi propio subconsciente y a la vez dentro del monstruo.

-Ibas con vestido largo, además.

-Caminar a contracorriente con un vestido pesado y “de escenario” fue un acto que, para mí, refleja la resistencia, el sobreponerse al trauma, transformarlo en algo poético y hermoso, sanador sin dudas. En realidad, se trató de un acto psicomágico.

-Tu paso en el lecho se vio muy seguro y hasta de alta exposición. ¿Dimensionaste los riesgos que conllevaba esa travesía?

-Sí los dimensioné. Fui a hacer un diagnóstico de la situación y sobre todo de territorio. Me acompañó Kevin Magne. Caminamos por la ribera y fije el punto por donde iba a bajar. Saqué un palo de la misma orilla del río, palo que usé como apoyo en la presentación. Me costó meter los pies al río, tenía miedo. Una vez dentro, me tranquilicé y sentí acogida, las ideas comenzaron a brotar solas y me invadió una sensación casi eufórica que me mantuvo el resto de ese día en estado de introspección. Esa vez caminé lento y llegué hasta abajo del puente. En la performance improvisé mucho, corrí, en el río caminé muy rápido y cantando. Pese a que había más caudal, ese día no tenía miedo, ya conocía el camino, sabía más o menos donde había hoyos y la fuerza del caudal. Tampoco había ratones acuáticos ni bichos terribles (ríe), por lo menos a simple vista. De verdad viví un trance donde el miedo ya no tenía cabida.

-En tus dos acciones en Aullidos I y II pusiste énfasis en explicitar ante el público tu propio cuestionamiento personal y artístico sobre lo que estabas haciendo.

-Sí, tengo a mi haber tres performances o acciones artísticas donde el concepto es encontrar el sentido intelectual del flamenco en mi vida. Más bien se trata de un proceso racional que se desarrolla en espiral observándose a sí mismo. Siempre he sentido un dejo o halo de incomodidad cuando racionalizo el por qué hago lo que hago, no puedo incluso dejar de sentirme un poco ridícula cuando tengo que responder que soy “bailaora de flamenco”. En dos de las tres oportunidades partí comentando justamente lo raro que se siente decir que soy bailaora; es un inicio casi de stand up pero sin tratar de ser chistoso. Es de suma importancia para mí que el público comprenda el concepto que estoy abordando, que es intrincado, laberíntico y se enrolla sobre sí mismo. Decidí en “Epifanía II” para Aullidos 2018 utilizar directamente la palabra, la explicación ultra racional como acto performático. Terminé por medio de un efecto de sonido con un micrófono desvirtuando la frase que para mí era la más importante o la que contenía el concepto trabajado, desvirtuando la palabra para dejar paso a la emoción. En esta oportunidad para “Sin nombre” en Aullidos II, expuse literalmente la historia y no encontré nada mejor que la palabra y la narración precediendo a la acción.

-¿Por qué estimas que es importante hacer esa reflexión en forma abierta?

-Soy asidua a las artes visuales, performance y manifestaciones de vanguardia y creo que el público “general” no logra comprender o se queda con la sensación de que debía comprender algo y que no lo logró hacer; a veces este tipo de arte es verdaderamente para iniciados o, derechamente, para pares artistas. En estas dos últimas acciones, me ha urgido que se comprenda por qué hice lo que hice. Expuse de cierta manera mi biografía, mi persona y mi forma de comprender y traducir emociones, expuse mi forma de pensar al respecto de la manera más simple posible antes de la acción propiamente tal. El exponerme a mí misma, mi voz cotidiana, sin actuación ni libreto fue parte de la acción y me comprometió aún más, de manera emocional, con la performance.

-¿Cómo ves la escena actual del flamenco en Chile?

-El flamenco se ha esparcido por todo el mundo: hay flamenco en Japón, en África, en todos lados. Nuestro país corresponde a un fenómeno mundial de expansión de esta disciplina. Acá en Chile veo que ha crecido mucho cuantitativa y cualitativamente. Hay gente muy dedicada y profesional, también hay exponentes, colegas nacionales, muy bien posicionados en la misma España. Lo que destaco es sobre todo la profundización de los nuevos exponentes en la cultura y el lenguaje flamenco, en indagar en su origen y aspectos formales también. Creo que es muy positivo que gente que tiene experiencia en otras áreas artísticas haya tomado el camino del flamenco, también que gente que ha vivido años en España nutriéndose de las vanguardias flamencas surgidas allá, las haya traído hasta acá y esté haciendo obras con elenco puramente nacional.

-Eres fundadora de Aullidos junto a Claudia Sanhueza y Kevin Magne. Transcurridas ya dos versiones del encuentro, ¿qué impacto ha tenido esta convocatoria en la propia comunidad del flamenco?

-Yo creo que más que un impacto en la comunidad flamenca chilena, el impacto es haber traspasado fronteras logrando que artistas de diversas disciplinas se interesen por indagar y reflexionar en torno al flamenco. Lo que ha sucedido en los artistas flamencos propiamente tales es lo contrario: se han abierto a experimentar y a resignificar el flamenco viviéndolo desde otra perspectiva. También explorando derechamente con otras formas de música, danza y, sobre todo, pensamiento.



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