Claudio Ansorena, fundador de Ko-Panqui: “La idea es vivir y crear en la cordillera”

Por Antonio Becerro

Cuando llegué a Curarrehue, altar de piedra, sentí una melodía en el aire, esa música de “Twin Peaks”, el instrumental que compuso Ángelo Badalamenti para la extraña serial que cautivó a la audiencia en el Chile de la dictadura. Seguramente David Lynch nunca se imagino que existía un país tan raro como su serial. Jamás se enteró que su obra prima tajearía con su belleza oscura la censura del dictador. Quizás lo insólito de una nación torpe y adoctrinada en el consumo masivo de televisión fue el dispositivo que detonó que esa música triste llegara a nuestros oídos.

Hasta el día de hoy me pregunto qué porcentaje aportó la composición de Badalamenti para que esa armonía original penetrara tan hondo el alma de los chilenos o, simplemente, fue el gusto ingenuo que se abrió al imaginario de los sonidos nuevos. ¿O solo fue la conciencia de lo aburrido? Quizás David Lynch y Ángelo Badalamenti estudiaron el comportamiento de esta nación y se inspiraron en la identidad singular de los chilenos. Crearon la serie “Twin Peaks” con mucho cuidado, como una conspiración para ayudar y salvar el alma atormentada y extravagante de este lejano pueblo.

Fui el ultimo pasajero. Baje del bus a las 6.47 de la madrugada, aún estaba oscuro, el chofer paró bajo la luz de un poste frente a una plaza. La calle principal, continuidad de la carretera, apenas se veía. La niebla espesa envolvía el lugar, que parecía una acuarela a medio hacer. Corría un viento helado, un frío que solo he sentido en las faldas del volcán Antuco. Busqué un negocio abierto para tomar un café o algo que me calentara. La atmósfera glaciar te hace sentir vivo, me gusta la brisa gélida en el rostro.

Todavía aturdido por el viaje, necesitaba un líquido caliente. Pensé también en un chocolate hirviendo que me hiciera reaccionar mientras caía la hora celeste. El amanecer de Curarrehue huele a madera mojada, a humo de coigüe. El pito metálico de las bandurrias da la señal del amanecer. Mi anfitrión, Claudio Ansorena, director y fundador del espacio de residencias artísticas Ko-Panqui, me había pasado el dato que solo un café estaba abierto a esa hora. Que lo esperara ahí mientras me iba a buscar. Ni un habitante a la vista. Un pueblo vacío que de a poco comenzaba a mostrase mientras la niebla iba en retirada ante la luz del amanecer. Era como estar despierto, pero dormido. Todo cerrado, las humaredas que salen de los caños le dan un toque hogareño al sur y sus pequeñas casitas de la noche. Acá todo momento, todo pensamiento, es invernal en la temporada y hora que sea. Para mi fortuna, una tenue luz amarrilla señalaba la vitrina del café abierto. Le dije al señor que atendía que siempre quise estar en un pueblo así. Calentó la cafetera, tiró un leño a la salamandra y me ofreció un pan de masa madre, con palta y salami. Tuve que esperar un poco y fui feliz, ahora tenía en mis manos un tazón de chocolate y un pan amasado con queso caliente.

-Claudio, ¿cuéntanos cómo nace Ko-Panqui?

-Inicialmente, Ko-Panqui nace por una necesidad personal, la necesidad de contar con un espacio de creación y generar un foco cultural en una zona donde había muy poca actividad artística. Llegando de un viaje de muchos años entre Europa y Asia, intenté formar una compañía con mis amigos más cercanos, donde estaba claramente Carola Ibacache (hoy presidenta de Perrera Arte). Nos vinimos con un proyecto llamado “Olor a hormiga”, que tuvo un gran impacto en la población local. Sin embargo, hacía falta imaginar un sistema orgánico para resolver las necesidades de un grupo de artistas llenos de entusiasmo. Al mismo tiempo, supe que sí era posible vivir y crear en un lugar alejado del ruido y la contaminación de las ciudades. Es más, ese era y sigue siendo, el escenario creativo ideal. Muchos años antes había intentado convencer a La Patogallina de venirnos y fundar acá nuestro nido de creación, pero la idea no permeó el espíritu del entonces joven colectivo. Luego de haber visitado varios ejemplos en Europa de centros creativos o centros de residencias artísticas, vino la idea de formar este espacio e impulsar un espíritu de creación en medio de las montañas andinas del sur de Chile. El foco estaría puesto en la dignificación del trabajo del artista, aspirando a los mejores estándares en cuanto al alojamiento, sala de ensayo, áreas de convivencia y esparcimiento, y lugares para convocar públicos. De esta forma y visto con la experiencia de quien se dedica al arte, se forma Ko-Panqui como un centro de residencia artística y también como centro cultural en medio de la cordillera de Curarrehue. La intención de vivir y crear en la cordillera y exportar desde este lugar creaciones al mundo me seduce y en eso andamos desde 2016, aunque el trabajo de construcción y habilitación comienza más o menos en 2011. En el primer tiempo fue un trabajo solitario, pero desde hace ya tres años estamos con un equipo maravilloso que hace que este espacio creativo se proyecte con más fuerza e ímpetu. Nuestra visión de futuro es ser un centro de residencia que marque un parámetro de gestión, investigación, experimentación y creación artística que sea sostenible en el tiempo y que dialogue con el territorio particular que habitamos, al que respetamos y protegemos en su más amplio sentido social, cultural y medioambiental.

-¿Cuál es el modelo de producción que escogen?

-Con los años y paulatinamente, hemos logrado que el proyecto vaya girando desde su oferta turística hacia su razón fundamental de existir, que es ser un centro de residencia creativa, de aprendizaje y de programación cultural. Como la mayoría de los espacios y agentes culturales, la forma es concursar a los fondos públicos, aprender las lógicas de esa concursabilidad y acercarnos a los programas más adecuados para nosotros. En este punto es muy importante señalar el trabajo de quienes han creído en Ko-Panqui; su voluntad, compromiso y, sin duda, su generosidad ha sido imprescindible. Por mucho tiempo se trabajó sin recursos, de forma voluntaria, ofreciendo experiencia y creatividad para crear proyectos y nexos que nos fortalezcan y nos vinculen. Es así que ideamos un plan de gestión, hay que decirlo, tan pensado como intuitivo, que vamos revisando constantemente. La cultura tiene eso, es un movimiento constante y es un deber el dejarnos influir por su dinamismo y transformaciones. Hemos puesto el énfasis en ir creando un equipo de trabajo sólido y amable, con esto quiero destacar la importancia de confiar uno en el otro, porque trabajar en cultura es complejo: es pasión y esfuerzo, es nadar contra la corriente todos los días, pero también es amor y magia, por eso estamos e insistimos. Paralelamente, trabajamos nuestra imagen para hacernos visibles hacia la comunidad y, de forma especial, a los artistas y organizaciones a nivel nacional e internacional que nos quieran considerar en sus propios proyectos. Creo que algo fundamental es la asociatividad entre pares, primero desde lo local para luego extendernos cada vez más. Este factor ha provocado una conexión poderosa de conocimiento y de trabajo que tiene un gran potencial. Ya tenemos que “competir” a través de los fondos de cultura, lo demás es compartir, asociarnos y pensar colectivamente.

-Es más que un asunto personal.

 -Cierto. Por eso hemos salido en la búsqueda de artistas, de cultores y a tocar puertas de otras organizaciones artísticas y educativas decididamente, ha sido una prioridad para nosotros. Creo que trabajar en red no es solo una solución o una estrategia: es ante todo un deber ético si creemos en un mundo o construíamos uno propio donde prime el diálogo diverso y creativo, la integración y la solidaridad horizontal. Tenemos ejemplos notables de trabajo asociativo con Fundación Chol Chol y el campus Pucón de la Universidad de la Frontera para la creación de una feria de arte popular de la zona cordillerana de La Araucanía que ya lleva dos versiones; con Puerto Peral de Carahue, centro de residencia dedicado espacialmente al ámbito de la fotografía, con quienes estamos trabajando talleres dirigidos a colegios rurales; con la Escuela de Arquitectura de la Universidad Católica de Valparaíso, con los que trabajamos en la construcción de nuestro teatro-domo; con ustedes, Perrera Arte, para la transferencia de conocimientos y génesis de futuros proyectos creativos, y, a nivel internacional, con la bailarina y maestra japonesa Minako Seki, con la que hemos establecido nexos que nos permitan una vinculación permanente para el desarrollo de su escuela y método en Ko-Panqui. Esos son algunos ejemplos de nuestro afán de “enredarnos” para crear. Actualmente, estamos trabajando para la creación una red nacional de espacios de residencia artística, anhelo muy apreciado por nosotros y que ya está tomando cuerpo.

 -¿Qué pesa más en la gestión de un espacio: el plan, los recursos humanos, los conocimientos académicos, la trayectoria empírica?

-Por supuesto que todas las anteriores, pero yo de todas maneras pondría un especial relieve en el equipo de trabajo. Si bien todo comienza como un proyecto personal, nada es posible sin ese núcleo de confianza y de complicidad. Es ahí donde las ideas toman cuerpo y se vuelven una certeza vital, donde los espacios que se ofrecen para los artistas y la comunidad brillan literal y metafóricamente porque hay cariño y compromiso en el trabajo. La alegría sencilla que provoca esa complicidad es impagable. Sin duda un plan de gestión es una herramienta muy valiosa y de gran ayuda, sin embargo, hay que entender que éste va mutando con los años, así como el mismo espacio va madurando y teniendo requerimientos particulares. Un buen equipo es fundamental y sus integrantes claramente deben estar basados en una combinación de experiencia en sus áreas, punto que valoro cada vez más, incluso más que los conocimientos académicos. Sin desmerecer la importancia de éstos, voy más por una trayectoria empírica que por una educación académica, de todas maneras. Finalmente, la dirección de un espacio requiere de certezas en cuáles son sus objetivos y de alejarse resueltamente de tendencias e imposiciones.

-En el caso de Ko-Panqui, ¿cuánto influye en términos poéticos el lugar?

-Su peso es absoluto y fundamental, una vez que llegas a este lugar lo primero que te impresiona es justamente eso: el paisaje, la vastedad de las montañas, la fuerza de los volcanes o la espesura de sus bosques, el agua que fluye libre o cae sin parar. Todo aquello es primero y fundamental, luego seguimos nosotros con nuestros ideales e intenciones que ponemos a disposición en los espacios creados, para siempre observar y dejarnos orientar por este sitio prístino en medio del silencio de la cordillera. La magia y la poética parten en el paisaje, nosotros aportamos las condiciones ideales y el artista su creatividad.

-¿Cuál es la gran retribución de un proyecto como Ko-Panqui?

-Aquellas experiencias que nutren a nuestros públicos. Más que restringir nuestra labor a ser un ente programador de contenidos diversos, lo que se propone es ser un centro de experimentación e investigación artística cuyos resultados o procesos puedan ser siempre entregados en forma de obra, muestra, taller, ensayo abierto, exposición. El espacio debe ser permeable en sus contenidos y experiencias a la comunidad. Cuando me refiero a los públicos, hablo de nuestra comunidad de Curarrehue con toda su diversidad, más la gran cantidad de personas que vienen de otras comunas o de otras partes de Chile, más toda la comunidad de artistas que no sigue en Chile y el mundo. Sin duda es ahí donde debemos impactar, logrando ojalá tocar algunas fibras sensibles para humanizar a esta sociedad implacable. El arte en su esencia no puede separase de un discurso poético y político a la vez. Nos referimos a nosotros, a esta especie que se destruye a sí misma y al mismo tiempo se conmueve.

-¿Cuál es tu visión frente a la cultura en regiones?

-Es una mirada contradictoria, días tristes y días llenos de luz. El trabajo es que la lamparita no se apague nunca. Es una vergüenza que tantos recursos se vayan directo a financiar actividades vacías de sentido, harto ruido y formas televisivas, parafernalia. Entristece una institución rígida y encasillada en modos de hacer, entristece la burocracia “un camino irremediable a la ignorancia”, como decía José Saramago, entristece la cultura del reemplazo y del abandono, la impostura de ciertos artistas y la absoluta obsolescencia de las utopías. Pero cuando recorres los pueblos y sus barrios, y prestas atención a sus voces, a sus miradas y a los miedos detrás de esas miradas, a la orfandad tremenda que existe, especialmente entre los más jóvenes, el corazón se encoje y tal vez sea ese crujir el impulso constante que nos hace confiar en nuestro trabajo. Construí este pequeño mundo llamado Ko-Panqui a mitad de un camino rural, en medio del bosque y entre dos ríos, porque aquí me tocó nacer y crecer y, también es cierto, porque podía hacerlo, pero fue una decisión inspirada en la belleza y la poesía. Nuestro camino es ser un impulso creador constante, un impulso de diálogo y de humanidad.

-¿Cómo observas a la distancia tus inicios en Perrera Arte en los años 90?

-En aquella época teníamos una necesidad tremenda de expresarnos y eso era lo más valioso, lo que mandaba; nos arrojábamos sin miedo o pese al miedo que también sentíamos en el alma, pero el cuerpo quería decir cosas y eso era más fuerte que todo. Hay que reconocer que en medio de la dictadura ocurrían cosas hermosas, había emociones que uno necesitaba expresar, se vivía la cultura de manera tan vibrante como urgente, eran momentos intensos, de ahí el arrojo yo creo y la confianza entre nosotros, que de alguna manera nos salvaba. Ahora todo es tan liviano y pasajero, el sistema se ha encargado de eliminar los componentes que puedan generar pensamiento crítico y creativo, las emociones son ligeras, caducan constantemente. Entonces, si algo se pudiera decir, es que no te dejes obnubilar por los demás, por la prensa, por los líderes de todo tipo. ¿Cómo es posible que estemos frente a frente observando la matanza de un pueblo entero y no hagamos nada?, ¿cómo esto no nos provoca, no nos mueve a la locura? Hacia esa locura indomable para provocar cambios. Hoy la gente tiene tanto miedo de perder sus pequeñas conquistas y sus mínimas certezas, que por lo demás ni son propias ni son ciertas, solo copiarnos y no salirnos de la norma.

-Desde muy joven saliste a darle una vuelta al mundo. ¿Cuándo tendremos el libro biográfico de Claudio Ansorena? 

-Estamos esperando que nos ocurran más cosas fantásticas para queden incluidas en el libro (ríe). Hablo en plural porque con una amiga, la Vivi Ferrer, que también es parte de Ko-Panqui, tenemos la idea de escribir algunos relatos inspirados en cosas que he vivido y que, de alguna manera, me devuelven el sentir de otra época y de esos vínculos que me marcaron tan decididamente. Incluso hemos pensado en un paisaje especial para hacerlo, un jardín de cristal dentro de un bosque que nos provoque todo el tiempo. Sucede que rememorar me produce la sensación de un fuerte impulso hacia adelante, de volver a creer o, mejor dicho, de estar tan feliz de haber llegado hasta aquí, de haberme cruzado con gente hermosa, inspiradora; de sentir que, pese a todo, estoy donde quiero estar, más viejo, pero con el mismo desasosiego antiguo, mezcla de descontento e ilusión. La vida es eso, un total delirio.

-De las muchas cosas que hay en Ko-Panqui, como el teatro-domo gigante con capacidad para 180 personas, me llama la atención la piscina natural. ¿Cómo funciona?

-Justamente así funciona, de forma natural. En un desenfreno antisistema. Hemos recreado un estanque donde se concentra, se depura y se purifica el agua, sirviéndose de filtros de piedra y de la oxigenación que producen las plantas; está renovándose constantemente y sosteniendo un pequeño ecosistema sin mayor afán que el disfrute del agua y la belleza de plan infinito, es decir del agua cuando crea el horizonte. Nuestra piscina también es un arrebato poético, una provocación.