Cita cumbre en el bosque arcano: la Tierra necesita cariño y cuidados de enferma

Por Tania Muñoz Navarro

Existía debajo de una gran mata de nalca, el reino de las Ranitas de Darwin. Este era un paraíso, cuidado por grandes helechos caracoleados que lo rodeaban y cantaban el canto más lento que un caracol pueda entonar. Así, por cada nota, las ranitas saltaban tantas veces que podían recorrer todo su amado reino.

Un día llegó un Martín Pescador y se detuvo a reposar sobre las rocas de un arroyo muy cerca de este reino. Estaba cansado ya que había pescado y llevado sus presas al nido, donde esperaban sus pichones toda la mañana. El Martín Pescador sabía que la paciencia y el silencio son cualidades que fortalecen todo tipo de acción y, también, que afinan la capacidad de dar en el blanco, para poder pescar en vuelo rasante las truchas de los ríos.

Fue así como, con la calma del descanso, nuestro amigo pescador logró escuchar la canción de los guardianes del reino de las Ranitas de Darwin.

Esta melodía era muy importante, ya que al sintonizarse con las notas musicales que la formaban, las aguas podían evaporarse. Fueran éstas -aguas de mar, ríos o lagos- para luego caer en forma de lluvia suave y esponjosa sobre el suelo agonizante de la tierra.

El Martín Pescador sabía que en los últimos 40 años la canción había cambiado. Algunos tonos habían perdido su color musical debido a que el hombre en ciudades y campos arrojaba mucha basura, tiñendo los ambientes de un tono gris ceniza. Y también habían desaparecido las cuencas de ríos, lagos y lagunas, al talar los bosques nativos y dejar desprovisto el suelo de su micelio. También habían cultivado sin descanso las agotadas tierras, tomando y consumiendo más de lo necesario. Así los colores de la canción se habían tornado tristes y enfermos.

La naturaleza entera trataba de ayudar a la tierra. Y las estaciones del año intentaban desesperadamente suplir el desequilibrio que los hombres habían provocado.

El otoño, con febriles tardes y vientos helados repentinos, no daba tiempo para que las hojas envejecieran con calma y alegría antes de caer a tierra.

El invierno se alargaba esperando la lluvia y, cuando ésta llegaba, la tierra estaba tan fría y degradada que, desesperada, pedía más agua.

El invierno entregaba agua y granizo en gran abundancia y sin contención. Ocurriendo por ello calamidades para los poblados que estaban en las laderas de los cerros. Es que al talar tanto los bosques, cuando llega el agua de la lluvia, esta se encuentra con un suelo muerto y poroso a merced de los aludes.

La primavera efímera, con mucho amor trataba de entregar a los bichitos y pajaritos días de sol y brillantes colores en sus flores.

Luego el verano, que se preocupaba demasiado por la enfermedad de la tierra y su maltrato, llegaba feliz a entregar calor, pero abrigaba con tanta intensidad que terminaba sofocándola y trayendo sequía a los cultivos de los hombres.

Todo estaba en desequilibrio.

El amigo Martín Pescador fue una mañana a comunicar al reino de los Helechos, que las personas estaban quejándose, renegando y maldiciendo el clima. Algunas pocas mujeres y hombres eran conscientes de todo el daño causado, y otros no tanto. Pero al parecer no se daban cuenta de que estos fenómenos eran síntomas de una gran enfermedad. Una enfermedad a nivel planetario.

La Tierra necesitaba cariño y cuidados de enferma.

Hicieron entonces las ranitas una gran asamblea en la cual cambiarían la constitución de los colores que se habían enfermado con el paso de los años.

Llamaron a todos los diminutos seres que aún viven en el bosque arcano desde las montañas hasta la costa. Era necesario reunir al microcosmos de la naturaleza para poder cambiar el curso del macrocosmos del planeta.

Llegaron todos los seres más pequeños, desde el diminuto Picaflor de Arica hasta el tímido Monito del Monte. El zooplancton se juntó en la ribera de la playa más cercana y las luciérnagas traían la luz, ya que sería una larga jornada de vigilia.

Comenzó esta jornada con mucho amor de los unos a los otros. Se miraban con alegría y se abrazaban afectuosamente.

En el inicio, el Monito del Monte -quien traía en su bolsita marsupial a su pequeñín y a su amiga Chinitaentonó una canción para sintonizar a todos los corazones en el espíritu de amor. Era la canción de cuna más dulce y llena de luz que se cantó alguna vez en el principio de la gran aurora. Poco a poco, el resto de los diminutos seres comenzaron a entonar y cantar sincronizadamente. Solo escuchaban su corazón y cantaban. De esa manera los helechos caracoleados volvieron a afinar en los tonos y colores del cariño y el amor.

¿Puedes tú también, en tu corazón, ver y sentir estos tonos y colores?

Desde esa noche los habitantes de la tierra comenzaron a percibir los tonos del amor. Algunos no se daban cuenta de estarlos sintiendo. Otros los soñaron vívidamente. Y algunos se despertaron y los retuvieron en su mente.

Supieron entonces que debían ser amables y agradecidos de la planeta Tierra. Tomar el tiempo de mirar las flores y decirles lo muy bellas que son. Abrazar un árbol con fuerza y darle las gracias por su generosidad. Arrodillarse y poner las palmas sobre el suelo de la tierra y decirle: Mama Tierra, te amo.