Catalina Saavedra: “Facebook es para mí como un ejercicio literario, dramatúrgico”

Por Fernanda Martínez Leal

A horas del estreno de “La ciudad de la fruta” en el Teatro de la Memoria, Catalina Saavedra (51) se da un tiempo entre ensayos para disfrutar de un café y conversar largo y tendido. La actriz llega caminando en un día frío de otoño; el sol brilla, pero no calienta. Mientras enrolla un tabaco confiesa que siempre se ha movido por la ciudad a pie. “Empecé a hacer tele desde chica, desde los 23 años y estuve una década trabajando ahí. Siempre he estado muy expuesta, pero nunca al nivel de superestrella, de no poder salir o andar en micro o en Metro”, cuenta.

Con casi 30 años de trayectoria en teatro, cine y televisión y, a pesar de saber que ser actriz en Chile es una lucha constante e incierta, Catalina Saavedra se sigue proyectando en el teatro. “Mientras más vieja te pones, menos trabajo hay. En estos momentos me cuestiono cómo reinventarme, podría talvez escribir un guión, convertirme en una directora de audiovisuales en un futuro”, fantasea.

-En la Perrera se recuerda el montaje “Cuenta regresiva” que filmaste ahí con Lotty Rosenfeld en 2006, donde debías orinarte en escena, ¿cómo fue ese trabajo?

-Tengo una memoria muy mala, pero sí recuerdo exactamente a la Lotty y ese trabajo, una estupenda experiencia. Fue interesante, sobre todo por la libertad de hacer un acto tan íntimo. Fue catártico, una libertad, casi como la de andar en una playa nudista. Encuentro que soy una afortunada cuando gente como Lotty u otros bacanes que uno admira, me invitan a experimentar.

-¿Cuáles han sido los ejercicios de actuación más complejos que te ha tocado asumir?

-Siento que cada cosa que decido hacer es un desafío y por algo lo elijo también. Pero recuerdo un personaje que hice en la película “Las niñas Quispe”, ya que es muy difícil imitar personajes reales cuando estás actuando a la par con ellos. Fue un desafío llegar a lograr que la gente creyera que éramos como ellas. También recuerdo “Fausto sudaca”, una versión de “Fausto” que escribió mi papá (el escritor Omar Saavedra), donde yo era Mefistófeles. Eso fue muy desafiante porque históricamente es un rol masculino. Pero sobre todo le tengo bastante temor a los textos difíciles porque creo que siempre un buen actor tiene que entender a cabalidad lo que está diciendo.

-¿Hay algún director o directora con el que te resulte estimulante trabajar?

-Me motiva mucho trabajar con gente que yo admiro. Con Rodrigo Pérez ya hemos hecho hartos trabajos y creo que, cuando uno entiende el lenguaje y te gusta, siempre es estimulante que te inviten de nuevo. Con Sebastián Silva también, creo que en las películas que hemos hecho logramos una súper conexión, sobre todo en el humor, una cosa media tragicómica que me gusta mucho. Me encanta cuando me invitan los de 31 Minutos a hacer las voces, que lo han hecho bastante poco. Andrés Wood me gusta harto, como también Andrea Giadach.

-La Nana tiene algo oculto que comunicar. Su temperamento es heroico, resentido y conformista a la vez, ¿crees que la sociedad chilena tiene un gen de nana y patrón?

-Absolutamente, desde siempre. Creo que es uno de los ejemplos emblemáticos en términos de desigualdad, no solo el concepto de nana, sino que los trabajos entre comillas menores siempre son subvalorados en todo término, partiendo por la parte económica. No creo que cambie todavía. Ahora hay un montón de casos en que, como los dueños de fundo, echan a la gente ordinaria. Creo que eso va de la mano con el tema de la desigualdad social.

Catalina Saavedra dice ser una persona positiva dentro de lo negativa. “Soy irónica, con conciencia de la realidad, crítica, muy amante de la vida. Suena horrible, pero soy pro vida en el buen sentido de la palabra”, agrega riendo la actriz, quien distrae su tiempo libre entre bordados y pilates. “Creo que todos deberíamos tener la mente en otra cosa, en especial viviendo en este país. Algo para no pensar en la realidad, como un autotaller, autoterapia: la salud mental es un problema. Hay que buscar otras maneras, el deporte o algo más sano que el alcohol y la droga para evadirse”.

-¿Cuál es a tu juicio el destino de Chile como proyecto colectivo?

-Creo que la situación o la realidad geográfica de nuestro país nos ha jugado en contra. Esta cordillera que no nos permite ver que el mundo puede ser mejor y el mar que es como el horizonte eterno de un mundo imaginario posible y mejor. Esa misma ceguera hace que la gente no exija cosas que sí pueden ser posibles: el cuidado del medioambiente, el valor del trabajo, la educación, la cultura, que uno ve que en otros países del primer mundo sí se valoran y son una prioridad. Pero mientras eso no ocurra acá, ni hablar de los pueblos originarios y el pueblo mapuche, entonces es bien poco positiva mi radiografía. No creo que, como están las cosas, vayamos hacia el cambio. Chile tiene una personalidad muy poco aguerrida, tenemos hitos, como la marcha de los estudiantes o la marcha de la mujer, pero hay otros temas fundamentales donde no vuelve la gente a la calle.

-¿Cómo lees la presencia que los actores chilenos tuvieron en la transición? Primero fueron rostros en las campañas de la Concertación, varios llegaron al parlamento o las alcaldías e, incluso, hubo ministros de Cultura. No les faltó protagonismo.

-No ha habido ningún rol de esos emblemáticos que uno diga: “Guau sí, un gran aporte”. Si creo que mucha gente tuvo buenas intenciones, como Paulina Urrutia en el Ministerio de la Cultura o Carolina Marzán, que hace cosas bastante positivas desde su rol de diputada. Y bueno, (Luciano) Cruz-Coke que está del otro lado y no tengo mucho que decir. Supongo que la elección del rol político de un actor en la práctica es personal y ahí se verán los talentos que tenga cada uno para llegar a algo. Pero creo que el teatro y los actores tenemos un rol político en sí mismo, que algunos lo elijan o no ya es otro camino. De momento en que el propio país no defiende o valora el rol artístico, es más bien una utilización mediática de un rostro para favorecer las propias campañas. Si no tenemos ni seguridad social, no tenemos nada. A nadie le importa.

-En una entrevista con El Desconcierto te declaraste como una artista resistente al sistema. ¿En qué se expresa esa resistencia?

-Siempre he tenido una híper conciencia de la realidad social, desde el principio me negué a hacer cosas que me parecían que no eran un aporte, en desmedro de no ganar dinero. Es resistirse a un sistema, independiente del éxito mediático que pueda tener para mí favor. Supongo que es una acción absolutamente personal, pero también estoy conciente de que yo puedo elegir cuando ya tengo cierta estabilidad como actriz. Ni muerta me vendería a hacer publicidades o ser rostro del retail porque pienso que, si uno mira un poquito más allá del ombligo de uno, se da cuenta que hay unas injusticias enormes como para incitar o invitar a la gente pobre a seguir consumiendo o a seguir endeudándose. En ese sentido me da un poco de rabia el rol del actor-rostro que vende sin importarle la escoba que hay de miseria. Yo no tengo la verdad de las cosas, pero sí creo que hay una responsabilidad política de los artistas, no solamente de los actores.

-¿En qué minuto y por qué decides tomar un papel protagónico en las redes sociales?

-No sé, lo descubrí y fue entretenido. Más que nada lo de Facebook es para mí como un ejercicio literario, dramatúrgico; una opinión sobre algunos temas que me llaman la atención de manera lúdica, irónica, seria, con fotos, sin fotos. Tengo una actividad constante donde soy mi propia editora. Pero es bueno hacer la salvedad de que no es para todos, son todas publicaciones privadas para los amigos o para gente que he visto a la cara. Me da terror y encuentro terrible lo de las redes abiertas, donde cualquiera puede opinar e insultar gratuitamente, encuentro que es perverso.

-Te has transformado en una influencer.

-No entiendo mucho esto de los influencers, me interesa más ser influencer de mis propios amigos. Creo que desaprovechar el compartir en estos tiempos es fome. La internet ha sido un avance maravilloso, sobre todo por la capacidad de ver que las cosas pueden ser infinitamente mejores, más creativas.

-¿Alguna vez te has sentido violentada o discriminada en tu trabajo por el hecho de ser mujer?

-Nunca me he sentido así en mi trabajo. Tendría que ver las realidades de sueldos de mis compañeros hombres, pero en el teatro eso no ocurre. La violencia yo la he visto más en la sociedad, en la calle, en otros lugares más que en mi vida profesional, a pesar de saber que existe. Yo tengo una personalidad que no va a aguantar ninguna wea y creo que mucha gente que pueda tener la intención no la tiene conmigo. Veo a las colegas que se hacen cosas para estar en contra del envejecimiento por el temor a que no te llamen. El tema de la belleza me tiene harta, además de los estereotipos, pero es bastante la responsabilidad de uno al jugar ese juego. Lo veo más como mujer que como actriz. Evidentemente soy mucho menos popular entre los hombres al lado de una despampanante. En eso sí me he sentido discriminada, por elegir ser quien soy o ser la mujer que soy.

-¿Eres buena para soñar? 

-Sueño súper poco, no sé por qué y, cuando sueño, sueño cosas súper realistas. Debe ser mi mente capricorniana de la híper conciencia de la realidad, pero nunca he tenido mucha onda con los sueños. Cuando fui madre se me repitió un sueño, que yo creo que era el terror de esta nueva forma en mí, de tener a alguien a cargo mío, una responsabilidad. Soñaba que se caía al vacío, se caía, pero nunca llegaba abajo y por suerte siempre lo rescataba. Tuve hartas veces ese sueño, creo que ese ha sido el único sueño recurrente que tuve al comienzo de mi maternidad. Pero creo en la gente que tiene la capacidad de ver otras cosas, creo mucho en eso. Me encantaría ser así, que se me apareciera un alma en pena.

-¿En qué estás trabajando actualmente?

-Una vive rodeada de proyectos. Estamos estrenando “La ciudad de la fruta”, una obra autobiográfica de Leyla Selman sobre el abuso infantil, un tema doloroso, actual y muy necesario de hablar. Ella escribe esta obra hace tiempo y la estrenó con su grupo en Concepción y ahora se la dio a Rodrigo Pérez para hacerla en Santiago. Ella es la que más tiene que hablar, pero me parece valiente de su parte aceptar que es una autobiografía. En teatro no se da mucho eso, en la dramaturgia son más inspiraciones o temas menos duros que el abuso infantil. Es una obra triste y dolorosa, pero creo que va a ser sanadora, sobre todo para Leyla. La estrenamos este 9 de mayo y estará por tres semanas en el Teatro La Memoria, de jueves a domingo.

Fotografía principal y retratos callejeros: Fernanda Martínez

Galerías de imágenes:  Archivo Catalina Saavedra

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