Becerro presenta Adán y Eva: “La vanidad es el secreto mejor guardado de Dios”

Por Pablo Asenjo / fotografías: Hugo Peña

La novedad es que Antonio Becerro, antiguo partidario del vino tinto Casillero del Diablo, la marca preferida de Salvador Allende, está tomando algo de blanco para matizar. “El tinto está cañero”, reflexiona el artista visual mientras su teléfono no deja de sonar. Pareciera que estamos en Los Ángeles, California, pero no, la maestranza del Parque de los Reyes dista de ser Hollywood y los temas que ahí se conversan también.

“Yo soy un sobreviniente.  Soy como el cachorro de lobo que perdió la orientación para llegar a la madriguera; ese que en el camino creció y, por comer, ataca lo que se mueva”, dice Becerro, con quien vine a conversar de “Adán y Eva no eran sexistas”, su más reciente trabajo. “Construir la identidad toma más que una vida entera. Pero tu obra y tu virtuosismo construyen la fuerza que ayuda a ponerse de pie una y otra vez”, sentencia Becerro.

-Háblanos de tu obra “Adán y Eva no eran sexistas”.

-Es una obra que se compuso en dos partes. “Adán y Eva no eran sexistas” nace como una segunda instancia de la puesta en escena “Dale y quítale toda esperanza”. En términos generales, es una instalación que alude a la conciencia y el cuidado de la naturaleza, y el resultado objetual se podría describir como una performance fotografiada. Es un ejercicio de obra compartida en la que participaron tangencialmente en la producción Conaf, la Ilustre Municipalidad de Santiago, privados y amigos que colaboraron desinteresadamente. La instalación fue una escena trágicamente carbonizada que alude a los veranos de Chile.

-Este año fue particularmente fatal.

-Sí y, a partir de las informaciones que surgen desde Viña del Mar, queda al desnudo nuestra fragilidad. La porosidad del sistema es infinita y peligrosa.

-¿Pero por qué Adán y Eva?

-En contraposición a lo terrenal, me seduce la composición y licencia estética del Huerto del Edén. Por ello meto mano al imaginario heredado de la religión cristina, que es delirante y atractiva conceptualmente en sus signos combativos en el campo semántico. Siempre me inspiró como relato literario metafórico de gran altura. Me fascinaron los mitos, leyendas y metáforas de la relación Adán y Eva. ¿O lo tengo que decir al revés? Eva y Adán.

-Me parece que por la fonética suena mejor Adán y Eva.

-Puede ser. Tiene que haber sido fantástico no tener culpa ni conciencia. Comer, tirar, descansar, rezar para volver a comer y tirar, sin el peso del pecado del cuerpo contaminado por las jergas de lo horcos. Imagínate no trabajar y beber agua del río totalmente fresco y puro. Y tirar con quien más te ama, porque solo había una sola Eva, no varias como dicen algunos incrédulos. Qué increíble tiene que haber sido, si nos atenemos y damos fe a las escrituras. De allí nace la humanidad, de Eva y Adán, quienes no eran sexistas. De lo contrario, bien lo sabes, Pablo, no estaríamos en esto.

-La Biblia parece ser una de tus buenas fuentes de inspiración.

-Aunque ustedes no lo crean, yo fui cristiano. Admirador de Cristo. No soy católico, creo más bien que soy luterano con tendencia pentecostal.

-Vaya, y eso que eres iconoduro, creador de imágenes.

-Por lo mismo me encanta eso que te posea el Espíritu Santo. A mí me ha poseído y he hablado en lenguas angelicales; he visto cosas que no han subido al corazón del hombre. He sentido lo improbable. Es más que cualquier droga alucinógena, más parecido a un deleitoso y placentero orgasmo.

-Mirado así, se pone entretenida la cosa.

-Pablo, como sabes, la Biblia es un libro escrito por hombres que se dicen inspirados por el dedo de Dios a través del Espíritu Santo. Este es un fenómeno delirante en el campo sicosocial y antropológico: en la actualidad, un 31% de la población global admite seguir esta verdad como religión. ¿Qué puedes decir frente a eso? ¿Cómo te paras ante toda esa historia? Ni hablar de los imaginarios que componen el otro 69%.

-¿Y cómo es tu relación con Dios?

-Buena, un poco exagerada, pero buena. Sé que Dios me ama. Hablamos en silencio y pensamientos, nos gusta conversar en lenguas de fuego que trepan por los corazones de las calles vacías de Lisboa en las noches de lluvia y luna llena. A él le gusta la luna llena tanto como a mí.

-Estaré más atento en esos días.

-Pero no creas, Pablo, que ese contacto no es con todos igual. Solo hablo de mi relación con él, porque Dios es algo petulante, se jacta de su altanería y es más peligroso que el mismo Diablo. Por eso es absoluto e implacable. La frase “juro decir la verdad y nada más que la verdad” que se repite en los tribunales es una sentencia más que una afirmación por respeto a los presentes y los jueces. Dios te está mirando con el brillo de su espada en la mano.

-¿Y el Diablo que vendría a ser?

-El Diablo son los estados alterados de la conciencia, la confusión entre lo contemporáneo y lo superfluo, la pérdida de la sensualidad. En cambio, Dios es el estilo. Satanás no es otra cosa que la laceración de la carne.

-¿Qué tan tocada por la mano celestial está la actual escena del arte criollo?

-Mmm, lejos, muy lejos. Los artistas sudan la gota gorda por los premios, la fama y galardones. Son gentiles, en otras palabras; no son del árbol de Dios. No están en la belleza. Dios es más vanidoso que todos juntos, por eso mismo no se preocupa de nosotros. No nos toma en cuenta porque somos feos y la pasamos cagando. A él le interesa que lo alaben por su creación, por su obra como es Dios. Algunos artistas criollos en su representación son como los fariseos. Gente pegada a la norma por sus apellidos y negocios. Los fariseos, aparte de autoflagelarse y ofrendar sangre de becerro, eran muy egoístas con el diezmo, por ende, vendieron el pueblo a los romanos.

-Fuerte eso.

-Claro, los artistas, y ahora los políticos, tienen adicción al protagonismo. Para ellos el escenario es su fantasía; no se resisten a ser un simple espectador, tienen que estar en el centro de todo; sin el foco encima, se sienten invisibles. Están encandilados por el brillo de las estatuillas, medallas al mérito, el Grammy Latino, los Oscar, las bienales, los festivales y esas fruslerías. Esos artistas están allí con el aliento del Demonio. Están lejos de la belleza concebida por Dios, que no se trata solo del equilibrio, de una simetría, de una cualidad que resalta en el objeto y en la recurrente copia, sino del nirvana. La belleza es afrodisíaca y la inteligencia adictiva.

-El pecado de la adicción.

-Exactamente, solo están poseídos por ellos mismos, como títeres en una instalación del Demonio. Una de las tentaciones divinas es la vanidad, porque se esconde adentro, es un motor invisible y no se reconoce porque el ego la cubre en su totalidad. La vanidad es el secreto mejor guardado de Dios y está adentro de nosotros. Todo lo que haces en tu vida está dictado por tu vanidad. La conciencia, el amor, la dignidad, comer, bailar, el arte, etcétera. Todo es vanidad. Incluso los monjes retirados en las montañas más altas están drogados de vanidad en la búsqueda de Dios. Los indigentes, tus padres, tus hijos, ese, ella, el otro, todos se mueven por el secreto máximo de Dios. Incluyendo los ilusos, que creen que apartándose del resto no están afectos a su vanidad. Esas personas que aparentan humildad y sencillez, que no demuestran interés por nada, siempre están pidiendo reconocimiento, porque al final de todo proceso aparece la vanidad rodeada del ego reclamando sus créditos. Lo que ansía todo ser humano, de cualquier época y lugar, es el aplauso de ser visto.

-¿Te interesan otras credos y ciencias espirituales relacionadas con el arte?

-El arte ha sido mi forma de explorar el mundo, de palparlo y espiarlo desde atrás de mis ojos. Es que no basta con lo evidente: uno como mortal arrojado a este mundo sin que lo pidiera. Porque ahí no queda otra que agarrarse y tomar lo que más te acomoda, hasta que encuentres tu lugar. Por ejemplo, el Corán dice que “si salvas una vida, es como si salvaras a toda la humanidad”. ¡¿Hermoso no?! Como contemplar la pintura “El nacimiento de Venus”, una diosa emergiendo del mar en una concha gigante de Sandro Botticelli. Eso es belleza. Botticelli es belleza que retiñe.

-Buen ejemplo, lo voy a copiar.

-Siguiendo con la idea de que Dios está dentro tuyo, habita en lo más íntimo de tu ser, es como el alter ego de los buenos artistas. Por ejemplo, Miguel Ángel, Charles Baudelaire, Violeta Parra, Beethoven, por nombrar algunos. Se podría concluir entonces que, cuando los artistas buenos se mueren, se apaga esa luz. Ahí se acaba esa pesadumbre de la vanidad, ahí se termina esta alabanza de estar vivos, atrapados en el truco máximo y mejor guardado de Dios.

-Siempre has sido un tipo callejero. ¿Qué te ha llamado la atención en el último tiempo?

-Ahora lo paso más bien en el sur, en los bosques, en la montaña, en los ríos, lejos de la fealdad de las ciudades en decadencia. No hay belleza, solo horcos. Partir, marchar, estar en movimiento es lo que me relaja, porque ahí me encuentro. La calle ya no dice nada, perdió su atractivo para mí como poética orgánica. Desaparecieron los intersticios, los lugares cómodos. Ahora todo es incómodo, te retuerces aguantado el deterioro colectivo en una posición antinatural frente a la atrofia política y social. Eso no quiere decir que no esté atento a lo que ocurre, igual participo a mi modo con toda mi artillería de conocimientos empíricos, con lo explorado y aprendido.

-Para ir cerrando, cuéntanos de tu último periplo por las altas cumbres de espacio Ko-Panqui, en Curarrehue.

-Fui respondiendo a una invitación de Claudio Ansorena, histórico integrante de Perrera Arte. Rascar la guata del cielo, de Dios, hacerlo reír, como la figura de Buda satisfecho con las monedas de las ofrendas a sus pies. Eso es estar en la montaña. Sentir los ventisqueros hasta calarte los dedos y los húmeros huesos, y ni siquiera poder frotarte las manos es una experiencia celestial. Como decía nuestro amigo Patricio Manns, “Qué sabes de cordillera”. En otras palabras “si la montaña no va a Mahoma, Mahoma va a la montaña”. La idea de una alianza en la montaña con Dios, las tablas del pacto entre lo divino y lo efímero, es muy potente. Ahí uno lo entiende, la poesía te llega sencillamente con huesos y flores. No se puede escribir ni enseñar a la fuerza. Me hubiese gustado ser Eva, pero con apellido Coppola, para estar cerca de Francis Ford Coppola y haber presenciado el rodaje de “El padrino”. Las ciruelas que Sofia Coppola agrega a la masa madre de los ñoquis es un acto encumbrado, como subir a la montaña.