Becerro cambia la formalina a la obra “El beso” (2000), su santo escogido

Por Antonio Becerro / video: Andrés Lübbert (Suiza) / música: René Roco

Me gusta el antro porque es oscuro y todo está bien, mejor que la vez pasada. Hay pocos rayos del sol radiante y tibio. Algunos se cuelan como la luz de una catedral.

Los antros o tugurios son polisémicos naturalmente; antes de ser lugares son físicos, son mentales. En alguna parte del cerebro y en algún reino húmedo del alma están los antros.

Sórdidos son mis lugares, entro como Pedro y Pedra por mi casa, sin avisar. Todo tipo de encorvados concurren como parroquianos a los antros. Los atropellados, la cara de papel doblado en el bolsillo de atrás, las vidas frías, siniestras, confusas y nocturnas. En estos sórdidos no es necesario que tengan que sonar las cadenas o que la mesa sea coja. En una de esas mesas firmes me enamore. En los sórdidos uno resbala con la planta de las zapatillas lisas sobre el musgo, pero nunca te caes.

El segundo piso del Centro Experimental Perrera Arte tiene ese aire. La luna grasienta rueda allí adentro, créanme queridos y únicos amigos. Allí, sobre el mesón que parece bar, realicé esta operación de cambio de formalina a la obra objetual “El beso”, subtitulada “Hay dos formas de conservar la especie, una es con la repetición de la cosa como recurso de retención de la imagen y la otra es con Taxidermia 2000”.

La cabeza de un perro pastor alemán partida en dos mitades iguales adentro de la vitrina es como el beso negro de uno mismo. Las dos mitades quirúrgicamente idénticas se unen por la nariz y la punta de la lengua. Olfato y tacto, los sentidos más periféricos y poco explorados por la razón humana. Digo tacto en el caso de la lengua del perro, porque el gusto, el sabor para los perros también es el tacto. Sus poderosas papilas gustativas son como si te tocara un ángel con la cara sucia.

La caverna, la gruta natural, del segundo piso de Perrera Arte es como un local con mala reputación. Más mala que la de cualquiera, la de todos, porque todas las anteriores sirven. Las siquiátricas, las abyectas, las inverosímiles, los espectros, incluso los tontos y los feos, pero no todos. ¡Exactamente!, no todos por supuesto.

Este cambio de formol es una renovación de aceite balsámico para ungir a una santo escogido: el Perro. El formol es un líquido incoloro de olor penetrante y sofocante perfecto para espantar las moscas zumbando. El comité del éter espanta por debajo de la piel a los finmobrones, a las moscas azules, a los derméstidos de amor apoltronados al cadáver exquisito. Por lo general, el formol se utiliza para la conservación de muestras biológicas y mantener los cadáveres frescos. En mi caso es la permanencia, el éter del arte por el arte.

Es una misión más allá de las etiquetas que me ponen, lo hago porque no se puede vivir con ella y a la vez tampoco matarla. Fuera del peso del cajón y del hambre de los gusanos, dedico esta acción al volumen del alcohol metílico que hay en la mirada del muerto conservado en el formol.