“Asociación ilícita”, la estética de la naturaleza por sobre la ética de la razón humana

Por ANTONIO BECERRO (*)

El Centro Experimental Perrera Arte como territorio/ obra, entre otros muchos valores y atributos, es un espacio que tiene sus propios artistas. Los cuidamos, los protegemos y los promovemos. Contamos con elencos estables, una compañía de danza, un coro lírico, bandas y solistas de una variedad de tendencias musicales, colectivos resilientes y coléricos de acciones de arte. Escritores, poetas, diseñadores, escultores, grabadores, instaladores, montajistas, escenógrafos, cineastas y fotógrafos.

Durante todo este tiempo pandémico no hemos parado de trabajar. En esta era suspendida, no nos hemos dado cuenta del paso del tiempo en medio de la entrada y salida de distintas producciones. Una de ellas fue la propuesta de retrato “Asociación ilícita”, del fotógrafo Hugo Ángel, un proyecto nacional que se tomó las instalaciones de Perrera Arte en cada uno de sus intersticios aprovechando la luz natural del sol que penetra, cae y baña de rayos luminosos los rincones más escondidos de este sombrío palacio. Lugar que al mediodía se luce con una luz de catedral que, sin tener el filtro de un hermoso vitral, ilumina los pilares de hormigón, los gruesos muros a medio pintar y se esparce en el suelo como una luz de expresión divina que destaca su perspectiva.

La última vez que nos vimos con Hugo Ángel fue en una habitación poco iluminada de Perrera Arte. Estábamos con mascarillas y distantes justo por donde se colaba un rayo de sol en medio de maniquíes rodeando la escultura de un perro negro y otros objetos empolvados en tránsito, que habían permanecido quietos allí por momentos, meses, años. Obras que dentro de sus variados soportes y facturas funcionan con la arquitectura de Perrera Arte y la recargada información visual impuesta por el edificio. Me refiero a sus sombras, su textura, su humedad, la mancha, lo incorrectamente bien pintado y su peso escenográfico, histórico y político.

Para llevar a cabo una significativa planificación de las puestas en escena de sus retratos en blanco y negro, el fotógrafo Hugo Ángel no realizó muchos cambios de ambientación, puesto que el arte es un valor agregado gratuito asociado a las instalaciones y objetos que desbordan los tres pisos de Perrera Arte. Objetos con intención, con contenido visual tonificado por su memoria, obras de mi autoría desarmadas o a media armar, juguetes, maniquíes, perros embalsamados, etcétera. Todo esto lo leyó con glotonería visual, obsesión en su poética creativa en tonos grises, blancos y negros el destacado fotógrafo.

El proyecto “Asociación ilícita” inicialmente iba a concluir con una exhibición presencial que tenía un hilo conductor en su relato y montaje. El casting de personajes fue delicado y con especial atención en su elección. Personas que parecen espectros en sí, personajes curvos, oblicuos, dolidos, torcidos y agarrotados por el paso de las horas en la vida. La carga metafórica de cada una de estos valientes modelos que aceptaron el desafío de ser retratados con sus cicatrices como rosas, con su color de piel, con sus tatuajes, con su brillo de ojos que a ratos parecen ausentes de luz, pero que irradian una expresión plástica no tan lejana un óleo de Goya. Sí, personajes goyescos, marginados, segregados del exitoso paisaje social chileno. Personas agredidas por la realidad de los temas ausentes en el país de las maravillas. Indocumentados de la tierra que se salvan a nado de su propio llanto. Sujetos ilícitos camuflados para sobrevivir a la ambigüedad del poder.

Es esta una apreciación descontenta, desarraigada y guacha. Una visión debida al encierro de un mundo de dolor, donde la marginalidad transforma el cuerpo y la cara como si se tratase de una identidad metamorfoseada o de un animal sobreviviente. Todo se expresa en el reflejo, en las grietas de esa piel que funciona como manto, como envase duro que cubre y a la vez manifiesta esa debilidad, esa fragilidad maltratada y abusada. Personas, vidas censuradas, castradas ante cualquier idea de plenitud, ante cualquier formato de felicidad.

(*) Texto del fotolibro “Asociación ilícita”, del fotógrafo Hugo Ángel

El dolor está aquí en Chile y su gente, en sus rincones, en sus fondos de pantalla, como una normalidad Ilícita, como una asociación pactada para el simulacro.

Las fotografías tuvieron un gesto performático durante toda la pandemia. Entre cada sesión conversábamos, comíamos, bebíamos vino tratando de pasar un buen rato en cuarentena. En el jardín de las terrazas no extrañamos demasiado esos días del Chile de ayer. Entre conversaciones le dije al fotógrafo: “Si te pones a pensarlo bien, parece el fin del mundo. Ni los sueños ni el alcohol apagan las penas. Todo lo contrario, ya no sabes cuál es la pesadilla, si estar despierto o irte a dormir y soñar lo que no quieres soñar”.

Ahora estoy evolucionando, viendo el resultado de los retratos que en definitiva son los espectros que abundan en el palacio del arte, como Don Dante, Óscar, Héctor, Sufito, CrisFerj, el Luna, Luis, las Señoras y otros que deambulan y desparecen, todos los cuales son cuerpos efímeros que se mueven entre las sombras, lo quieto, lo silencioso, lo simbólico, como las taxidermias. Los objetos, instalaciones y obras de otros artistas -las cuales son parte de la colección de arte contemporáneo de la Perrera- dialogaron perfectamente para que Hugo Ángel se sentara a esta mesa y disfrutara de un cóctel visual en el que construyó estos retratos que fueron pensados para el soporte fotográfico papel como dispositivo de captura visual para marcar el momento y quizás el instante de la luz en el tiempo de las sombras.

Todos estos retratos fueron atrapados en un estado de clandestinidad, en el borde donde se funde la realidad con la irrealidad, lo que tanto atrae a los pájaros extasiados y a los perros locos, es decir, un ilícito en un palacio ilícito frente a las normas y abusos.

A mediados de los 90, estampé un grafiti en un muro casi al frente del Museo Nacional de Bellas Artes, en el edificio de comercio. La frase decía: “Hay dos formas de conservar la especie: una es con la repetición de la cosa como recurso de la retención de la imagen y la otra es con la taxidermia 2000”.

Mi investigación y mi obsesión por tratar de comprender qué es lo que vemos o si vemos todos iguales me llevó, desde las artes visuales, a convertirme en taxidermista. Todo esto para tratar de entender y asimilar que la imagen es una reproducción de nuestro cerebro para entender la vida como un relato físico al cual nos debemos aferrar para sentirnos vivos en este cuarto oscuro sin revelar.

¿Es la primera imagen la que te marca como golpe, de súbito? ¿Será cierto que la primera imagen que capturamos es la mirada original del alma frente al mundo exterior? ¿Son los ojos el espía quieto y silencioso detrás de la cuenca? ¿Son los ojos la ventana del alma para mirarnos a nosotros mismos? Si fuese así, ¿el alma tiene que observarse, contemplarse necesariamente como materia para relacionarse con lo otro?

El aspecto del mundo puede ser estimulante, pero al mismo tiempo confuso y desorientador. En la línea del tiempo somos menos que un parpadeo. En otras palabras, se podría decir que no existimos como imagen, pero que a la vez nos vemos por este movimiento imperceptible al ojo humano. Hasta el fin de los tiempos seremos efímeros, pero podemos detener la escena y dejarla intacta al estirar la mano y tocar el hombro del otro, incluso en la distancia con su denso espesor, porque somos el tiempo y podemos dejar constancia de su paso y sus contrastes.

La ciencia y el arte se hacen cargo de estas preguntas sublimes, desafortunadamente de manera no tan pedagógica o didáctica como uno quisiera. Es esa imagen la que queremos capturar en la pintura, en la escultura, en el grabado, en la danza, en el cine o la fotografía. Los que nos dedicamos a esto sabemos que es imposible y que, al tratar de capturar la imagen, algo se pierde. Los ojos roban información visual para almacenar en el cerebro una especie de bodega, de memoria, de disco duro. Pero incluso así no se sabe bien cuál es la función de los recuerdos.

Al final no estaba tan equivocado, tan errado. La vida parece estar construida de puros momentos. El diseño de la naturaleza considera a la estética por sobre la ética, la moral y la razón al servicio del gusto. La performance de Dios es la ética al servicio de la estética. Lo único que está fuera del esquema de este diseño es el ser humano que va y viene y que insiste en fijar el instante para atrapar el momento como un modo de inmortalizar su noción de ser vanidosamente creativo. La orgánica, la naturaleza, no consideran la ética, la razón, ni el ingenio humano y sus estrategias de sobrevivencia.

A pesar de todo ello considero a la cámara fotográfica como un invento superior. Abrir el obturador, darle tiempo al disparador, dejar a otros fuera de foco, poner tiros cerrados o abiertos, ajustar la película, enfocar el objetivo en los brillos negros y no en su oscuridad.

En los retratos de Hugo Ángel adentro de este palacio hay belleza y horror, una performance que desde su inicio hasta el final creó imágenes con un toque de realismo y ficción. La mirada selectiva de este fotógrafo conlleva una intención de capturar el momento, el instante como un código de imagen que trae información visual a la luz de la sombra del blanco y negro, una asociación totalmente ilícita ante la espontaneidad de los colores, sobre todo en estos tiempos en que todo el mundo dice ser fotógrafo de la mano de la tecnología.

invitación

Coordenadas

Qué: Presentación del fotolibro “Asociación ilícita” del fotógrafo Hugo Ángel

Cuando: Viernes 26 de noviembre, a las 19.30 horas

Dónde: Centro Experimental Perrera Arte, Parque de los Reyes sin número, Avenida Balmaceda entre Bulnes y Cueto

Entrada gratuita. Aforo limitado.

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