Allyson Gamonal: “Baquedano ya no está y su plinto desnudo nos interpela”

Por Allyson Gamonal (*)

Oscar Wilde (1854-1900) le comentó a un amigo a través de una carta que “la vida imita al arte mucho más que el arte imita a la vida”. Se refería a aquellos sucesos, formas o imágenes que de forma espontánea, azarosa, surgen, suceden y parecen erigirse como una explosión de sentido sin ser intencionales. Hoy vemos una vez más que tiene razón.

En el arte contemporáneo diversos artistas han tomado la noción de la ausencia o la borradura como elemento conceptual esencial para hacer aparecer aquello dado por sentado, o aquello que no sabíamos que faltaba, buscando en general responder a las grandes ausencias: edificios destruidos por guerras, el vacío institucional, la lentitud y precariedad del Estado, o la indiferencia de los privados.

Christo (1935-2020) y Jeanne-Claude (1935-2009) idearon y llevaron a la perfección el ejercicio de hacer desaparecer edificios completos envueltos en monumentales paquetes de polietileno, tela y cuerda. La ausencia de la arquitectura, la intervención completa del paisaje o de la línea del horizonte daba cuenta así de las grandes formas, de la función de estos edificios como instituciones o de su influencia en el entorno.

Lo propio realizó Alfredo Jaar el año 2000 con su obra “Infierno o la ausencia inevitable”, en la que construyó, inauguró y dio uso a un pequeño centro cultural solo para quemarlo más tarde. El ejercicio ponía de relieve la ausencia de la institucionalidad cultural y la necesidad de la misma, el derecho a la cultura y a la recreación.

El monumento al general Baquedano (escultura de Virginio Arias, 1855-1941, instalada en 1928), fue durante años, pero especialmente durante los últimos meses, el escenario de borradura, construcción e instalación de los símbolos de la revuelta. De forma espontánea manifestantes de diversa naturaleza instalaron allí sus lienzos, lanzaron fuegos artificiales, pintaron y repintaron el volumen de bronce, cabalgaron sobre la bestia, la intervinieron con banderas, telas, flores. Rayaron y re-significaron una y otra vez, masticándolo con una furia semiótica pocas veces vista. De esta manera, la rebautizada Plaza de la Dignidad se convirtió en el epicentro del alzamiento y, con ello, la estatua de Baquedano devino en la esencia semiológica del epicentro.

Es normal y esperable en los momentos de profundos cambios sociales, que los paradigmas caigan simbólica y materialmente. Que los monumentos se derriben, que las paredes hablen llenas de mensajes. Pero lo que aquí ha ocurrido con Baquedano es especial.

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No se define aún la pugna por la moción, incluso del Ejército, de retirar definitivamente el monumento de su sitio. Mientras algunos esgrimen la necesidad de restaurarlo y reponerlo, otros lloran la pérdida simbólica de un bastión de orgullo castrense. Los más, de seguro, siguen curiosos la marcha errática, titubeante, del Consejo de Monumentos Nacionales.

Lo cierto es que Baquedano ya no está y su plinto desnudo nos interpela. Ante la ausencia de los símbolos, no queda más que erigir unos nuevos. Y mientras la mirada orgullosa de Baquedano al poniente de la capital se iba diluyendo como la soberbia del genocida, la obra de Virginio Arias tambaleaba frente a los esfuerzos de los manifestantes por resignificar y redefinir su identidad. Hoy el epicentro de sentido de la revuelta se encuentra dos veces borrado.

No solo se ha retirado la estatua dejando el plinto vacío, sino que ahora se erige en su lugar un esfuerzo colindante con el absurdo de levantar muros metálicos de protección en su perímetro. El plinto de Baquedano queda ahora delimitado por una obra metálica, gruesa y firme; estructura de guerra o fortificación blindada levantada en tiempo récord por soldadores bien entrenados a partir del estallido social.

De alguna manera, Carabineros de Chile y el Estado disputan simbólicamente este páramo de terreno como si se tratara del mismísimo Stalingrado y le prohíben así al ciudadano de a pie la posibilidad material de seguir apropiándose del símbolo. Como si eso fuera posible en la sociedad de la información. Aunque la disputa ocurre sobre todo en el mundo de las ideas. Hay un pugilato activo por el derecho a darle sentido al sitio y lo más seguro es que, desde hoy, el cerco de acero también servirá de pizarrón en blanco para desplegar todo tipo de proyecciones, intervenciones pictóricas y gráficas.

Con certeza sabemos que el sentido de ese sitio ya cambió. El terreno, la estatua y el plinto ya eran otros desde mucho antes de la retirada del general victorioso y su cabalgadura. Hoy solo queda definir, cómo vamos a resignificar el sitio, cuál será el relato simbólico e histórico al que hará referencia. Y si en este sitio, donde de alguna manera se encuentran las aguas de las clases en Chile, seremos capaces de erigir un símbolo que nos abrigue e interpele a todos. ¿Estarán dadas algún día las condiciones para el regreso de la obra ecuestre? ¿Qué autoridad en su sano juicio sería capaz de emprender tal retorno? ¿No será más propio ampliar el bestiario chileno? ¿O mirar en sentido contrario, al este, a la altura de las montañas, para aquilatar la soberbia? Les dejo aquí un montaje visual que realicé en el computador valiéndome, a modo de ejemplo, de una escultura canina en cobre realizada por el artista visual Antonio Becerro.

(*) Licenciada en teoría e historia del arte, magister en gestión cultural

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