Agustín Letelier: “En París no se tiende la ropa en el balcón como en Valparaíso”

Por Antonio Becerro

Agustín Letelier Ibáñez es un artista chileno con el que compartimos grandes delirios y sueños sobre los techos de zinc oxidados en las casas de la calle Yerbas Buenas y del cementerio de Valparaíso, pues él es una especie de poeta tiritón con ojos de rinoceronte que nació precisamente en el viejo puerto. Creció en la encrucijada de sus cerros con vista al mar, confundiendo a veces las estrellas y las luces de sus calles, pintaba puestas de sol, hacía fotos en blanco y negro, escribía versos que tiraba en las plazas o los repartía a la salida del liceo, y sus primeros sueldos fueron a dar en las manos de los vendedores de libros.

Si tuviera que describirlo, diría que Agustín Letelier es de esas personas a las que les suceden cosas curiosas, extravagantes y hasta mágicas. Cuestión que no le pasa a cualquiera, incluso hay seres a los que no les ocurre nada en la vida. Talvez todo deriva de su vida ecléctica, porque este porteño actúa, canta, dirige, cocina y escribe, entre otras habilidades. Si mal no recuerdo, es autodidacta en todo. Es un actor trotamundos de mil caras que viaja con lo que tiene puesto, su talento.

En los años 90, Agustín Letelier fue parte del elenco del Teatro del Silencio, que dirige Mauricio Celedón, e interpretó personajes al borde como Hitler, Rimbaud y Artaud, el loco. Esa fue una época en que algunos esperábamos el anhelado destape cultural, mientras otros, los más vivarachos seguramente, hacían todo tipo de promesas y dilataban la democracia protegida que les dejó de regalo Pinochet. Hizo marionetas en las calles y en los teatros que empezaban a vislumbrar el fin de una época siniestra pero también creativa, donde podías pasar del canto a la danza o la actuación expresionista, del teatro al juego casi imperceptible del cine, que se hacía sin rollos y sin llenar formularios. Un día se escapó con la tropa del Silencio a Europa hipnotizado con el sonido de los versos del vidente Rimbaud y, desde ahí, empezó a recorrer el mundo con el Theatre du Solei.

Perdimos nuestros contactos por la vida misma, pero sabíamos de nuestras huellas y susurros que llegaban a la distancia, hasta que hace un par de días, debido al confinamiento colectivo en Santiago y París, retomamos contactos gracias a las ventajas de las redes sociales.

Letelier: Oye, leí tu conversación con Raúl Ruiz, muy buena, la disfrute.

Becerro: Yo también, ya se van a cumplir nueve años de su partida.

Letelier: Me crucé varias veces con Raúl Ruiz y hablamos de muchas cosas. Recuerdo una conversación sobre lo orgánico que era el cine en la época cuando la película se cortaba y la gente gritaba: “Ya poh, cojo”. Ese efecto cuando se quemaba la cinta me encantaba, se achurruscaba e, incluso, a veces salían llamas, era sorprendente. Raúl me decía que, cuando hacían el montaje manual del filme, pegaban la cinta de tal manera y a propósito para que el corte fuera sonoro y diera un salto fuerte: de esa manera la gente despertaba en la sala de cine cuando ya empezaba a cabecear. Hoy en día, para lograr ese efecto, tienes que tener un programa de after efect y con harto trabajo puedes hacer un segundo de ese defecto intencionado de aquella época, que hoy resulta ser un efecto. Pucha, cuando viniste a París yo estaba en Valparaíso.

Becerro: Sí, habría sido notable vernos después de tanto tiempo y tanta agua bajo los puentes. Fue un viaje flash medio neurótico y revelador, como todo viaje. Pero me gustó mucho París y sus intersticios históricos. En el centro pasé por un pasaje muy piola pero llamativo. Tenía una energía y me llamó la atención lo angosto y curvo que era. Resultó ser un callejón donde los pobres asaltaban a los ricos que venían ebrios de las casas de remolienda, según la escritura del grabado en la placa de fierro que estaba al final del pasaje. Decía que ese muro es del siglo XIII y que se convirtió en un pasaje en el siglo XVII.

Letelier: Así es París, está lleno de calles y recovecos que se conectan entre unos y otros, es como dices tú una torta. Efectivamente es así, te topas con todo y de todo pasa a la vuelta de la esquina.

Becerro: Mmm, sí. Podría ser un sushi también.

Letelier: ¿Tú dices por la forma o por la gran cantidad de restoranes japoneses que hay?

Becerro: Sí, mira. Me perdí en una de esas tantas calles cerca de un barrio de muchos inmigrantes, con cafés, negocios, carnicerías, bares, almacenes de abarrotes, farmacias, tiendas de reparaciones de celulares, mercados y, casualmente, pasé por debajo de la línea del tren. De pronto reconocí los pilares del puente: estaba pasando por donde se rodó la escena en que Marlon Brando va caminando, se tapa los oídos cuando pasa el tren y luego sigue detrás de Jeanne (María Schneider) en “El último tango en París”. Siempre me pregunté ¿qué paso con esa actriz después de interpretar ese personaje?

Letelier: En París no se tiende la ropa en el balcón como en Valparaíso. Sabes que cada vez que iba a lavar la ropa a la lavandería, Maria Schneider salía a fumarse un cigarro al balcón. Al principio yo no sabía que mi vecina era la protagonista de “El último tango en París”. Eso fue hace mucho tiempo, ella falleció y yo ya no vivo ahí. Ahora estoy en contacto con un gran director de cine francés, Dominik Moll, con el cual me hice amigo primero, compartimos películas y nos juntamos cenar. Después descubrí que es un director de cine y seriales muy importante aquí.

Becerro: Sí, por lo menos a primera vista percibí en el Metro y en los barrios que la mezcla es muy diversa y muy potente, te puedes topar con personas que son absolutamente anónimas hasta con un famoso. En la calle en que está el Palacio Garnier u Ópera de París, creí ver en uno de los pasillos a Marcello Mastroianni, pero no era cierto porque él está muerto, al menos que sea su fantasma o una persona muy parecida, porque iba del brazo con Sofía Loren. Es probable que solo haya sido una de mis tantas alucinaciones cinéfilas.

Letelier: Puede ser, está todo tan raro. Lo único que miro a veces de “El último tango en París” es la escena en la pista de tango, me encanta esa escena. Bueno, en París te cruzas con Björk, almuerzas con Nathalie Portman, de repente aparece Madonna, que viene a ver al teatro a Charlotte Gainsbourg con su mamá, o divisas a la trapecista de “Las alas del deseo” (Solveig Dommartin). En realidad, hoy en día puede pasar cualquier cosa. Hasta hace algunas semanas la sociedad occidental lo tenía todo, creía tenerlo todo o, por lo menos, una parte de ella lo tenía todo.

Becerro: Me da la impresión que esto que ocurre es a la fuerza, porque siempre he sentido que Occidente no está preparado para dar el salto al futuro. En el fondo es una civilización rudimentaria y arcaica que tiene valores mediocres, sustentados en la obediencia y el sometimiento, y que deposita su confianza en la engañosa cultura de la educación judeocristiana y ahora neoliberal, que es absolutamente material. Imagina lo que está pasando ahora adentro de algunas casas en cuarentena. ¡Uff! Debe ser terrible. Pero de seguro algo va a pasar o algo tiene que salir de este encierro con distancia social. Algo aprenderemos, algo se sacaremos, digo yo. Alguna conclusión. Bueno, los más necios no sacarán nada: están seguros de que todo sigue igual y querrán volver pronto a la supuesta normalidad.

Fotos: Archivo Agustín Letelier

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