Adiós a Miguel Sepúlveda, primer bailarín del Ballet Pucará y maestro consecuente

Por Héctor Muñoz

Sin bulla o destacados párrafos en la prensa, que ya no sabe lo que informa, fue despedido por sus familiares, amigos y discípulos el bailarín y coreógrafo nacional Miguel Sepúlveda Figueroa, quien falleció esta lluviosa semana de junio debido a un repentino infarto en la ciudad de San Antonio, donde pasó los últimos años de su fecunda vida dedicada a la danza.

Conocí a Miguel Ángel, como algunos le decíamos, en 1971, cuando llegó junto a un par de hermosas compañeras de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile a la modesta escuela básica 312 de la comuna de Quinta Normal, ahí en Mapocho con Catamarca, con la intención de introducir en la danza a los niños del sector.

Metatarso, punta; metatarso, talón, era el ejercicio obligatorio al inicio de cada sesión semanal del taller, que concluyó aquel año con una obra alusiva a los animales que ocupó todo el patio principal del colegio. Ese mismo día, a pedido de los presentes, Miguel también bailó completamente solo ocupando de esquina a esquina, por sus diagonales, la cancha de baby fútbol, en torno a la cual se disponía el público -escolares de todos los cursos, profesores, padres y apoderados-, que aplaudió a rabiar los brincos armónicos del coréografo. “Hacía tantas locuras cuando joven”, me dijo en diciembre pasado Miguel Sepúlveda cuando le recordé el episodio en una visita a San Antonio.

Pero aquellos sistemáticos talleres de danza fueron mucho más que un acontecimiento del barrio, del cual el coreógrafo también era oriundo, ya que su casa familiar está en Salvador Gutiérrez al llegar a Samuel Izquierdo. Porque la travesía desde que estos bailarines del Conservatorio llegaron a la 312 (hoy Calicanto) también incluyó, mes a mes, experiencias extraordinarias que, sin esta presencia mágica, aquellos cabros chicos de colegio con número seguramente nunca habrían podido contar.

“Todo fue idea de Joan (Turner), mi profesora guía de titulación”, me contó con extrema modestia Miguel Sepúlveda, que en ese momento, en pleno gobierno de la Unidad Popular, era además primer bailarín del Ballet Folklórico Pucará y, por consiguiente, protagonista principal de “La cantata Santa María de Iquique”, que por esa fecha se estrenó en el Teatro Municipal de Santiago con coreografía de Ricardo Palma y música de Luis Advis interpretada por el conjunto Quilapayún.

Hasta ahí llegó Miguel Ángel con su tropa de escolares de ambos sexos para que vieran una de las primeras funciones de la cantata, de la cual el Pucará alcanzó a realizar más de mil funciones, de acuerdo a lo que me confirmó el bailarín. Como tenía que estar en escena en aquella oportunidad, el maestro no encontró mejor solución que dejar con llave en uno de los palcos principales (el poniente) a sus alumnos, para tenerlos a la vista desde el escenario y evitar que salieran a recorrer un laberinto tentador para aquellas inquietas mentes infantiles. Apenas terminó la obra, Sepúlveda corrió al palco y bajó con su montonera a los camarines, donde fueron recibidos como iguales por el resto de los integrantes del Pucará.

Pasear por Santiago era común para esos niños de 10 y 11 años, ya que la Facultad de Artes disponía de su bus y era común también ir al edificio de calle Compañía 1264 para mirarse en los grandes espejos de los salones de danza y, lo principal para los pequeños, sentarse en el gran casino semicircular, comer en unas bandejas plásticas, mirar Santiago desde lo alto y correr por el balcón en medio de los melenudos estudiantes universitarios.

Pero lo más notable sin duda fue el examen final de aquellos aspirantes a bailarines y del propio Sepúlveda, que no dudó en proponer a sus alumnos, todos cubiertos por un breve taparrabo amaranto, para una singular performance en el mismísimo Museo Nacional de Bella Artes, repleto como nunca antes se había visto para un ejercicio que vinculaba a los jóvenes universitarios, que habían diseñado maquetas de gran escala, con estos niños danzantes. En el hall principal se habían dispuesto imponentes estructuras de materiales muy livianos, como enormes planchas de Aislapol, textiles, mallas plásticas y similares, algunas de muy reciente aparición en el mercado.

Los alumnos de Sepúlveda entraron por una puerta lateral después de dar unas vueltas por el Parque Forestal, se alimentaron como es debido en una sala de restauración de pinturas y, en un momento dado, cuando el recinto se había repletado de público, académicos como Nemesio Antúnez y José Balmes, y pesadas cámaras cinematográficas europeas, particularmente de países del este, muy interesados en el proceso chileno, Miguel Ángel entró a la sala donde estaban sus chicos con taparrabo y dio la indicación. “Ya”, dijo aquel día. “Ahora saldrán y destruirán todo lo que encuentren a su paso”, ordenó.

Qué le dijeron a ese escuadrón de Quinta Normal. En medio de los gritos y aliento de los asistentes, los pequeños entraron en acción y comenzaron a derribar las ordenadas piezas. Para deleite de todos, el caos se apoderó del lugar. Las fuerzas infantiles parecían incontrolables y, en cuestión de minutos, aquello que se presentaba como una cuidada exposición se transformó en un campo de batalla. No hubo bajas en el equipo de la 312 y, como premio, todos volvieron a reponer energía en el casino de la U, una clásico para los discípulos de Miguel Alejandro Sepúlveda Figueroa, Miguel Ángel para sus alumnos, un imprescindible para los niños del 71.