Rodrigo Vicencio, proceso de arte puro

Por JAVIERA ANABALÓN, Xiamen, China

Veladura tras veladura, entre los pliegues de cuerpos fornidos y flácidos, la obra de Rodrigo Vicencio expone un universo constituido en el seguimiento exhaustivo de la expresión artística pura, cuya consumación exige la ausencia absoluta de cualquier jerarquía, expectativa o idea preconcebida sobre la obra de arte, que pudiera condicionar de algún modo la libre manifestación del creador.

La obra acontece como suceso, como experiencia, tanto en el encuentro íntimo con el espectador, como en su transcurso de materialización, en el cual Vicencio, agudo estudioso y observador de su propio proceso creativo, suspende toda lógica y reflexión para dar cabida a un ejercicio de vaciamiento y autorreconocimiento.

El arte puro emerge de un proceso que debe olvidar su condición de medio -como un acto en función de una finalidad “otra”, como puede ser el objeto/obra- para concebirse como un fin en sí mismo, lo cual toma lugar en la experiencia inmediata del encuentro entre el cuerpo y la tela; en el acto repetitivo de disolver el pigmento y de aplicarlo, borrarlo o difuminarlo. En el movimiento del trazo de sus dibujos y pinturas, la obra de Rodrigo Vicencio se devela finalmente como la huella de una ejecución gestual y emocional; como vestigio de un rito de creación; como una danza sagrada cuya cristalización deviene en obra de arte.