Roberta Requena habla de la mano jabonada de la Iglesia Católica

“Destrucciones de uso” es el nombre de la muestra que abrió la temporada de exposiciones 2013 del Centro Experimental Perrera Arte. La exitosa exhibición colectiva incluyó las obras “Manual de carroña”, de Ingrid Miranda, “La gravedad de la fuerza”, de Gabriel Holzapfel, y “Central de inteligencia”, de la escultora Roberta Requena, quien regresó así a la factoría del Parque de los Reyes después de la muestra individual “Sin culpa”, donde presentó, entre otros trabajos, el enorme rosario realizado en jabón, que ilustra esta nota.

-Cuéntanos de tu nueva obra. Fue hecha en jabón, un material con el que ya habías trabajado previamente.

-Es una mano, la derecha,  de un metro y medio de radio, realizada en jabón blanco,  higiénico por dónde se mire, y que representa la mano de un titiritero. Entre los hilos transparentes que penden de sus dedos cuelga un reclinatorio, ese artefacto que se encuentra en las iglesias, que puede ser múltiple o individual, ceremonial u hogareño. También de  madera, duro e incómodo, o una delicia acolchada y lujosa. El reclinatorio sirve fundamentalmente para cumplir el sacramento de la confesión, revelar los pecados, los secretos y sacarse las culpas, que ya no te pertenezcan. Todo un tema, tanto como los significados que tiene el jabón. Desde que hice el rosario de jabón que expuse en la Perrera Arte en 2011, ya van varias esculturas en ése material y hay otras en proceso. Es muy evocador, desde el aroma, tan encubridor de todo lo que se acaba de lavar. La higiene desata muchas cosas en la imaginación si lo asocias a un material escultórico. El reclinatorio argumenta su peso en cemento. A buen entendedor…

-La Iglesia Católica vuelve a estar en el centro de tu preocupación, justo ahora que eligieron un nuevo Papa.

-Siendo mi gran tema las estructuras de poder, la iglesia, cómo no, es una gran fuente de inspiración, especialmente la católica, que es en la que he sido criada, educada, socializada, como gran parte de los chilenos y latinoamericanos. Por esto es que aún es considerada por muchos historiadores e hispanistas como nuestro sustrato identitario. Y ella, debo reconocerlo, se esmera siempre por darme material. La obra, naturalmente, estuvo pensada desde mucho antes de saber la renuncia del Papa. Esta es una muestra planificada con bastante antelación. Pero, como toda obra, va soltando datos y posibilita toda la cosa intuitiva. Se podría decir, irónicamente, que todo calza. El que  haya decidido finalmente realizar el reclinatorio en un material con un peso literal, como el  cemento, y con partes del fierro estructural oxidado a la vista, es parte de lo que estamos viendo. Este reclinatorio de cemento está casi rebanando los dedos de esta mano titiritesca, pero, sin embargo, aguanta. Que apenas comenzada la nueva evangelización para América Latina y Europa, que lanza el Vaticano en octubre de 2012 con el fin de frenar asuntos tan perniciosos en  la sociedad, como los crecientes relativismo, hedonismo y secularización, renuncie el Papa, algo indica. Y es algo que no sucedía desde 1415.

Fotos: Cristian Richardson y Scarlett Segura

-¿A qué aludió el nombre “Central de inteligencia”? Son tres palabras que, juntas, no traen buenos recuerdos a los chilenos.

-Debo reconocer que estoy teniendo una cierta fijación con las evocaciones de la  frase “Central de…”. Ya en la muestra “Sin culpa” tuve una “Central de abastecimiento”, que aludía al canje de puntos por buena militancia religiosa. Ahora, nuevamente, tengo una obra que es bastante pulcra en su manufactura, muy simple, con una iluminación discreta, pero que, sin embargo, apunta a que estos movimientos de la mano no son aleatorios: no hay nada al azar, sino que son observados y direccionados por un foco que, aunque mira de soslayo, está claramente atento a cada movimiento. Y así se ve también en la práctica, hay una defensa corporativa y una persistencia histórica. En definitiva, una central de inteligencia que, con muy honorables excepciones, ha movido los hilos, las verdades;  manipulado conciencias, usando la confesión con fines ideológicos, legitimando situaciones, retiros en monasterios, en fin. Es cosa de leer el diario, escuchar las noticias o  abrir libros de historia de cualquier período. Algunos ejemplos se podrían tomar de Núñez de Miranda, el confesor que logra la “conversión” de Sor Juana Inés de la Cruz, o el Papa Pío XI en los tiempos de Franco en España. Y, claro, hay más.

-¿Cómo se gestó esta exposición colectiva y por qué escogieron el nombre “Destrucciones de uso”?

-Hace tiempo que los tres nos veníamos observando las obras y pensando que teníamos que hacer algo juntos. Con Ingrid, además, somos muy cercanas en nuestra línea de pensamiento, tanto que tenemos un colectivo, Donna; Doble o nada, con el que a veces hacemos obras conjuntas  y otras  individuales. Esta vez se trataba de darle un giro más extremo  a las cosas y Gabriel tenía esta obra que calzaba perfecto. Empezamos a tirar propuestas de títulos y a destruirlas, darlas vuelta, rearmarlas. “Destrucciones de uso” fue como la elección  natural a esta búsqueda de relecturas, irónicas todas por supuesto,  al discurso de la estructura de  poder oficial. Cada uno desde un frente distinto: Ingrid  con “Manual de carroña”, desde los valores asignados a los roles genérico sexuales;  Gabriel, en “La gravedad de la fuerza”, desde la política y la información, y yo, con “Central de inteligencia”, desde la religión, dejamos un manual que juega con  instrucciones de colapso y caída. Ya que, evidentemente, de lo que estamos reflexionando es el peso.



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