Mario Irarrázabal: “Si tuviera otra vida, haría un arte más parecido al de Picasso”

Por Camila Sánchez Andueza

Peñalolén tenía menos árboles, pero para él era más bonito. La tierra, el polvo, la raíz estaban ahí, sin mucha intervención. La distancia entre una casa y otra era mayor y el único bus que llegaba al sector los dejaba unas seis o diez cuadras más abajo. No había electricidad, ni rejas, ni universidades. Agua sí y se conocían todos. En la capilla, en la panadería, en el trayecto. Con voz nostálgica, Mario Irarrázabal, escultor de 76 años, reconoce que ha sido testigo de la transformación de su entorno. “Llegamos construyendo la casa pieza por pieza, lo hicimos nosotros y eso tiene algo de hermoso. El sitio no era tan grande y casi no había árboles, puros espinos. Pero es bonito eso de una pareja joven haciéndose el lugar para vivir”, reflexiona.

¿Qué fue lo que más les atrajo?

Bueno, nosotros éramos de elite y mi familia quería que yo me estableciera en Los Dominicos. Mi papá tenía la intención de regalarme un buen sitio, pero nosotros deseábamos vivir en un lugar popular. Mi mujer, que es profesora de enfermería, quería trabajar en la salud, hacer una labor voluntaria. Entonces nos gustó acá, porque sentíamos que era un lugar sencillo, pero a la vez hermoso.

¿Cuál es su relación con lo colectivo?

Se podría resumir en la palabra nosotros, referida como la idea de que uno, en la condición de individuo, se descubre solamente en lo colectivo. Tengo una escultura llamada “Apartamento”, que alude a que cada uno está en su metro cuadrado. Ves estos edificios tremendos y te preguntas cuál es la relación entre las personas que viven tan cerca. Luego, debes llegar a la conclusión que en una ciudad así de enorme, es necesario que tú te protejas, no puedes tener excelentes relaciones con las ochocientas personas de tu edificio. Es como un símbolo respecto al tabique de dos centímetros que puede haber entre mi vida y la tuya: tú puedes estar pensando en suicidarte y yo puedo estar pensando en la guagüita que no nació.

¿Cómo describiría su proceso creativo?

Se podría decir que soy lo opuesto de Pablo Picasso: él es una persona muy libre y creativa, con una facilidad para introducirse en idiomas nuevos. Yo no. Yo tengo todas mis piezas aquí encima y hago variaciones, pero estoy inserto en esta historia y, para mí, todo se evoca a un solo relato. Entonces, no estoy dispuesto a dar grandes saltos, en ese sentido soy bien restringido.

¿Es porque se siente cómodo con el material?

Ni tanto. Yo siempre digo que, si tuviera otra vida, haría un arte más parecido al de Picasso: con mayor colorido, juguetón, menos serio. Pero la realidad que me ha tocado vivir ha sido muy dura y siento como una obligación abordarla así. Desgraciadamente, para mí eso no es algo del pasado: las guerras mundiales están muy encima, la Guerra Fría también, para qué decir todos los conflictos en Chile. Veo que termina uno y empieza otro. Entonces me cuestiono la forma en que se puede hacer reflexionar un poco al hombre para que éste se pregunte: ¿Tienen que ser así las cosas?, ¿no podrían ser distintas?

En su proyecto Parque Museo Humano, ¿cuál es la concepción de humano que usted desea plasmar?

Le puse humano, porque todo es figurativo. Lo que aquí se plantea es qué tipo de sociedad queremos nosotros y cómo nos vamos a tratar unos con otros. Es la inquietud de cómo hacer a la gente más sensible a situaciones concretas de la historia del hombre. No somos muy distintos de un período a otro, nos cuesta aprender lecciones.

Niños de diferentes escuelas vienen a ver las esculturas que Mario Irarrázabal tiene en su patio y galpón. “Hoy en día todos los chicos tienen sus celulares y con ellos sacan fotos, buscan ángulos y a mí eso me da gusto, porque desde pequeños van aprendiendo a observar. Un día, a las tres de la tarde suena la campana y era uno de ellos: me dijo que tenía que mostrarle las agriculturas a su mejor amigo, así que no me quedó otra que abrirle la puerta. Ni siquiera me esperó, sino que él empezó a explicarle al otro cabro todas las agriculturas”, cuenta entre risas el escultor.

¿Cuán importante es la distancia que hay que tomar para mirar la perspectiva de las cosas?

Qué bonita la pregunta, porque se supone que, si estás demasiado encima, de repente no las tomas en cuenta; y si estás demasiado lejos, tampoco. Yo siempre cito ahí a Violeta Parra, ya que para apreciar la cultura chilena, lo propio, nuestras raíces, tienes que estar muy cerca de ello, pero a la vez debes mirarlo con ojos de muy lejos. No las podría separar, tendrían que ser las dos visiones al mismo tiempo.

¿Su proceso de observación tiene un carácter racional o es más bien emotivo?

Es más bien emotivo. Sin embargo, tengo una carga políticosocial muy fuerte. Siempre ando buscando un símbolo que haga pensar a la gente, aunque tú no tienes ninguna certeza de que vaya a resultar y eso también es lo hermoso del arte. A diferencia de otras disciplinas, nosotros nunca sabemos cómo las personas perciben nuestra obra y, en este sentido, he tenido experiencias bien fuertes: han venido muchos grupos de ciegos y, al principio, yo estaba muy incómodo e intranquilo, pero con el tiempo me fueron ganando. Cada uno tiene su manera de ver las cosas y te llevas sorpresas.

En sus esculturas prevalece la figura humana. ¿A qué se debe esto?

Yo necesito trabajar con la figura humana: gozo con las personas, con las caras, incluso gozo con las escenas feas, porque las veo como si fueran parte de una obra teatral. Uno se fascina con el cuerpo humano y a mí me gusta no idealizado, es decir, como parte de una persona que tú vas conociendo: cada uno tiene una manera de ser, tiene su cuerpo y eso para mí es hermoso. Entonces, una niña fea puede ser la más bella ante mis ojos. Uno trata de aislarse de estereotipos: lo bonito son las personas, su forma de ser y de relacionarse.

¿Cómo se logra permanecer fuera del juicio y del estereotipo?

Yo creo que observando a la gente y enamorándose de las personas. He vivido en muchos países y sucede que de repente vas viajando y te enamoras de una señora que está vendiendo el pan, porque hay una cierta simpatía en ella. A veces me pasa con la cajera del supermercado. Hay gente que es como palo y otra que es hermosa, transparente, te regalan una parte de su ser y eso tiene bien poco que ver con fachas y estereotipos.

Mientras conversamos bajo el parrón, Juana, la gata de Mario Irarrázabal, llega, se alimenta y se va: “Ella es completamente independiente, vive en su mundo, vive a sus anchas. A mí me gusta eso, su tranquilidad”, comenta el artista.

¿Por qué la figura animal prácticamente no aparece en su obra?

Eso me lo he preguntado siempre. A mí me gusta mucho la naturaleza: las montañas, el mar y los animales, pero tengo hartas trancas, algunas muy fuertes. Por ejemplo, no puedo ir a los zoológicos. Me encanta ver a un animal libre, en su ambiente, eso es lo más hermoso del mundo, pero tengo mis dudas cuando voy a un criadero de pollos o veo una mascota que es demasiado regalona. En mi época de universitario tuve una experiencia bien negativa: me tocó ir a trabajar a un matadero y eso me marcó mucho. Fue fuerte. Y desde ahí que prácticamente ya no como carne, cuando lo hago es por razones sociales y trato de no pensar. Lo que sí me interesa es descubrir lo animal en uno, al igual como sucede con lo femenino en lo masculino. Me encanta. Los instintos, el hecho que seamos animales, cómo funciona nuestro cuerpo, todo eso es fascinante.

¿La materia es la base de la escultura?

Sí. Yo tengo amigos que viven todo el día trabajando con piedras en canteras y de repente hasta se hacen heridas: qué extraño que en el siglo XXI se esté creando con piedras cuando hay miles de materiales nuevos. Es interesante lo que le sucede al hombre contemporáneo cuando se confronta con una pieza orgánica tan potente. En las piedras existe personalidad. Es bonito sentir que eres parte de toda esa historia y que tienes la posibilidad de transformarlas en bellas esculturas.

Cuando usted fue a Isla de Pascua se sorprendió con las esculturas megalíticas. ¿Qué significó para usted ese encuentro?

En ese viaje me di cuenta que, por un lado, estaba cansado de lo que hacía y necesitaba renovarme. Por otro lado descubrí que hay un alma súper primitiva dentro de mí. Comencé a crear con aquel tinte y me encantó. Fue una sensación extrañísima el encontrar magia y nobleza dentro de aquellas obras. Los pueblos primitivos tienen una sabiduría que se ha ido perdiendo: su relación con la naturaleza, los materiales, la política y el grupo humano. Entonces me pregunto si realmente estamos progresando o no. En términos peyorativos, ¿quién es más primitivo?

Cuando la conversación se torna cálida, Mario Irarrázabal me sorprende con una advertencia: “Pero no creas todas las cosas que te digo, solo la mitad”, comenta entre risas.

-¿Y por qué me va a decir solo la mitad de la verdad?

Para que la otra te la imagines.

¿Cómo observa el Chile actual?

Estoy un poquito asustado, porque hemos dado muchos pasos y han tenido un precio muy fuerte. Como te decía, la democracia no es un regalo, no es una cosa que tú logras para toda la vida, sino que tiene que estar trabajándose todo el tiempo en las relaciones humanas, en el vecindario, en la familia, en el país. Entonces, para mí siempre va a ser una tarea compleja y delicada. Le tengo mucho miedo al populismo y ver señales de eso me asusta bastante.

¿Dónde haría un Museo de Arte Contemporáneo y cómo se lo imagina?

Antes de pensar en un Museo de Arte Contemporáneo (MAC), es necesario ordenar lo que ya tenemos: el MAC debe entregar su actual recinto al Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA) para que se integren, finalmente, las dos partes del edificio. El MNBA debe tener una buena exposición permanente que abarque solo hasta lo moderno, dejando fuera lo experimental y conceptual contemporáneo. La Universidad de Chile debe quedarse con su actual dependencia en Matucana, tiene que ser libre y no pretender, como lo ha hecho hasta ahora, ser el Museo de Arte Contemporáneo nacional. Habiendo así clarificado el desorden actual, se puede uno preguntar: ¿Cómo y dónde se debería hacer un Museo Nacional de Arte Contemporáneo? Me imagino un país descentralizado donde Santiago pasa a ser capital simbólica, trasladando el Congreso de vuelta y con universidades y vida cultural; las industrias y todas las poblaciones adherentes se reparten a través del país. El MAC podría estar cerca del centro cívico a una distancia caminable o, también, en una zona de la precordillera muy amplia y hermosa con acceso de Metro. Si esto no fuera posible, me lo llevaría a Valparaíso, a un lugar bello y asequible. El actual museo en Cerrillos sirve para hacernos conscientes de una gran falta, pero es inaccesible y está en un espacio poco simbólico.

Fotografías: Archivo Mario Irarrázabal y Camila Sánchez Andueza



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