Grillo Mujica presenta sus anécdotas de un bricoleur: hoy, El diván

Por Gustavo Grillo Mujica

Tuve tendencia a antropologizar a los franceses desde una visión chilota”. Raúl Ruiz

Jean Francois, Brigitte, Claire y Cristine, estudiantes a punto de egresar de L’Ecole Normal Superior de Ulm, París, Francia, comparten un amplio departamento en la calle Michel Chasles del Quartier Bastilla, barrio emergente en los ochenta, pues fue puesto a la moda por la instalación de intelectuales y artistas.

Me ceden una chambre de bonne, pieza destinada para el servicio, que los edificios burgueses franceses suelen tener en el último piso. Esas son las famosas buhardillas, habitáculo obligado de gente pobre o romántica, muchas aún con inodoros y duchas comunes para varios cuartos en el pasillo. Mi ventana, tragaluz en ángulo, es un instrumento de percusión con el granizo de invierno, pasaje hacia el cielo o asoleadas en verano. Da hacia un vértice del techo de cinc, parada de una familia de cuervos, pajarracos que ganaron ese territorio a las palomas, aves que detesto. Tengo una perspectiva otoñal de esos techos.
En estas buhardillas han habitado casi todos los estudiantes y artistas extranjeros que han pasado por París, no sé desde cuándo. Siempre tuve la impresión que en territorio parisino, como en varios, no hay transcurso del tiempo.

A mis protectores franceses les vino de perillas un bricoleur (1), además chileno. El golpe de estado en Chile fue un escándalo mundial, especialmente en Europa. La inteligencia políticamente correcta europea, ex sesentayochianos, muchos ya en el poder, buscaban contacto con chilenos para, en su último romanticismo, apoyar la oposición anti-dictatorial. Si hasta algunos se ofrecieron para ir a combatir, como las Brigadas Internacionales durante la guerra civil española, cuando se supo en París, que el constitucionalista general Prat avanzaba desde Talca para defender esa novedosa democracia marxista. Evidentemente noticia falsa.

Supieron que yo dirigía una revista político-cultural del exilio, e inmediatamente me acogieron bajo su alero. Cristine, curvilínea historiadora, a propósito de mis “teorías” en ese instante, sacó la conclusión de que los latinoamericanos estábamos en plena invención de nuestras identidades, como los judíos diaspóricos pos guerras. Me hizo estudiar el sionismo.

Les fabriqué bibliotecas para muchos libros. Me recomendaban a sus relaciones para trabajos de pintura y carpintería. Era un protegido exótico invitado a sus tertulias. Les cociné algunos pasteles de choclo. Les divertía mi horrible acento y se sorprendían de mi admiración por Walter Benjamin. Me pusieron a prueba o talvez quisieron que yo fuera como ellos: me encargaron un artículo sobre el concepto de aura de Benjamin (2), sobre el que yo hacía averiguaciones. Me declaré incompetente.

Mis nuevos amigos comparaban los movimientos Change y Tel Quel. Descueraban a Phillipe Sollers. Brigitte, que competía en buenas pechugas con Cristine, se preocupaba de alfabetizarme en ciencias sociales.

En sus reuniones, con gastronomía de excelencia, se cotilleaba de Roland Barthes, Julia Kristeva, Michel Foucault, Derrida, etcétera. Tal como los posteriores potomodernos comentan los reality shows. Brigitte intentaba explicarme a Deleuse y Guattari. El “Anti-Edipo” de estos señores y su análisis de Kafka me marcaron más anarco.

Impaciente y sin rigor teórico, saqué cuentas de un movimiento endogámico. Todos se citan entre ellos. Para agarrar algo, tenía primero que pescar a Saussure, a Jakobson, vacilarme la lingüística rusa y al menos Freud que, como mi padre psiquiatra lo detestaba, a mí me interesó. A Sigmund lo leí con tanto placer como a Barthes y al poético Lévi-Strauss. Este último señor, con su “Pensamiento salvaje”, me instaló el temor de que la poesía no fuera como un bricolage ad infinitum, un montaje eterno, un producto-collage siempre provisorio, sin innovación, pues aparece siempre la pre-existencia de las partes viejas. Por estas orillas, le tomé bronca al concepto de intertexto de la Kristeva. “Kristeva, Kristeva, me tenís hasta las huevas” fue una resentida frase mía, que alguien catalogó como un “artefacto” parriano. Y considero los “artefactos” como tontismo poético (3), asunto que me ha significado más de un malentendido con fans parrianos, pues el Tontismo y la Antipoesía “no son lo mismo, pero son igual”.

Terminé más pegado a la Escuela de Frankfort, a su historia (4) más que a sus pensamientos. Me fascinó la anécdota del padre de uno de ellos, millonario por negocios de granos en Argentina, que financió la escuela de mis judíos preferidos. Sudamérica mantuvo a pensadores mundiales, pensé. Guauu…

Emergían “los Nuevos Filósofos”. Políticamente incorrectos. Un tal Bernard-Henri Lévy, insoportable para mí por ser el primer filósofo farandulero, jode a los sesentayochianos al opinar que Pinochet no era malo. Para mi placer, B.H. Lévy fue humillado por un anarco-situacionista con un sorpresivo ataque público: lo embadurnó con una tarta a la creme en pleno hocico. Este terrorista a la creme también atacó al héroe de mis amigos normalianos: nada menos que al cineasta Godard, de quien solo me gustó la tremenda muerte callejera que interpreta Jean Paul Belmondo en “Sin aliento”. B.H. Lévy (en la foto que sigue) tiene récords de ataques con tartas a la creme.

Bernard-Henri Lévy luego del pastelazo

Un día Jean Francois, el niño mimado de la comunidad de mis intelectuales protectores de la rue Michel Chasles, me comunicó que un “Psi” (así decían ellos, por psicólogo, psicoanalista, psiquiatra), un “Psi” maestro de todos ellos necesitaba de mis servicios de bricoleur. Mi manualidad me sostenía. Fui con mis herramientas altiro.

Me apersoné en 5 rue de Lille, a un típico edificio burgués parisino (en la foto que sigue).

5 rue de Lille

Abre la puerta un señor canoso con anteojos, un tanto acartonado. Le digo que me envía Jean Francois Chevrier (5). Saluda más bien a mi caja de herramientas que a mí. No recuerdo muchos detalles de su lugar. Quizás no me importaron o ya estaba habituado al entorno de intelectuales franceses. Con mi instinto ya entrenado, catalogué a este señor como un obsesivo, digamos cliente pesado, por el orden comme il faut, ultra meticuloso de su entorno, de su biblioteca, muebles y objetos.

Me salió con un encargo de bricolage, digámoslo suavemente, chiflado: me pidió que le aserrara un par de milímetros a una pata de un diván. Me dijo que necesitaba ese mueble con un petit defaut, traduzcamos cojera. Era el diván que utilizaban usualmente sus pacientes.

Algo me explicó: no quería de ningún modo una perfección burguesa en su exocuerpo cósico, es decir, sus muebles eran extensiones de él mismo, más que de sus usuarios cotidianos, atribulados pacientes de su consulta. Mi cliente quería que los cuerpos, los culos, los “uno mismos” de sus atribulados pacientes, no sintieran una estabilidad inmediata en su soporte. Quería que los usuarios(as) de ese diván, sintieran la cojera, sintieran una imperfección. Según él, sus pacientes soltarían más sus rollos y “nudos” al sentarse, al ocupar este mueble cojo, insoportablemente cojo, como la mayoría de los muebles de bistrots, de restaurantes, o de los muebles antiguos, me explicó, indiferente a mi perplejidad idiota.

Ejecuté lo que me pedía. Fue complicado intervenir el sofá pues era bastante pesado. Tuve que voltearlo con la ayuda de mi mismísimo cliente para lograr aserrarle delicadamente una pata. Procedí con un serrucho de costilla, fino, esos utilizados por los enmarcadores (en la foto). Mi cliente me seguía cada gesto.

Fue el primer parisino que no me preguntó de la situación chilena. Puntos a su favor.

Cuando terminé este trabajo absurdo, limpié las briznas de aserrín y guardé en mi caja los restos de la pata del diván, para no ensuciar su papelero sin papeles. El recorte de la pata, posiblemente por la calidad y dureza de la madera que no pude identificar, me dejó una lonja rectangular casi cuadrada, muy fina, negra de cera cochina del encerado del piso por una cara y corte de veta maderístico limpio por la otra cara.

Todo el operativo de imperfeccionar este mueble duraría una media hora. Saqué cuentas: su interés personal en mi obrar, que me puso nervioso, más dos telefonazos que sonaron (noté su demora en atender a propósito, más, mi ida al baño a mear). No tenía idea de cuánto cobrarle por semejante trabajo. Calculé unos francos por desplazamiento y una hora mínima de trabajo “al negro” (informal, no declarado, sin impuestos).

Algo me comentó de la fascinación que le producían las herramientas, especialmente las de carpintería antiguas. Me pagó, se despidió con mano y todo. Me dirigí al Metro un poco frustrado por mi precaria ganancia.

Volví al departamento de mis protectores en la rue Michel Chasles, apostando que habría alguien. Preví dejar mis herramientas allí, pues tenía pendiente una biblioteca que estaba armando en la pieza de Claire (6). Ella: cara de manzana, con anteojos redonditos onda John Lennon. E studiante, aunque ya colaboraba como crítica de cine en Le Monde. Me dedicó un libro de su autoría sobre Joris Ivens. De este documentalista francés solo vi algo sobre los maoístas y su estupendo documental de Valparaíso.

Me abrió Jean Francois, con un recipiente redondeado, sin dejar de batir huevos. No todos saben que no se puede dejar de batir los huevos para que la omelette resulte perfecta. Mi comunidad de normalianos franceses tenía fijación con las omelettes, fáciles y rápidas de hacer. Jean Francois continuó batiendo los huevos dirigiéndose a la cocina y yo siguiéndolo, pues me interrogaba curioso. La omelette, según mitología francesa, fue inventada en Francia, cuando le improvisaron algo de comer a no sé cual rey, que llegó sin aviso al castillo de alguno de sus nobles. Según otra versión, es invención italiana, y así. Es lo jodido, ambiguo, de averiguar la firme de diversas fuentes. Cierto día, le pregunté a una señora francesa, en una feria del barrio latino, la receta de la Ratatouille: mientras compartía su receta conmigo, otras damas francesas cercanas, con la oreja parada, nos interrumpieron con otras versiones del Ratatouille. Yo me retiré, con mi técnica oriental de ser invisible: las señoras siguieron discutiendo sus secretos del Ratatouille. En Francia debe haber casi tantas recetas del Ratatouille, como de sus quesos.

Al territorio de Claire me dirigí, con mi caja de herramientas, para atacar mi próximo trabajo de bricoleur. Tremendamente desordenada la Claire. Sus papeles, libros, diarios, revistas ropas por los suelos me ponían en situación de voyeur, de sapo, de mirón. Al menos ella tuvo la gentileza de chutear todas sus pertenencias cerca de su cama, siempre deshecha. Un mero colchón en el suelo con sábanas verde loro y un par de ponchos étnicos. Gentilmente, Claire me había dejado limpio de cachureos el sector donde yo carpintereaba su nueva biblioteca sur commande.

Jean Francois me llama de la cocina sin dejar de batir huevos. Pregunta curioso qué necesitaba reparar su maestro. De repente, lo nomina: su maestro “psi”, psicólogo, psiquiatra, psicoanalista, es un fulano llamado Lacan. Allí caí en cuenta que mi chiflado cliente de la mañana era un señor importante. Brigitte, mina de Jean Francois, ya había tratado que yo le hincara el diente a sus “Escritos”. Confieso que no lo logré, o digerí el libro a medias, aun considerando mi curiosidad de adicto rompecabezista.

Cuando le cuento el trabajito que le hice al “Psi”, Jean Francois se olvidó de su omelette. Muy excitado me interroga a quemarropa, tratando de sacarme hasta el último detalle de lo que me dijo Lacan. Anotó todo. Le seguí la cuerda. Por una vez no puse de mi cosecha. Aunque mi memoria a corto plazo es más bien frágil desde siempre, supongo que entonces fui un informante relativamente exacto. Jean Francois (en la foto que sigue) se murió de la risa anotando, sin sospechar mi frustración por la precaria ganancia de ese día.

Lenguajié esa anécdota a alguna gente. Era como un chiste. Después salió publicado por allí, como uno de los tantos excentrismos de Lacan. A posteriori, me vino una curiosidad. Quise concurrir a uno de sus célebres Seminarios. Solo llegando mucho antes logré, a codazo limpio, instalarme en la doceava fila de una suerte de aula magna. Las primeras filas estaban absolutamente tomadas por una mafia acólita lacaniana. Su hija Sybille, su cuñado, los amigotes del cuñado, etc. Este tráfico de influencias me lo había advertido Jean Francois. Constaté la existencia de elites privilegiadas para la adquisición del logos. El College de France estaba repleto. Me sorprendí por el estrellato de mi chiflado cliente. El señor psicoanalista era un súper star. Había una instalación de circuitos cerrados de video para los seguidores que no llegaron a la hora convocada en salas secundarias.

Lacan, anteojudo y canoso, ese día, supongo que se sobrepasó. Hizo un círculo en el pizarrón y después otro, como dos huevas vacías. Se quedó mirando sus círculos meditando, más de lo necesario, creando un suspenso. Imaginé que se referiría a alguna novedosa relación entre la teoría de conjuntos y el meollo. Evidentemente su exposición disparó en otra frecuencia. No voló una mosca entre los cientos de orejas atentas. Tuve un sentimiento de ignorancia atroz. Lacan indica con un puntero el primer círculo que dibujó con tiza en el pizarrón y dice:

-ESTO, es un hoyo…

El público estudiantil y académico embobado. Yo embobado por el público. Lacan (en la foto que sigue) con un puntero, indica el otro círculo. Poniéndole color al tempo, con justo silencio entremedio, el suspenso de un viejo zorro académico, dice:

-ESTO, es otro hoyo…

Su público objetivo, fans, académicos o no, con todas las antenas paradas, estaban atentos a la parole del maestro, a su lenguajear. A cuenta de nada, tira a continuación la sorpresiva anécdota que la noche anterior, mirando una foto de su madre, tuvo el impulso o compulsión incontrolable de fumarse un petard. El pito de cannabis aún lo tenía desconcertado y pedía, ordenaba, insinuaba a todos los presentes, que reflexionaran sobre el hoyo que conlleva otro hoyo y así. Carcajadas del estudiantado “Psi”. Evidentemente olvidé frases, antecedentes que discurseó entremedio. Como siempre me pasa, hago relaciones transversales o patafísicas, y pensé que esos hoyos se relacionaban con algún concepto del infinito borgeano. De su conferencia magistral, mi meollo recuerda solo esos hoyos.

Supuse, hilando fino, que su asunto hoyístico + anécdota cannabislística, tenía un mismísimo equivalente de su encargo chiflado, ese de la cortadura de la pata al diván de la rue de Lille. No sé, mi imaginación edípica interpreta un Monsieur Lacan como un seductor peso pesado. O como le llaman ahora en la red virtual, un maestro en “marketing adicto”.

Después de muerto Jacques Lacan, concurrí un sábado al Hotel Drouot. Para ubicarnos: si la casa de remates inglesa Sotheby’s es muy prestigiosa, el Hotel Drouot, en París, es “la papa” en remates de arte.

Por orden de su hija Sybille se remataban objetos del famoso psicoanalista. “Cada lote será acompañado de una atestación certificando su origen”, decía la convocatoria.

Se remataron objetos de un desigual interés estético. Se vendieron por un total de 717.500 francos, sin impuestos incluidos, según me informé. El martillero, Guy Loudmer, que se parecía vagamente al psiquiatra Lacan, logra 4.500 francos por un paragüero horroroso, otros miles de francos por una simple plancha de terciado con dos caballetes, que yo no vi en la consulta. Un puñal persa sube hasta 50.000 francos y una cerámica de Palissy (siglo 16) sale a 90.000 francos.

La concurrencia no vino solo por los objetos del maestro. Sospecho que se llenó de voyeurs, mirones copuchentos atentos al diván. Lacan debe haber utilizado una media docena, sino más, pero no importa. Los marchants se sobaron las manos cuando salió a remate el último. Las pujas se alocan por el diván que utilizaron los analizados por el maestro. Es adjudicado por 98.000 francos a un comprador anónimo, que operó mediante agente. Después de una larga batalla, le ganó a la psicoanalista Elisabeth Roudinesco. Nunca se supo quién logró el diván. Se rumoreó que fue Judith, la otra hija del maestro.

Puedo certificar que aquel era el diván que intervine.
En fin, la lonja de la pata del diván de Lacan (en la foto que cierra) aún la conservo. Pienso rematarla al mejor postor.

A los normalianos de la rue Michel Chasles, mis recordados Jean Francois, Brigitte, Claire y Cristine, no sé si aún en el Barrio Bastilla, “los techo de menos”. No así a sus omelettes. Los huevos chilenos creo que son más frescos.

 

NOTAS AL MARGEN

(1) Bricoleur. Francés: artesano reparador. Equivalente chileno: maestro chasquilla, en una connotación de reparador de cualquier objeto o artefacto de manera improvisada. Prefiero la definición más o menos antropológica: reparador o armador de un todo con partes viejas o pre-existentes. Claude Lévi.Strauss apunta que el  bricoleur es mitopoético (“El pensamiento salvaje”).

(2) Concepto de aura, de W. Benjamin: http://www.arsgravis.com/?p=156

(3) El Tontismo, es otro movimiento por siaca, otro ismo, lanzado en abril o mayo 2014, en una Galería de Arte parisina, por el pintor chileno Andrés Titi Gana, en donde anunció que él era el Marx del Tontismo y yo, su Engels. El Tontismo, de gran impacto redal, ya es actualmente un Movimiento Tontista Internacional, MTI.

(4) http://es.slideshare.net/Gatojazzy/martin-jay-la-imaginacin-dialctica-una-historia-de-la-escuela-de-frankfort

(5) https://en.wikipedia.org/wiki/Jean-Fran%C3%A7ois Chevrier

(6) Claire Devarrieux: http://www.liberation.fr/auteur/1953-claire-devarrieux

Fotografía principal: Katherine Vergara



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