Gabriel Holzapfel: “La música y las artes visuales son muy buenas amigas”

Gabriel Holzapfel disfrutó como pocos la inauguración de la muestra “Destrucciones de uso”, que tuvo lugar en la Perrera Arte. En las horas previas, sudó tratando de hacer volar su obra “La gravedad de la fuerza”, de alrededor de 100 kilos, y, el día del estreno, sorprendió en la batería de Natisú, que junto a Varios Artistas, le puso el marco sonoro a la exposición. Lele habla aquí de este cruce con la música, de su actual gira con Camila Moreno y de “La sala invertida”, una de las obras visuales importantes que dejó en Valparaíso el movimiento estudiantil de 2011.

-Desde el punto de vista del montaje, ¿que impresión te dejó tu trabajo “La gravedad de la fuerza” ya instalado en la Perrera?

-El montaje de esa obra fue complicado, pero, por sobre todo, muy entretenido porque nadie sabía bien cómo iba a resultar todo. Había una cuota importante de suspenso e incertidumbre y creo que supimos aprovechar muy bien esas dificultades. Digo “supimos”, así, en plural, porque el montaje fue un trabajo en conjunto con José Muñoz, a quien conocí recién en la Perrera, y con la ayuda de dos amigos más, Sebastian Gil y Tomás Matamala. Ellos me ayudaron muchísimo. De hecho, creo que habría sido imposible levantar ese tremendo fardo de “Diarios Oficiales” y “Códigos de vuelo” sin su fuerza. Yo soy un flacuchento que poco y nada podría haber hecho para lograr “suspender” esa mole. Entonces, como iba diciendo, en el montaje sólo podíamos imaginar un resultado posible y al final todo funcionó. La estructura aguantó bien y la cuerda quedó perfecta con la roldana que me prestaron. De hecho, ese objeto fue fundamental para que la cosa se viera “de verdad”. Yo quedé muy satisfecho con la obra. Creo que funciona bien. Se ve pesada, amenazante, inestable y tiene esa cuota de humor que juega con el “Código Aeronáutico”, que es el libro oficial que regula todo lo que pasa en el espacio aéreo de Chile. Aquí levantamos un bulto en el espacio aéreo de la Perrera y, más allá de todo lo que pueda significar conceptualmente, según yo, se veía bien.

-La inauguración de la muestra permitió verte en una doble faceta, de artista visual y músico. ¿Qué tal resultó esa experiencia?

-A mí me encanta que se mezclen las cosas. Es como posibilitar la existencia de dos estímulos importantes. La música y las artes visuales son muy buenas amigas. Pensar nomás en que,  cuando uno va a una tocata, dice “voy a ver una banda en vivo”. Eso: verla. Entonces, la gente que ve una banda en una inauguración de artes visuales también puede llevarse a la casa toda esa energía sonora y performática, que a veces se ausenta de las artes visuales, que suelen ser un poco frías. La música ayuda a que la gente entre un poco en calor, y el calor ayuda a que todo interactúe más desinhibidamente. Como cuando uno cocina algo y tiene que aliñar la comida para quede más sabrosa. Bueno, no sé. Yo lo digo así, porque así lo siento. Capaz que para otras personas no tenga ningún sentido y la música sólo viene a suplir lo que la exposición no logra entregar, porque es muy fome. No sé. Para mí, juntar a Varios Artistas, que es una de mis bandas favoritas, con la Natisú adentro de una jaula en la Perrera es una experiencia de lo más memorable.

-¿Desde cuándo tocas con Natisú?

-La verdad es que yo no toco con Natisú. Sólo estoy realizando un reemplazo. La historia es así: todos los músicos de Natisú, incluyéndola a ella, somos parte de la banda de Camila Moreno. Con la Camila nos vamos de gira a México el próximo 14 de marzo y la Natisú quiso aprovechar que iba a estar el 90% de su banda allá para telonear los shows que vamos a hacer con Camila en el DF. Por eso me pidió que sacara un par de temas y yo feliz, porque me encanta lo que hace Natisú. Entonces, lo de la Perrera fue mi prueba de fuego.

-Tú hiciste el registro de “La sala invertida”, una interesante obra que se hizo en la toma de la PUCV en 2011. Cuéntanos cómo se gestó ese trabajo.

-Lo de “La sala invertida” fue una experiencia maravillosa. Si bien todo fue un trabajo colectivo, los verdaderos gestores de esa iniciativa son Marcelo Arenas y Diego Bravo. A ellos se les ocurrió todo y se consiguieron la sala con la gente de la toma. Los otros llegamos después. Fuimos motivadores, ayudantes, productores. Mi participación en eso fue básicamente hacer registros y ayudar a organizar la inauguración. Yo escribí la frase de Guy Debord en la pizarra (“En el mundo realmente invertido, lo verdadero es un momento de lo falso”). También hicimos un par de videos, que se proyectaban invertidos en la sala contigua. Para la inauguración, recitamos poesía, nos tomamos unos copetes y hablamos sobre esa coyuntura. “La sala invertida” era como la postal que se erigía por sobre toda la cagada que quedaba debajo del edificio, cuando los pacos se ponían brígidos y los cabros corrían y los encapuchados les hacían la pega casi imposible a las Fuerzas Especiales. “La sala invertida” siempre estaba ahí, como una trinchera. Fue todo un suceso. Cuando salió en la portada de “El Mercurio” bajo el título “Robos, destrozos y ‘arte’ tras desalojo de la PUCV” fue como un golazo. Hasta el Alfredo Jaar quedó encantado y se contactó con nosotros. Me acuerdo que lo convencí de que fuéramos a conversar entre todos a la toma del Instituto de Arte de la PUCV y eso permitió todo un debate sobre el site specific y el rollo de la institución del arte. Lo mejor fue eso: dio que hablar y pucha que hablamos.

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