El día que el vecino Mauricio Redolés dejó a nuestra cuadra con el alma en un hilo

Mauricio Díaz

El Confesor

Escritor fantasma.

Eran como las once de la mañana cuando golpean la ventana de la casa de mis padres: dos amigos de Redolés pedían las llaves de la casa porque Mauricio había sufrido un accidente cerebrovascular. Con las llaves en mi mano salí casi corriendo, cruzamos la calle y llegamos a la casa del vecino. Abrí la reja, la puerta de entrada y nos topamos con un problema: la puerta de la pieza donde se encontraba Redolés estaba cerrada y él nos repetía desde el otro lado que nos autoriza a abrirla como fuera. El pelao Vilches la agarró a patadas y logramos pasar.

En su interior, entre un escritorio y la ventana, se encontraba tendido en el suelo el poeta, músico y amigo Mauricio Redolés. Lograba contestar a nuestras preguntas y se le avisó a la Carito, su mujer, quien se encontraba en el trabajo. Mauricio dijo que tenía las extremidades del lado izquierdo sin movimiento y nos pidió que llamáramos a la Sociedad de Derecho de Autor para definir donde sería trasladado. Vilches y su otro amigo llamaban a la ambulancia, habían logrado contactarse y ya tenían la información básica para llegar y lograr la atención. En lo mental y en lo que respecta al habla, Mauricio no evidenciaba dificultades ni daño evidente, lo que de alguna manera me tranquilizaba, pero su parte motora no respondía y era imposible para nosotros determinar los alcances del accidente y sus consecuencias. Pensé en mi viejo, que hace no más de un mes había sufrido un episodio similar al de su compadre y vecino. En medio de la urgencia una idea me daba vueltas: las dos familias más antiguas de la cuadra -y talvez de todo el barrio Yungay- estaban siendo golpeadas de manera casi simultánea con idéntica brusquedad.

La ambulancia demoró en llegar y estuvimos tentados en llevarlo nomás, pero aguantamos y creo que fue lo mejor: la premura, que es recomendable en estos casos, puede paradójicamente empeorar las cosas si la operación de traslado pasa por alto los procedimientos que mejor conocen los especialistas, cualquier error puede complicar todo e, incluso, ser fatal. En medio de esa espera llegó la Carito, nos saludamos y todos entrábamos y salíamos de la casa a la espera de la ambulancia; Vilches decía que venía en camino y una y otra vez volvíamos a confirmar la dirección.

Al grupo ya se había sumado mi madre y Mauricio le agradecía su preocupación. A mi vieja le costaba ocultar su preocupación por lo que veía y había vivido recientemente con su esposo. Los minutos pasaban, la ambulancia no llegaba y volvimos a dudar si subirlo o no al auto de otro amigo. Fueron minutos complicados en Cueto, nuestra calle de siempre.

Cuando por fin llegó la ambulancia, despejamos el escenario moviendo todo lo que obstaculizara el paso del equipo de emergencia. El médico ingresó y tomó el control de la situación haciendo las preguntas de rigor, instruyendo al asistente y a nosotros mismos para trasladar a Mauricio desde el suelo a la camilla. En algún momento el médico le pregunta a mi vieja si es su esposa y ella le responde automáticamente: “Ella (indicando a la Carito) es su mujer, yo soy su madre”. Hasta el día de hoy mi vieja no sabe por qué respondió eso.

El médico era de edad mediana, tenía como el look de los propios amigos de Mauricio y esa impresión en algo se confirmó cuando me dijo: “Yo a él lo conozco, le compré un cassette en esta misma casa en los ochenta”. Lo que no sabía el médico es que esa compra probablemente fue en la casa de los padres de Redolés, dos propiedades hacia el norte por la misma vereda de la misma calle en el barrio Yungay.

En una acción coordinada y dirigida por el médico levantamos el cuerpo de Mauricio y lo instalamos en la camilla. Tras las preguntas pertinentes fue introducido en la ambulancia, donde el tiempo se hizo eterno antes de partir al hospital.

Cuando volvimos a nuestra casa, mi madre me dijo que había alcanzado a persignar a Mauricio haciéndole la cruz en la frente y que él le había dicho: “Gracias Marinita, yo me encomendé a San Sebastián, no se preocupe”. No era la primera vez, pues cuando Redolés cayó detenido en 1973, con la angustia de no saber si podría sobrevivir a las torturas, también se puso en las manos de San Sebastián y prometió que, de sobrevivir, iría a agradecer al santo a Yumbel, y que si tenía un hijo, lo llamaría Sebastián. Mauricio cumplió.

Fotografías: Tamara Villagra / Archivo Mauricio Díaz / Archivo Perrera Arte



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