Gabriela Rivera: “En mis máscaras me vuelco con muchísima veneración”

Todavía quedan en algunos muros y paraderos del Transantiago los rastros de una intervención callejera en la que Gabriela Rivera aparece con el dedo del futbolista Gonzalo Jara en ristre. El trabajo fue realizado durante los días de la Copa América por el Taller de Acción Fotográfica (TAF) en el que participa esta artista visual, quien ha sido conocida principalmente por sus fotos y máscaras, realizadas a partir de pieles e interiores de animales de consumo masivo, series con materiales orgánicos en las que, por cierto, no ha dejado de investigar.

-En “Cría cuervas” involucraste por primera vez a tu madre y a tu hija en tu trabajo. ¿Cómo tomaron ellas, desde tan distintos tiempos y experiencias, ese proceso?

-Mi madre y mi hija tomaron el trabajo de manera colaborativa y entusiasta, muy involucradas, más que nada por el afecto con que se vinculan a mí. Mi madre lo abordó desde su madurez y su constante apoyo a mi trabajo, pese a que lo encuentre “raro” y me señale que no lo entiende. Mi hija desde su apego e incondicionalidad pero además desde su amor por el arte y el gusto por posar para fotografías; se ha criado haciéndolo y le fascina. Pero al momento de colocarse las máscaras e indumentaria quedaron consternadas de modo visceral. Todo el ánimo de cooperar de mi madre fue casi vomitado por la náusea que le provocó el sentir sobre su rostro la piel de pollo, el hedor fue más fuerte. A mi hija le provocó también rechazo el aroma descompuesto de la máscara. Pero ahí fue vital contar con más gente e incluyo en ello a mi mejor amiga y mi pareja que me ayudaron con las tomas y el proceso sicológico de las modelos. Finalmente, una vez que vieron la muestra y las fotografías impresas quedaron emocionadas. Y lo más interesante fue el comentario de mi madre, quien al ver las fotos me sugirió que, si necesitaba hacer una nueva sesión, ella estaba dispuesta. Mi mamá es una mujer muy detallista y perfeccionista, a lo mejor las fotos no le parecieron tan impecables como esperaba, y dijo: “¿Qué mejor si repetimos la sesión con más experiencia y profesionalismo?”. Le tomé la palabra y estamos trabajando en ello para mi muestra individual “Cría cuervas”, en la Galería BECH.

De todas las materialidades orgánicas con que has trabajado, ¿cuál ha resultado más compleja?

-Lo más complejo ha sido trabajar con la materialidad de estómagos de vacuno, las conocidas guatitas. En mi ignorancia yo no sabía que eran cuatro diferentes estómagos. Y bueno, trabajé con tres. De éstos el más difícil de manipular fue el que utilicé para elaborar a “Perra”, llamado librillo, su hedor era brutal y su textura muy delgada, entonces era complejo recortarlo, darle forma y coserlo, porque se iba deshaciendo en las manos. No resistió las agujas y por ello opté por corchetearlo para que no se rebanara. Resultó ser muy delicado, pero a la vez uno de los materiales más interesantes visualmente por su distribución caótica y textura llena de detalles.

¿Qué ha ido ocurriendo con los trabajos originales de tus distintas secuencias? ¿Estás conservándolos?

-Solo conservo algunas máscaras, en particular las elaboradas con pieles de cerdo, pavo y pollo; porque, según me han explicado y he investigado, hay materialidades que no se pueden preservar como los interiores, las entrañas, como estómagos (guatitas), panas, etcétera. El año pasado me ayudó y asesoró Ricardo Vergara, taxidermista del Museo de Historia Natural, y logré conservar algunas de las máscaras elaboradas con cueros como “Cría cuervas” (con piel de pavo y pollo), “Mosca muerta” (elaborada con piel de cerdo), “Pájara” y “Cerda”. Pero hay otras como “Víbora”, las primeras “Cerdas” y la “Mosca muerta” que hice entre 2012 y 2013 que tuve que eliminar. Hay otras como “Zorra”, “Arpía” y “Perra” que son de este año, que me tomaron mucho tiempo de realización y que lamentablemente me fue imposible conservar ya que son elaboradas con estómagos de vacunos.

-¿Esos trabajos con distintas pieles los consideras una obra en sí o parte desechable de la obra fotográfica?

-Estos trabajos con pieles de animales de consumo alimenticio los considero una obra en sí. Para mí son relevantes, porque me posibilitan tener contacto con estas corporalidades animales que representan lo abominable del sistema patriarcal y como se explota descarnadamente la naturaleza, incluyendo a los animales de ganado en ello, olvidándonos de nuestra propia condición animal. Al construir mis máscaras me siento de cierto modo elaborando un homenaje a estos cuerpos, yo me vuelco en ello con muchísima veneración. Me cuesta mucho trabajar con esta materialidad, no por el asco, del que afortunadamente carezco, sino que por la carga emotiva que para mí está presente. Volviendo a la pregunta, estos trabajos representan una parte de lo que me interesa desarrollar como obra y discurso, pero siendo igual importantes forman parte de un todo, en el que incluyo la imagen fotográfica, la performance y el audiovisual.

-En el caso del trabajo en Lo Valledor, ¿hubo posibilidad de interactuar con el público?

-Cuando realicé la performance “Cerda”, en las afueras de la Vega Lo Valledor, en el marco del Encuentro AUT, hubo posibilidad de interactuar con el público, principalmente quienes trabajan y pasaban por allí. Hacían preguntas, miraban, pero por mi parte no podía responder ya que mi máscara me impedía hablar, y además no me parecía necesario hacerlo. Lo más interesante me resultó el comentario de un niño quien, al terminar la performance, se acercó a mí y me dijo que él sabía por qué había elegido instalarme en un basural, porque a las chanchas les encanta la basura y ese era su lugar.

-¿Por qué le sorprendió el llamado “dedo de Jara” al TAF?

-El TAF es un proyecto de la artista española Oriana Elicabe, a quien invitamos dentro del proyecto “Ofrendas fotográficas contra el femicidio” para que nos capacitara en fotografía e intervenciones urbanas. El proyecto “Ofrendas…” está formado por doce fotógrafas y una curadora, Mane Adaro, y gracias a la adjudicación de un Fondart pudimos traer a Oriana desde Barcelona. Para Oriana el contexto de cada país es fundamental y quedó impresionada con toda la publicidad futbolera cuando llegó a Chile. Por ello nos propuso trabajar con el contexto de la Copa América y el fútbol, espacio heteronormado y patriarcal por excelencia. Allí nosotras le contamos sobre el funesto suceso del dedo de Gonzalo Jara y construimos grupalmente ‪#‎ElDedoDeJara ‪#‎LoCambiaTodo. Este episodio nos sorprendió porque era demasiado intimidante, pero a la vez invisibilizado y casi justificado por los medios masivos. Nos resultó demasiado impactante, brutal y además un símbolo de la violencia de un cuerpo invadiendo a un “otro (a)” cuerpo. Jara podía hacer este gesto y ser celebrado y aceptado por muchos. Entonces pensamos en cómo una se podría llevar ese mismo beneficio social cuando tienes un problema, y elaboramos la ironía: cuando pasara algo, la respuesta sería la mano de Jara. Y claro, mediante este “dedo” quisimos hablar del acoso en la calle y cómo podríamos responder, reivindicando nuestra condición de mujeres empoderadas.

-¿Por qué decidieron plasmar el dedo de Jara frente a obra en construcción?

-Porque es uno de los espacios emblemáticos donde se ha instalado la práctica del acoso callejero, instaurándose casi como algo simpático, diríase folclórico y pintoresco. Una ya sabe que, si pasas afuera de una construcción, te van a molestar y da lo mismo si andas con escote o tapada como monja, por el hecho de tener vagina serás violentada. Mira, sin querer parecer grave, lo insoportable es lo grotesco de las frases que llegan casi a violarte y, si reclamas, te tratan de “fea”, o “de qué te las dai”… ¡Por favor! Para nosotras fue totalmente legítimo establecer el nexo entre el acoso callejero y el femicidio, porque ambos forman parte de los distintos grados de violencia contra las mujeres. Por un lado, el acoso callejero representa lo cotidiano, pero violento igualmente, mientras que el femicidio representa el caso más extremo y afortunadamente menos frecuente. Cada día somos violentadas, ya sea a través del lenguaje y omisión, el piropo grotesco mientras caminamos, el agarrón en el trasero, la mirada fija en nuestro escote mientras hablamos, y ¡es insostenible! No queremos eso para nosotras y nos pareció muy necesario visibilizarlo y decir basta: ¡No queremos seguir con este sistema patriarcal! Si queremos andar sin ropa, o con mini y escote, no tenemos porqué ser juzgadas como culpables. Si nos meten la mano bajo la falda no tenemos porqué aceptar un cuerpo ajeno sin nuestro consentimiento.

-¿Qué viene en tu trabajo artístico ahora?

-Actualmente sigo desarrollando los proyectos “Bestiario” y “Cría cuervas”, en particular estoy explorando las posibilidades de la performance como medio por sí solo y no solo como complemento de la fotografía. Para ello estoy comenzando a buscar sitios donde mis bestias adquieran sentido, como lo fue “Cerda” en el ex Matadero Lo Valledor. Allí quise aludir a la memoria del matadero, a la carga que posee el lugar y como contrapunto crítico mi “Cerda”, que nos rememora la rudeza de lo que allí se ejecutaba.

-No paras, entonces.

-Además estoy trabajando en un proyecto llamado “Maternidades culposas”, dentro del proyecto más grande y colectivo que es “Ofrendas fotográficas contra el femicidio”. En “Ofrendas…” cada artista tiene su proyecto personal y además hacemos proyectos colectivos de intervenciones urbanas, como “El dedo de Jara lo cambia todo”. “Maternidades culposas” toma como referente casos de castigos femicidas, en los cuales quienes cometieron el delito no solo atentaron contra la pareja y/o ex pareja, sino que contra los hijos o hijas de ésta, o sus mismos hijos e hijas. Tomo este aspecto del femicidio desde la propia biografía como madre y también como hija: yo misma vivencié el castigo y violencia económica en mi infancia y juventud. Sé lo que significa ser castigada no por mi actuar de hija, sino que para dañar a la madre. Por eso decidí trabajar con mis hijas y desarrollar una obra performática en la que ellas colaboran. Realizo una serie de bordados con cabellos míos y de ellas, bordando palabras y frases alusivas al castigo femicida. Estas palabras forman parte de una escenografía, que es mi habitación, dibujada completamente por ellas, en la que aparecemos a modo de ritual bordando, peinándonos y acogiéndonos. Bordo estas palabras de manera desordenada, aludiendo al pelo sucio, repugnante, porque en un principio comencé realizando un trabajo muy aséptico e higiénico y no me convenció. Allí me di cuenta que quería invocar también el desorden, a lo que se impone como el deber de una madre y de un hogar, el mantenerlo libre de gérmenes y aseado. Por otro lado, también me interesa indagar en la culpa de la “mala madre”, en el enjuiciar a los otros y las otras. En cómo se instauran las interrogantes de decidir traer o no crías o críos a este mundo. Y si ya están, ¿será aceptable mantenerlos en condiciones de violencia? ¿Por qué se critica a la madre que cría y no necesariamente es maltratadora?