Colección Perrera Arte, un patrimonio al resguardo de la manipulación efectista

Javiera Anabalón

Investigadora de arte

Javiera Anabalón

Licenciada en letras y estética, magister en estudios latinoamericanos.

El Centro Experimental Perrera Arte celebra veintidós años como espacio dedicado al desarrollo del arte independiente, y en esta ocasión el arte urbano adquiere protagonismo ya que se incorporan a la colección de obras de la factoría un collage de gran formato de Caiozzama y una pintura del colectivo muralista Brigada Negotrópica, quienes de manera muy excepcional realizaron para la Perrera una obra en un soporte distinto al lienzo callejero.

La colección Perrera Arte -que esta vez también suma obras de la grabadora de Valparaíso Paola Vásquez y del artista chileno residente en Suecia Luciano Escanilla- corresponde a la curadoría de su director, el artista visual Antonio Becerro, quien durante veintidós años ha ido captando u “obturando”, como señala Becerro, aquellas piezas que, en su conjunto y acopio, van inscribiendo el relato material del deambular de artistas tanto consagrados por la academia (Gonzalo Díaz, Carlos Leppe, Juan Castillo) como próceres contraculturales (Pedro Lemebel) y emergentes (Romina Vaccaro). Dentro de este marco, las obras de Brigada Negotrópica y de Caiozzama se unen a la del estencilista Mauricio Huenún (Pikoeneleojo Stencil), que ya forma parte de la colección, potenciando la presencia del discurso urbano en la lectura que hace Perrera Arte del arte contemporáneo nacional, cada día más importante desde la perspectiva de Becerro: “Los curadores del arte callejero son los vecinos y transeúntes, son ellos quienes toman la decisión de permitir, eternizar, borrar o intervenir las obras callejeras. Lo que queda plasmado en el lienzo urbano es aquello que la comunidad barrial va eligiendo y permitiendo existir”.

Para Becerro la curadoría opera no como un simple ejercicio de selección de obras o de artistas, sino como una creación de puentes entre el artista y su espectador. En este sentido, la incorporación de Caiozzama y de la Brigada Negotrópica a la colección, responde a una preocupación por realzar -por rescatar- al espectador barrial y sus dinámicas creativas y participativas, a partir de las cuales se establece una conexión concreta y efectiva entre arte e identidad popular. “Para hacer una revisión exacta de la curadoría del arte actual hay que pasar por la lectura correcta de la calle y de los artistas que han sabido leer el presente, con obras subversivas comunicantes donde el peatón es una especie de curador y observador privilegiado sin costo alguno. La verdadera transgresión es la textura de la calle, donde aún no hay un dueño único. Entiéndase por calle el espacio público. Entiéndase también por arte los ejercicios de supervivencia en cualquier lugar”, dice Becerro.

En el entorno del arte contemporáneo, la curadoría puede ser un espacio de creación en sí mismo a partir del cual la captación y reunión de ciertas obras (incluidas sus audiencias) ofrece una lectura estética y política nueva y autónoma, distinta de lo que presenta cada obra de manera individual. Desde esta perspectiva, la curadoría como obra abre nuevas posibilidades operativas del arte a nivel colectivo, es decir en su reunión e interacción con otras piezas y sus respectivos contextos de producción, a partir de los cuales pueden surgir múltiples y decidores testimonios de la escena del arte contemporáneo nacional.

Cada vez más alejados de este oficio creativo se encuentran los ejercicios selectivos de galerías y museos, donde la elección de las obras apunta al consumo tanto de los objetos como de las instancias sociales que motivan las muestras, a partir de lo cual los curadores adquieren el rol y el poder de consumar la integración de un “tipo de obra”, de un “tipo de técnica” o de un “tipo de artista” al sistema de intercambio global, al mercado. De esta manera el curador valoriza cierto tipo de arte en favor de las reglas de consumo y, al mismo tiempo, congratula a aquellas audiencias capaces de consumirlo, promoviendo un arte elitista y obediente. Ante dichas prioridades, la curadoría puede transformarse en un poderoso agente de control de los discursos subversivos del arte, ya sea expulsándolos de los principales centros de difusión y valoración del arte, o bien amainando sus potencias transgresoras y revolucionarias a través de su integración al sistema en el vaciamiento, mercantilización y transformación de sus referentes simbólicos hacia lo “in”, lo “chic”, lo “nacional”, lo “cool”, lo “consumible”, del mismo modo como el mercado venció las vanguardias europeas durante la primera mitad del siglo XX al integrarlas al campo de valorización y consumo global.

En el contexto chileno, una vez más aparece frente a estas reflexiones el famoso concepto, acuñado por el ministro Luciano Cruz-Coke, de “industria cultural”, un brillante plan de desmantelamiento del poder subversivo o violento del arte, más violento que el arte en sí mismo, a través del cual la integración del arte al sistema de mercado se revela, por ejemplo, en el control del lenguaje en las plataformas de financiamiento de los proyectos artísticos, donde el artista debe pensar y explicar su obra a partir de los conceptos de “fórmula”, “plan de gestión”, “gastos operativos”, “agentes”, “indicadores”, etcétera.

Consecuente a esta fórmula, que luego el gobierno de Michelle Bachelet continuó perfeccionando, resulta la apropiación por parte del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes (CNCA) de ciertas figuras como Violeta Parra o Víctor Jara (pronto lo será Pedro Lemebel u otros), a través del ofrecimiento de fondos y apoyos especiales a los proyectos vinculados con dichas figuras. De esta manera hoy varios de los que apoyaron la persecución de aquellos mismos próceres revolucionarios chilenos en el pasado aparecen con sus logos en instancias mediáticas como los “posibilitadores” de que sus obras se difundan y a los cuales el pueblo debiera agradecer.

Dadas estas dinámicas de control, que no tienen que ver con el arte en concreto, Becerro se interesa por aquellas obras y discursos estéticos distanciados e independiente de las “facilitaciones” del poder político y económico: “El modo de curadoría es el olfato y el tacto. Los sentidos menos usados por el hombre. De este modo la colección Perrera Arte está resguardada de la manipulación efectista. Bajo esta lógica es muy difícil que la colección llegue a ser del interés de las galerías tradicionales. Solo un curador con el lente limpio y la apertura exacta podría llevarlas a las bienales internacionales”.

El problema no se encuentra en que los artistas vendan, intercambien o valoricen su obra, el problema se encuentra en el hecho de que otros, los centros de poder, sean los que establezcan su valor, sus posibilidades de difusión y sus lecturas, y dentro de este marco la curadoría puede operar tanto como un agente de control a favor del reparto desigual o, por el contrario, como un agente liberador, creativo y democratizador de las estéticas, políticas y discursos populares.

Fotografías: Camila Sánchez Andueza



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