Cara a cara con Gonzalo León, el cronista desterrado por la transición

Amancay Wessel Hofer

Periodista, conductora de “La bicicleta” (13 Cable).

Amancay Wessel Hofer

Periodista, conductora de “La bicicleta” (13 Cable).

Gonzalo León partió a Buenos Aires en 2011, cuando Sebastián Piñera llevaba un año de gobierno y ya estaba sentenciado el desmantelamiento estratégico del diario estatal La Nación, en el que este periodista y escritor chileno, acompañado casi siempre de su inseparable fotógrafo Álvaro Hoppe, escribía unas singulares crónicas dominicales sobre los laberintos y torsiones de la sociedad chilena, que luego resumió en el libro Punga (La Calabaza del Diablo, 2006).

El periódico fue desmembrado por sus interventores: el recordado suplemento La Nación Domingo -en el que León escribió más de 250 artículos- pasó a la historia, las noticias quedaron reducidas a una página web, los valiosos archivos se vendieron a precio de huevo a una universidad privada, los trabajadores emprendieron la diáspora y León decidió vivir su condición de desterrado por la democracia, su exilio dorado (como reza el título de su último libro) lo más cerca posible, al otro lado de la cordillera, en Buenos Aires. “Creo que asocié esta ciudad a mi madre, o talvez al inicio de una etapa y el comienzo de otra”, apunta el escritor.

-¿A tu madre?

-Sí, eso lo he descubierto recientemente. En 2008 había venido a Buenos Aires para una lectura junto a Marcelo Mellado, Nicolás Cornejo, Simón Soto, Luis Valenzuela y Marcelo Montecinos, y alquilamos una habitación gigantesca en Once, que atendía un chino en la recepción. Fue uno de esos viajes que te gustaría olvidar pero no puedes. La última noche bebimos y yo tenía ganas de irme a acostar. En realidad no solo tenía ganas, debía dormir bien, porque mi madre agonizaba en el hospital Gustavo Fricke en Viña del Mar. Todo ese mes la había cuidado, yendo y viniendo de Santiago a Viña. El pasaje a Buenos Aires lo había comprado con anterioridad, por lo que dudé si debía viajar. Entonces esa última noche aquí sabía que tenía que estar ese lunes 29 de abril en Viña, así que me acosté y de pronto sentí una presencia, abrí los ojos y vi que los compañeros de habitación me estaban velando. Eran las tres o cuatro de la mañana, no recuerdo bien, lo que sí recuerdo bien fue que, cuando aterrizamos en Santiago y entró esa primera llamada, mi tía me dijo que mi madre había muerto en la madrugada, que lo sentía mucho y blablablá. Es decir, mientras me velaban en Buenos Aires, mi madre moría en Viña del Mar. Pero de eso me di cuenta hace muy poco.

Hoy, León se pasea como un ciudadano más por la capital trasandina, ha hecho crónicas para Clarín, La Nación y Tiempo Argentino, y escribe regularmente para el suplemento Cultura de Perfil, para la revista de cultura del gobierno de la ciudad de Buenos Aires y para Punto Final de Chile. En 2012, publicó Cocainómanos chilenos, con Mansalva; en unos meses lanzará Manual para tartamudos (Blatt & Ríos) y, a principios de 2017, saldrá Serrano: Vida y obra de un hitlerista total, también de Mansalva.

-¿Cómo ves la producción editorial de Chile desde Argentina, país de reconocida trayectoria en las letras?

-La reconocida trayectoria en las letras no tiene que ver con la industria editorial, porque lo que se publica en Argentina es inferior a lo que se publicaba hace cuarenta años. Hasta 1976, Argentina era el centro de lo que se leía y publicaba en lengua castellana por sobre España; a partir de la dictadura eso cambió. Si le preguntabas a un autor argentino si le interesaba publicar en España de seguro te decía que no. Jorge Herralde, que ya tenía Anagrama, vino a Argentina a ofrecerles publicación a Osvaldo Lamborghini, Germán García y Luis Gusmán, la gente de revista “Literal”, pero rechazaron la oferta porque “aquí tenían todo”. Cuarenta años después, si bien Argentina sigue teniendo un lugar de importancia, no es el de ese tiempo. Tu pregunta es bien compleja, así que yo diferenciaría planos entonces: la industria editorial chilena no tiene nada que ver con la argentina. Por ejemplo, si vamos a las transnacionales, Planeta Chile forma parte de Planeta Cono Sur, que controla Planeta Argentina: en ese sentido somos una sucursal de la sucursal. Y si vamos a las editoriales independientes, creo que estamos muy lejos de un mínimo nivel de profesionalismo, porque no se trata solo de sacar libros, ni de editarlos bien (desde la ortografía hasta lo que es el texto en cuanto a estructura), ni de presentarlos de buena manera (tapas, diseño de interiores), se trata de construir un catálogo propio. En una editorial independiente, a diferencia de las transnacionales, donde lo que cuenta son las cifras, debería primar la calidad y el sello: como escribe el editor de Adelphi Roberto Calasso en las editoriales trasnacionales la importancia del sello es nula, importa la marca del autor pero no el sello editorial (lo que sería un contrasentido en cualquier otra industria), entonces las independientes tienen cancha libre para decirles a libreros, reseñistas y escritores “esto es lo que me gusta leer”, “señores, me presento…”, “este es mi sello”, y siento que en Chile esa oportunidad se está dejando pasar.

¿A qué lo atribuyes?

-Entiendo que hay otras urgencias, como ser parte de lo que muestra Chile en las ferias internacionales, pero para ser parte de esa instancia primero hay que tener algo sólido que mostrar. La diferencia con Argentina, entonces, está tanto en la cantidad como en la calidad. Planeta Argentina, si se cuentan todos sus sellos (Emecé, Seix Barral, Paidós, Tusquets, etcétera), publica casi un libro al día, y las editoriales independientes argentinas tienen un catálogo propio, una línea muy definida. Pese a ello hay editoriales chilenas que cumplen con estos parámetros más allá de mis propios gustos personales: Hueders es como una editorial argentina o mexicana instalada en Chile, Das Kapital tiene muchos descubrimientos interesantes y que no sé si el lector lo aprecia, Montacerdos es la más atenta a lo que está pasando en la literatura latinoamericana pero también la más despistada, Alquimia se ha cansado de publicar textos fragmentarios como si la literatura fuera un fragmento del discurso de algo o alguien, La Calabaza del Diablo está llevando lo caótico como norma, cosa que me divierte porque acabo de publicar ahí. Ahora esto que voy a decir puede sonar contradictorio, pero creo que los autores chilenos están más a la altura que la industria editorial. Hay cosas interesantes que he leído y que perfectamente podrían haber sido publicadas en Argentina o en cualquier parte. Pienso en Rabiosa, de Gustavo Bernal, esa especie de biografía de Pedro Lemebel; en Bagual, de Felipe Becerra Calderón, que será publicado este año en un sello de acá; en el único libro de Pablo Toro, que si trabajara más en lo suyo tendría más libros publicados y quién sabe si a esta altura ya traducido a un par de idiomas, pero también en autores más adultos, como Cynthia Rimsky, Rafael Gumucio, Marcelo Mellado, Roberto Merino,  que ya fue publicado acá y que prestigiosos editores, como Luis Chitarroni, admiran su obra. Y menciono éstos por nombrar a algunos, porque si se trata de nombrar Zambra, Meruane, ya fueron publicados acá.

-¿Cómo se han portado contigo los chilenos residentes en Argentina?

-Esa pregunta se la deberías hacer a la gente de la embajada de Chile, yo hago lo que puedo, y si bien a veces me comporto como embajador no tengo rango diplomático.

-Tu último viaje a Chile coincidió con Filsa 2015, ¿qué te pareció esa feria?

-Fui a Santiago en noviembre en mi viaje anual y me di una vuelta por la feria, pero como andaba deprimido todo lo encontré peor (la asistencia a la feria, la oferta editorial, el precio de la comida no solo en la feria), así que cualquier cosa que diga estará influida por el manto de ese estado. Pese a ello te digo que la política hacia el libro es muy desafortunada. Creo que las becas de creación deberían quedar para personas con menos de dos títulos publicados y deberían reorientarse los apoyos a la traducción. Un buen ejemplo a seguir es el Programa Sur de Traducción del Ministerio de Relaciones Exteriores de Argentina. Más allá de esta sugerencia creo que la gente del Consejo del Libro debería ponerse las pilas.

-¿Con qué te quedas de esta pasada por Santiago?

-Me eché dos polvos, vi a mis dos sobrinos, me emborraché dos veces, me leí dos libros, pero bueno, espero que esto no se interprete como doble sentido.

-¿Por qué generó tanta polémica por tu escrito sobre la crítica de libros Patricia Espinosa, que escribe en LUN?

-Eso mismo me pregunto yo. Más de un mes después de la columna que escribí me di cuenta de que Camilo Marks había respondido algo en una página electrónica. Dijo que nunca me había leído. Qué raro, dije cuando leí eso, porque hace menos de un año en Revista de Libros reseñó La última gauchada, una antología que hice sobre narrativa argentina contemporánea, la cual me tomó tres años y en la que hice un prólogo que era casi un ensayo sobre literatura argentina. Pensé entonces: mintió o ya no procesa ni lo que él mismo ha escrito.

-¿Tiene menos validez intelectual una crítica por ser por ser escrita en un diario de farándula?

-Yo admiro a cualquier persona que escriba sobre literatura en un diario de farándula, creo que muy pocas personas están en condiciones de hacer eso: es sembrar en el desierto, nadar en una piscina sin agua, pero no un día, sino mil días, y no darse por vencido, con la esperanza de que podrás transformar la arena en agua y así poder, al fin, nadar. Difícil alquimia. Pero yendo al fondo de tu pregunta, creo que la validez intelectual no está en trabajar o no para un diario de farándula. De hecho la mayoría de los reseñistas no trabaja para diarios de farándula y exhiben un nivel inferior, al menos y para ponerle nombre, a Patricia Espinosa. Esta mayoría actúa como si se las supiera to’as porque los escritores les hacen caso, toman nota, o porque leen cien páginas diarias. Pero leen sin contexto, de eso me he dado cuenta cuando comentan narrativa argentina o colombiana: no se toman la molestia de “guglear” (y pongo “guglear” porque es el mínimo esfuerzo) y ver no al autor, sino discusiones literarias en revistas o suplementos especializados, porque no hay que creer que, porque en Chile no hay revistas y suplementos especializados, en Argentina o Colombia pasa lo mismo, ¿no? Son ignorantes porque ignoran adrede eso, y hacen creer que la literatura argentina o colombiana es así o asá. Hablo de Colombia o Argentina porque los juicios a la crítica existen también en estos países: en Colombia hay autores que acusan que la crítica es muy blanda, que está en connivencia con las grandes editoriales, por lo que serían una especie de agentes de prensa. En Argentina hay acusaciones de amiguismo, ya sea con el autor, el editor, el perro del “trapito” que cuida los autos afuera de la editorial, en fin. En Chile el crítico escribe sus reseñas arriba del cajón de manzanas, lo cual resulta cómico, porque esa superioridad, impostada y atribuida, es posible en Chile o en otro tiempo. Por eso cuando leo sus reseñas me imagino el cajón de manzanas desde el que hablan: éste es el más grande, éste está destartalado pero aún funciona, éste está pintado de naranjo.

-¿Por qué el nombre El exilio dorado?

El exilio dorado (La Calabaza del Diablo, 2015) es en principio un cita de un poema de la poeta argentina Juana Bignozzi (“sé que se dijo que hay exilios dorados / pero debo decirles no es así /el destierro o el exilio siempre es dolor /siempre es gris /color que desconozco”), que era vecina mía, vivía a cinco cuadras, y la única vez que la visité fue para hacerle una entrevista para el suplemento “Cultura de perfil”. Me invitó para pasar el anterior Año Nuevo, pero ya me había comprometido a ir a una terraza en el barrio de Flores, por lo que me arrepiento de no haber ido, ya que a los meses desmejoró y murió. Ella es una tremenda poeta, parte de la generación de Pizarnik, Thénon, Gelman, vivió un exilio de treinta años. Muy sarcástica, me decía que los poetas jóvenes argentinos encontraban todo muy difícil de leer. “Debe ser porque hacen minicuentos, no poesía”, me dijo. Entonces El exilio dorado termina siendo una cita del gesto sarcástico que tuvo ella cuando la entrevisté.

Fotografías: Francisca García y Paula Salischiker



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