Becerro: “José Balmes me dijo que dejara todo y me dedicara al arte, que no temiera”

Por Héctor Muñoz

Cada vez que podía, Antonio Becerro abrazaba por sorpresa a José Balmes para incomodarlo y mostrarle su afecto. Como un niño, el viejo maestro se resistía con humor a las muestras de cariño del artista visual, a quien, mal que mal, debía soportar por haberlo premiado por primera vez y convencido de que no era cartero u otra cosa, sino pintor, como él mismo. “Balmes fue fundamental en mi carrera, ya que me dio el espaldarazo que necesitaba para dejar lo que estaba haciendo y orientarme en la pintura y en los pasos que debía seguir”, cuenta Becerro.

-¿Cuándo conociste a Balmes?

-Uff, en 1992 o 1993, cuando saqué una mención honrosa, un tercer lugar o algo así, en el Concurso de Arte Joven de Valparaíso, donde él fue jurado. Balmes me dijo que le gustaba la soltura y los materiales de mi pintura. En esa ocasión presenté un trabajo de técnica mixta sobre un diario El Mercurio pegado en un soporte de cholguán. También me había premiado un poco antes con un primer lugar en el Festival de Todas las Artes.

-Cuéntanos del primer encuentro personal con Balmes en tu taller de calle Aillavilú, cuando eras cartero. ¿Cómo se gestó esa reunión y cómo fue la reacción de Balmes en tu departamento repleto de cartas?

-Sí, eran barricadas de sobres ordenados por colores y tamaños, a tal punto que apenas se podía entrar. Era un pasillo de cartas que te llevaba a la mesa de comer y a mi pieza, donde pintaba y hacia el resto de las cosas. Después de conocernos en Valparaíso, Balmes me fue a visitar una mañana a mi pequeño departamento en el barrio Mapocho, muy cerca de la Piojera. Balmes me dijo que dejara todo y me dedicara al arte, que no temiera. Le ofrecí una copa de vino. Miró los muros cubiertos por cerros de cartas y me preguntó si estaba preparando una instalación. Le conté que era cartero y se largó a reír. Se paseó de allá para acá, como si no lo pudiera creer, y me preguntó: “¿Y por qué las juntas?”. Le conté que ya no las iba a repartir porque se trataban de cartas tipo que enviaban los gringos a las pequeñas y medianas empresas de Chile para ofrecer sus negocios. Luego remató: “Tú eres un artista hábil”. Después me pidió que le mostrara otras pinturas. Criticó lo mal hecho y me indicó por dónde debía seguir en la ruta del arte. Le gustó una pintura chica muy gestual, que era un volantín de plástico dedicado a Víctor Jara. Al rato se asomó por el balcón y me dijo: “Tú sabes que yo entré por aquí a Santiago, por la estación Mapocho y esta calle, un barrio céntrico peligroso”.

-Tú estuviste en varias ocasiones en la casa y taller de Balmes. ¿De qué conversaban?

-A Balmes de verdad le preocupaba el país y lo que acontecía. Le daba rabia ver todo lo que ocurría. Amaba Chile, pero se enojaba mucho con las traiciones y la decadencia del mundo del arte y la política actual. Hablaba de los personajes, de cómo eran y de cómo algunos tipos de frentón fueron traidores y ahora cínicos. Pero no como pelambre, sino de lo que él sabía porque los conocía. Conversábamos de lo que estaba ocurriendo como síntoma de la traición de la política cultural. Una vez me contó de su primera impresión de Chile, cuando los recibieron como migrantes del Winnipeg. Decía que la gente los salía a recibir a las orillas de la línea del tren, que les tiraban flores y los recibían con canciones. Entonces, frente a eso, se enojaba mucho con la contingencia. El engaño del medio le tocaba mucho.

-¿Cómo recuerdas el episodio de Balmes en la Perrera Arte, aquella vez que las bailarinas rompieron la cañería del agua justo en la obra del maestro?

-Sí, esa pintura me gustó a primera vista para la muestra de los 15 años de Perrera Arte. La escogí porque me recordaba mucho a la bandera mapuche. Nunca le pregunté si era eso, pero era una pintura que estaba en proceso y no estaba firmada. Fue un accidente de una tubería que nunca debió estar allí. Quizás el puntapié de la bailarina fue una mención, un signo, un chorro, como un gesto final para la obra. Fue una emergencia divertida, no le pasó nada a la pintura.

-Tú siempre bromeabas tomando en brazos al maestro.

-Yo lo abrazaba con ganas y lo levantaba, me esquivaba. Me decía: “Suéltame, Becerro. Este Becerro” y se reía. A mí me daba mucho gusto hacerlo y verlo. Balmes para mí es uno de esos maestro de verdad épicos. Era generoso y nada de egoísta. Siempre interesado en compartir; se daba tiempo y además le gustaban los gatos y los perros. Cuando le llevé una de mis esculturas caninas en resina para que la interviniera, sus gatos salieron corriendo. Fue increíble la risa que le produjo ese episodio; bromeaba con sus mascotas.

-¿Qué opinión tienes de la obra visual de Balmes? ¿Influyó algo en tu trabajo?

-Me gustan la marraquetas y los zapatos con diario adentro y el barro. Balmes leyó muy bien como lenguaje visual el cotidiano de la población en los años 80. Su informalismo gestual y literalmente político me capturó. Me gustaban los trazos y sus texturas. Su pintura no me influenció, pero sí su lucha y trayectoria. La importancia de crear e incitar con paradigmas a un mundo mejor. Su consecuencia como fruto de la valentía en el Chile de la represión. Su historia es muy potente. Su legado está y estará para siempre. Su motor creativo estaba por sobre la hegemonía de los artistas oficialistas que acaparan la atención con trabajos herméticos o decorativos. Por eso se le va ha extrañar.

-¿Cuánto golpeó a Balmes su salida del Museo de la Solidaridad? ¿Te dijo algo de aquello?

-Sí, me contó con pena y rabia que lo sacaron los lobistas, como Enrique Correa, de ese cargo. Balmes quería mucho y respondía idóneamente a ese puesto por su historia y consecuencia. Me dijo que lo sacaron so pretexto que tenía que descansar. Emputecido, Balmes me decía: “Son unos traidores, ten cuidado con esos. Yo no sé qué le pasa a la gente de este país, si no era así”.

-De todos los juicios y consejos que te entregó Balmes, ¿hay uno que recuerdes en particular?

-La simpleza y el orgullo de ser artista. Parece una contradicción en Chile, dado que la mediocridad, conformismo y resentimiento son parte de un ADN nacional que no se permite esa dualidad. Talvez sea porque era catalán. Balmes al revés era sabio y generoso. Me estimuló porque era directo y entusiasta en lo que conversábamos, no se asustaba con lo que uno pensaba y decía. Era apasionado, con una energía contagiosa que te empapaba de una generación a otra. Balmes era una bisagra de transferencia importante para la historia del arte de este país. Compartir y enseñar resultaba natural para Balmes, uno podía discutir cosas con él que te servían para toda la vida.

-Aparte de invitarlo a intervenir una de tus esculturas en resina plástica, ¿hicieron algún otro proyecto juntos?

-Uno quedó en el tintero. En 2015, lo visité y le propuse poner una tela en el suelo de su taller y en el de Gracia para impregnarla con los pigmentos que caían del acto de pintar. Es decir, capturar la mancha, el goteo de los pinceles, los despojos y restos de su pintura para pintar una tela con ese fondo azaroso. Me dijo que sí, le gustó la idea, pero yo no pude concretarlo por tiempo y, después, por su complicado estado de salud.

Fotografías: Andrés Gachón, Jorge Aceituno, Archivo Centro Experimental Perrera Arte y Archivo Antonio Becerro