Becerro en The Clinic: Un par de propuestas a propósito del mensaje presidencial

Antonio Becerro

Artista visual, taxidermista.

Antonio Becerro

Artista visual, taxidermista.

En este segundo tiempo se está gobernando a tientas en el país y eso se acrecienta en la cultura, un ámbito al que la Presidenta Michelle Bachelet siempre le ha prestado muy poca importancia. Quizás por su cuna en la familia militar o su formación como médico, ella ve otras urgencias, ha repetido de manera pública que “los artistas y la cultura pueden esperar” y, a diferencia de lo que creemos otros, no considera este sector como una herramienta legítima de cambio, participación, desarrollo económico, evolución y, en el caso del lejano Chile, inserción internacional.

En esta política de darle el palo al gato, Bachelet nos sorprendió en la última cuenta pública con dos anuncios que me tocan: el lanzamiento del Centro Nacional de Arte Contemporáneo en el ex aeropuerto de Cerrillos y la creación, a un costo de 25 millones de dólares, de un canal cultural, propuestas que se anotan a mi juicio en una estrategia de instalar hitos y ganar territorios antes de que suene la campana.

Potenciar las redes existentes

La idea de un canal cultural parece contradictoria con la línea defendida desde siempre por los gobiernos de la Concertación/Nueva Mayoría, que desde el regreso a la democracia adscriben a la ideología desarrollada por algún el lobbista, quien les metió en la cabeza a los gobernantes que la mejor política comunicacional era no tenerla, dejando fluir los contenidos al libre juego de la oferta y la demanda. Esa razón de Estado posibilitó que los monopolios periodísticos acrecentaran su dominio e incluso hoy se den el lujo de afectar la honra de la mismísima ciudadana Bachelet Jeria sin sacarla ni por curados.

Aquella ideología singular terminó por sepultar los medios de prensa independientes que emergieron en dictadura (por ejemplo, el diario “La Época” y la revista “Hoy”, que no eran precisamente de izquierda) y también enterró para siempre el discurso de esa televisión pública, de carácter exclusivamente universitario y estatal, que valió elogios universales en sus años de fundación, a fines de los 50 y en los 60. Por eso hoy un canal cultural del Estado resulta tardío, extemporáneo; los medios digitales y las nuevas plataformas tecnológicas pusieron la discusión en otra esfera y es allí donde hay que darla.

Canal 13 ya tiene una buena señal cultural sin meter la mano en el erario nacional y talvez esos 25 millones de dólares podrían ser mucho más efectivos si, como ocurre en los países europeos más amables, se descentralizan y van, vía concursos públicos y debida acreditación de proyectos, a aquellas iniciativas independientes que ya existen, como los numerosos medios electrónicos que producen y difunden arte y cultura o esas plataformas que ya logran transmitir en streaming. Muchas de esas iniciativas -que van desde medios comunales y regionales hasta iniciativas de alcance internacional- se mantienen a pulso, difícilmente lograrán auspicios del empresariado y bien podrían verse fortalecidos por todo un año con lo que gana en la actualidad cualquier rostro de TVN en un mes. Nuestra propia página web, perrerarte.cl, paso el aviso, es un buen ejemplo de un espacio de comunicación de bajo presupuesto con estándar profesional. No hay que desestimar el concepto de bajo presupuesto, ya que el mismo Raúl Ruiz nos enseñó que, con una película debidamente pagada, podía hacer hasta cuatro o cinco cintas a la vez. Produjo alrededor de 120 filmes con esa convicción.

No quiero transformarme en asesor, porque eso tendría otro precio, pero también se podría ir más allá, apoyando diarios, radios, revistas, fanzines independientes o asignando cuotas diversificadas de la publicidad del Estado a iniciativas comunitarias o de alta calificación específica en cualquiera de las disciplinas del arte, pero prefiero ni mencionarlo porque podría ir contra la ideología y los intereses todavía dominantes en algún piso de La Moneda.

¿Otro enclave endogámico?

Con respecto al regalo en Cerrillos, surgen varias preguntas. ¿Quién se hará cargo de él? ¿Habrá concurso público para que los hábiles gestores puedan presentar sus diversos proyectos, líneas curatoriales e historia o se instalará otra dinastía hereditaria? ¿Para qué crear espacios similares a otros? ¿No es más efectivo apoyar los que tienen trayectoria? Sin ir más lejos, existe el Centro Experimental Perrera Arte, laboratorio de artes visuales que se dedica hace 21 años a la investigación de los nuevos soportes en las artes visuales, generando cruces y reflexión práctico-teórica como ejercicios que se tuercen de los lenguajes más comunes de las artes visuales en Chile. Por otra parte, uno se pregunta: ¿Cuál es la validación o el destino de la Galería Gabriela Mistral, que cuenta con financiamiento y la política curatorial del Consejo de la Cultura hace más de 25 años?

Por de pronto, parece legítimo el alegato de los centros de arte independientes o de los numerosos museos que reciben financiamiento público, los que a duras penas subsisten con el presupuesto asignado y deben arrendar sus instalaciones hasta para cumpleaños y matrimonios para pagar sus cuentas. No quiero entrar en detalles que conozco por dentro en mi condición de artista, pero en algunos reputados espacios conservadores de nuestra cultura se sobrevive en riesgosa precariedad.

En cuestión de subsistencia, qué queda para los espacios reconocidos que defienden la autonomía editorial, la creación de audiencias con contenidos críticos, espacios de autor que a veces incomodan y generan debate. Galería Metropolitana, Centro Arte Alameda, Circo Teatro, Centro de Danza Espiral, Museo de Arte Moderno de Chiloé, la misma Perrera Arte, entre otros, que sobreviven con el riesgo permanente de desaparecer. ¿Cuál es el sentido de identidad, memoria o patrimonio artístico que hay que promover y resguardar? Más allá de las luchas de poder entre los funcionarios de la academia, que disputan territorios y un lugar en la historia discutiendo qué es contemporáneo o arte actual, es en espacios como los que he enumerado donde se está escribiendo a diario lo realmente lo entrañable de nuestra cultura.

Es evidente que los recursos asignados al sector en el Presupuesto Nacional no dan para más y que, en el afán de ganar nuevas cabezas de playa, solo se está repartiendo pobreza en elefantes blancos. Urge mejorar o doblar esos montos, si la visión es incrementar la infraestructura o, de lo contrario, lo más lógico es optar por otras soluciones, que, tal como he descrito para el caso de la televisión cultural, van precisamente por el lado contrario: no por nuevos nichos de poder para las hambrientas elites, sino por la ciudadanía, por las organizaciones comunitarias artístico culturales, por lo que antes estos mismos gobernantes habrían llamado pueblo. Es decir, por apostar de verdad en aquellos espacios con vocación que están legitimados en su respectiva área, tanto por el público ilustrado como por la audiencia no tan informada.

El uso de los recursos públicos generados por los impuestos que pagamos por vivir en Chile debería estar a disposición de proyectos viables que han demostrado sustentabilidad en el tiempo, experiencia y sentido de trabajo en equipo para el servicio de la comunidad. Es mala práctica, por ejemplo, ver como se desperdició la plata en el reciente carnaval de Santiago, que se inscribe en un proyecto que recibirá más de 2.900 millones de pesos (sobre cuatro millones de dólares) en dos años, sin lograr la convocatoria ni visibilidad esperada. Un carnaval que entristeció nuestro el paisaje de la Alameda con artistas tratando de danzar bajo la lluvia porque una autoridad no podía echar pie atrás. Por eso aquel día varias comparsas se retiraron y solo participaron 28 de las 52 comunas anunciadas. ¿Quién da la cara por el nulo impacto público de la iniciativa cuando hasta en el más miserable Fondart se piden propuestas de audiencia e impacto público?

Lamentablemente, todo indica que la cultura va camino a reflotar las visiones trasnochadas de los que inscribieron una exclusividad izquierdosa y culturosa en el arte. Una forma de hacer arte y cultura con falta de realidad y lecturas concretas de la actualidad a partir de pequeños enclaves endogámicos académicos y snobs carentes de inserción social pero que se arrogan la moral de imponer lo que ellos amarran como culto, marginando todo movimiento o pensamiento que actué con motor propio. Eso les pudo haber reportado algunos pinitos de ventaja y sustento en otros momentos, cuando levantaban el puño, cuando Chile vivía en dictadura o la información se manejaba como un dato de privilegio, pero no hoy, cuando gracias a la tecnología planetaria lo contemporáneo surge en cualquier punto y, muy en especial, en los menos indicados.

La autodenominada clase política criolla ha demostrado escasa capacidad de aprendizaje y su repertorio de respuestas sigue aferrándose a un modo familiar, oligárquico, temeroso del otro. Ese repertorio va siempre atrás, cosechando lo que bota la ola y, aunque no lo reconozcan, buena parte de las veces termina en la violencia, como lo demuestra la escasa sensibilidad para entender el fenómeno mapuche y enfrentar dicho conflicto, que es cultural y político, con el despliegue de piquetes policiales en cada fundo.

Pareciera que muchas de las culturas que confluyen en estos conglomerados gobernantes todavía no terminan de apartarse del clasismo atávico que arrastran desde su origen, cuando la moral se aplicaba para abajo, como si por naturaleza la falla fuera siempre del que tiene menos. Lo popular, lo propio, lo autogestionado, lo libre, lo marginal es mal visto y, para esa visión ilustrada de la administración tanto del Estado como del mercado, es sinónimo de mala calidad. Como ocurrió en su minuto con Violeta Parra, quien, en lugar de ser vista como la vanguardista que era, quedó circunscrita con mala leche como una valiosa cantora y folclorista, que en sus ratos libres hacía muy bonitas arpilleras.

NOTA: Columna de opinión publicada en la edición del jueves 23 de junio del semanario The Clinic bajo el título “Un canal estatal y otras propuestas culturosas”.

Imagen principal y galería: “Los perridentes”, Antonio Becerro, óleo, transfer láser y stencil sobre tela, 1994.

Fotografías: Jorge Aceituno