Anselm Kiefer, el maestro que considera horribles las ferias de arte

Anselm Kiefer (Donaueschingen, 1945) es un artista a la antigua, ha desarrollado una obra monumental y por eso tiene rangos mínimos de exigencia: prohíbe que sus obras se muestren en ferias de arte, a las que considera “el lugar más horrible del mundo”. Sus representantes están muy advertidos de la situación y por eso solo venden sus trabajados a museos que garanticen la dignidad de lo exhibido. “El mercado está sobreexplotado. Vivimos lo que Adorno predijo hace 50 años: el arte es entretenimiento. Fin de semana. Y eso no es en absoluto lo que debe ser”, reflexiona el artista alemán, al cual por estos días y hasta el 18 de abril de 2016, se le dedica una retrospectiva por la que se debió esperar más de tres décadas en Francia.

La exposición se realiza en Centre Georges Pompidou, donde la citada dignidad de la obra está asegurada. Y vaya de qué manera. La muestra ocupa dos mil metros cuadrados y comprende diez salas temáticas en las que se invita a recorrer en relación cronológica la intensa trayectoria de Kiefer, un artista marcado por las consecuencias, o sea los traumas, de la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto. En total se presentan 150 obras: 60 pinturas pertenecientes a diversas colecciones, una instalación y un conjunto de vitrinas.

En paralelo, la Biblioteca Nacional de Francia realiza una segunda exposición centrada en los libros de artista que el alemán empezó a crear en 1968, cuando estudiaba bellas artes en Karlsruhe. En ese centenar de volúmenes se puede apreciar la textura que Kiefer trasladaría luego a su pintura de grandes formatos, con materiales como pintura, arcilla, cenizas, paja, arena, yeso, tela y plomo.

Es precisamente en el salto entre la academia y su reconocible pintura neoexpresionista que Kiefer se hace conocido con un instrumento muy diferente, la cámara fotográfica, con la que realiza una polémica serie, denominada “Ocupaciones”, en la que se retrató a sí mismo haciendo el saludo nazi en diversas ciudades de Suiza, Francia e Italia, países que, como se diría en el chileno actual, seguían pasando piola, sin las culpas en que se debatía Alemania, luego de haber colaborado de una u otra manera con el régimen de Hitler. “El ocultamiento había durado 25 años. Había llegado la hora de que terminara”, diría luego el artista, quien para esta performance recurrió a su polola, que muchas veces apretó el obturador, y al antiguo uniforme militar nacionalsocialista de su padre.

Ajustadas las cuentas, Kiefer entró de lleno en lo suyo: pinturas y esculturas como las que se reúnen en el Centre Pompidou, donde el relato es el mismo aunque más elaborado y en el que son frecuentes las citas a la Kabbalah, el Talmud, el esoterismo, Heidegger, Jean Genet y, particularmente, Paul Celan, su amigo poeta, que se salvó milagrosamente del campo de concentración de Auschwitz, donde escribió la parte más estremecedora de su obra, y que en 1970 se suicidó en París. “Su poesía se adentra en la mente humana y sus misterios; en cómo somos capaces de los más elevados pensamientos y de los más bajos; de la mayor destrucción y la más grandiosa esperanza. Yo he tenido una gran cercanía con Celan. Hay que preservar la memoria para arreglar los traumas de la historia”, dijo hace no mucho el pintor.

Citar es citarse: centrepompidou.fr

 



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